
En educación no alcanza con reaccionar. Pararnos a mirar, proponer y accionar es urgente, pero no desde la lógica de lo inmediato y lo improvisado, sino desde un compromiso sostenido con nuestros niños y jóvenes. La educación requiere decisión política, pero también tiempo, reflexión y una mirada de largo plazo. No hay futuro posible sin animarnos a repensar y recrear el valor profundo de la educación.
Quiero plantearlo desde una imagen sencilla pero potente: el rompecabezas de la educación. Hoy, los diversos sistemas educativos no encastran. Si bien en algunos países han comenzado a explorar distintas soluciones, en Argentina hay un debate, serio y profundo, pendiente. Como se ha pensado la educación en el final del siglo, no logra formar integralmente, no emociona, no sostiene trayectorias ni despierta vocaciones. Ese es el primer diagnóstico que debemos asumir sin eufemismos. Y, a partir de allí, construir una premisa clara: necesitamos una escuela que vuelva a enseñar a pensar y a ser, en un mundo complejo, vertiginoso y profundamente cambiante.
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Pensar críticamente, pensar con otros, pensar con lógica y creatividad, pensar con tecnología, pensar soluciones. Formar ciudadanos capaces de interpretar su realidad y transformarla. Ese es el desafío educativo del siglo XXI.
¿Puede la educación tradicional ser parte de esta tarea? No tal como está hoy. Pero sí si somos capaces de recuperar aquello que fue valioso y fundante para la Argentina: una escuela que formaba, que ordenaba, que generaba oportunidades reales de progreso. Durante décadas, la educación fue la principal vía de ascenso social. Y esa no es una mirada nostálgica ni conservadora; es una convicción profundamente progresista.
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Porque sin personas formadas, críticas y comprometidas, no hay país posible. Y sin capital humano, no hay estabilidad que resista ni crecimiento que se sostenga. Hoy el mundo no mide a las naciones solo por su infraestructura o sus recursos naturales, sino por la calidad de su capital humano: el talento, la formación y la creatividad de su gente. Esa es la verdadera moneda del siglo XXI. Negar los avances de la tecnología, y los cambios que eso puede en las personas, no solo es negar la realidad, si no un deliberado error que puede producir consecuencias profundas.
El rompecabezas puede volver a armarse si ponemos nuevamente en el centro a los estudiantes y entendemos cómo quieren y necesitan formarse hoy, sin renunciar a valores que nos construyeron como sociedad: que los chicos estén en la escuela, que los docentes sean respetados y bien remunerados, que ningún reclamo sectorial esté por encima del derecho de los alumnos a aprender, que la tecnología sea una herramienta al servicio del aprendizaje y no un fin en sí mismo.
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Recuperar el sentido común es, muchas veces, el primer paso para reordenar las piezas.
No puede faltar ninguna. Necesitamos formar personas completas: con pensamiento crítico, inteligencia emocional, capacidad de adaptación y vocación por lo colectivo. Ciudadanos preparados para enfrentar la incertidumbre y para construir consensos en un mundo cada vez más fragmentado.
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La clave es simple y contundente: si la escuela no interpreta los desafíos de su tiempo y no los traduce en propuestas pedagógicas concretas, queda fuera de juego. La educación tiene que volver a “romperles la cabeza” a los chicos. Tiene que emocionar, despertar preguntas, generar inquietud. Ese momento en el que un estudiante dice “esto me gusta”, “esto me importa”, “esto me interpela”, lo cambia todo.
El talento, la creatividad, la formación crítica y el compromiso ciudadano no se improvisan. Se educan. La estabilidad, el crecimiento y la convivencia que buscamos como sociedad empiezan en el aula. Y dependen de que ese rompecabezas vuelva a armarse con sentido, con coraje y con una mirada estratégica de largo plazo.
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Porque el futuro puede soñarse, pero sobre todo se construye. Y la principal herramienta para hacerlo se llama, sin vueltas, educación.
*El autor es maestro y legislador de la Ciudad de Buenos Aires
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