
“La condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos…” afirma, continuando a nuestro Francisco, el Papa León XIV en el documento “Te he amado” (“Dilexi Te”, 6). Esta interpelación, subraya el Papa, se dirige también, y especialmente, a la Iglesia, seguidora de Cristo que –así lo recordamos en cada Navidad– nació, vivió y murió pobre (despojado hasta de su manto).
La cantidad de pobres en el mundo es de alrededor de (nada menos) 1.000 millones de personas (varía según la metodología de cálculo, pero no más que un 10 o 15 % hacia arriba o hacia abajo). En la Argentina (país bendecido por Dios con infinidad de riquezas) la cantidad de personas que se encuentran debajo de la línea de pobreza alcanza al 30 % de la población, con un 7 % en situación de indigencia (pobreza extrema), es decir, aproximadamente 15 millones de personas son pobres y 3,5 millones indigentes (según IA, remitiendo a datos oficiales del INDEC).
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Por ello, en nuestra patria, la pobreza es, más que un grito, un alarido de desesperación y terror. Insisto que esto ocurre en un país con grandes riquezas naturales, con una población mayoritariamente capaz e instruida, y que (gracias a Dios y a la Virgen de Luján, nuestra patrona) no ha padecido guerras desde hace un siglo y medio (salvo la localizada, breve y heroica –aunque imprudente– guerra por la recuperación de las Islas Malvinas, en 1982) ni tampoco grandes desastres naturales (el último terremoto de consideración ocurrió en la Provincia de San Juan en 1944).
Es cierto que nuestra situación se encuentra notablemente agravada por los malos gobiernos: populismo, corrupción (ambos son una fábrica de pobres), deficientes administraciones y otros males sociales (narcotráfico en aumento), circunstancias que también son sufridas por otras comunidades afectadas por el flagelo de la pobreza, aun considerándola, como lo hace el Papa León, en la variedad de sus “rostros” (DT, 9) o manifestaciones: carencia de medios, marginalidad, pobreza moral, pobreza cultural, pobreza por discriminación, etc.
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Pero no debemos olvidar a la que podemos denominar causalidad sistémica de la pobreza, con especial referencia a la pobreza material. La incidencia sistémica que culmina en la perpetuación y agravamiento de la pobreza ha sido también advertida en Dilexi Te, 10, al destacar que “el compromiso en favor de los pobres” exige “remover las causas sociales y estructurales de la pobreza” (DT, 10) aprovechadas por una elite que no duda en ampararse en “ideales sociales y sistemas políticos y económicos injustos, que favorecen a los más fuertes” (DT, 11).
Lo expuesto no importa denunciar como falsa a la alegoría smithsiana del “derrame” –en definitiva, la fuerza generativa de “externalidades” (en sentido genérico) que posee toda actividad económica– sino solo plantear su grave insuficiencia.
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Imaginemos un recipiente que recibe un fuerte chorro de agua, que no cesa a pesar de colmarlo, con lo cual el líquido sobrante se derrama al exterior. El recipiente y el agua que contiene representan a la riqueza de los más favorecidos, el chorro de agua es la totalidad de la producción de la inversión y trabajo comunitarios (PBI), el derrame es la participación de los menos favorecidos en el PBI.
Si la capacidad del recipiente, y cantidad de líquido que sobre él se vierte, que podemos denominar “vertido generativo”, se mantienen constantes, los menos favorecidos recibirán cada vez más riqueza (podemos llamarla “vertido distributivo”) sin disminuir la que beneficia a los más favorecidos. Pero esta, que podría ser una situación ideal, no es realista, ya que el vertido generativo es posible, en una medida importante, por la inversión de los favorecidos (que también da ocasión al trabajo de los desfavorecidos). Para salvar esta dificultad –para incentivar la inversión o vertido generativo– es necesario agrandar la capacidad del recipiente, agrandamiento que de ser proporcionalmente mayor o, por lo menos, igual que el experimentado por el vertido generativo, no aumentará en igual proporción al vertido distributivo (el derrame). Así entonces, la “justicia social” (más que la “distributiva”, en el sentido aristotélico de término) se verá resentida, ya que los favorecidos serán cada vez más favorecidos y los desfavorecidos (en comparación con aquellos) cada vez más desfavorecidos. Por el contrario, la justicia social, siempre en la alegoría del derrame, exigirá que el recipiente crezca en menor proporción que el crecimiento del vertido generativo, lo que provocará mayor vertido distributivo o derrame.
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Fácil es decirlo, pero difícil es hacerlo. Difícil pero no imposible: lo han logrado, con distintas herramientas, muchas naciones sin caer en el comunismo que, según la experiencia soviética, agrandó el recipiente (no mucho, por ello, entre otras razones, terminó “implosionando”), disminuyó el vertido generativo y, por tanto, “planchó”, a la vez, el vertido distributivo.
También nuestro país tuvo, en el punto, una experiencia exitosa durante el gobierno justicialista de los años 1945 a 1955 y, luego, con su versión “aggiornada” de la década de 1990.
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Hoy el grito de los pobres exige que el derrame no sea por goteo. La riqueza de las minorías es suficiente para que ese vertido sea “por catarata”, sin que por ello los ricos se vuelvan pobres, situación que tampoco es querida por la justicia social, la que también necesita de los liderazgos (iniciativa, creatividad, asunción de riesgos) económicos. Sin los líderes de empresa, la justicia social sería imposible.
El capitalismo puede también ofrecer un “rostro” cada vez más humano. En definitiva, parafraseando a Churchill, podemos decir que “el capitalismo es el peor sistema económico, a excepción de todos los demás que se han inventado”.
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