
Tomemos nuestro celular y veamos rápidamente cuáles aplicaciones tenemos descargadas. Analicemos, después, qué servicios y experiencias nos proporcionan (entretenimiento, trabajo, salud, relaciones sociales) y con qué frecuencia las usamos. Por último, repasemos si en los últimos meses incorporamos o eliminamos más, y por qué lo hicimos. Al finalizar, probablemente obtengamos dos conclusiones: la primera, acerca de cómo el proceso de digitalización se aceleró y expandió en nuestra cotidianidad; y la segunda, sobre cómo definimos nuestra relación con las aplicaciones.
Resultaría redundante comentar el progresivo crecimiento de la digitalización. Tan solo basta con repetir el ejercicio introductorio para advertir que cada vez más aspectos e interacciones de lo cotidiano están mediadas por lo digital: del Home Banking al uso de Mi Argentina para trámites civiles, hasta el uso de plataformas de delivery, de streaming y de transporte privado. La tendencia es clara: como consumidores, ciudadanos y usuarios relegamos más instancias burocráticas, presenciales e interpersonales por experiencias digitales. Ahora, indaguemos cómo interactuamos con las aplicaciones.
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Es posible identificar tres tipos de lógica: la que busca eficientizar y optimizar decisiones, procedimientos e interacciones, y se asocia con experiencias vinculadas a trámites burocráticos e instancias presenciales que suponen un costo, un obstáculo o una ineficiencia; la segunda, que es de socialización, que busca establecer por interacciones privadas o grupales con otras personas a través de las plataformas, y se asocia con experiencias vinculadas a las aplicaciones de citas, la creación de contenido en redes sociales y las comunidades de streaming; y, finalmente, una más novedosa que busca independizarse y prescindir de intermediaciones - e intermediarios - a partir del conjunto de herramientas y servicios que las aplicaciones ofrecen, y se asocia a experiencias variadas que incluyen desde inversiones personales autogestionadas hasta la resolución de un problema práctico a partir de una recomendación del Chat GPT.
La diferenciación anterior se visibiliza cuando contrastamos el uso distinto de las aplicaciones, y la lógica que predomina, según el factor etario; no porque la edad opere como una barrera de acceso ni porque presuma una falta de capacidad, sino, más bien, como consecuencia de la relación que existe entre la evolución de la tecnología digital y la etapa - y contexto de la vida - en la que se insertó. La reflexión se sintetiza a partir de un ejemplo: hace 20 años, la presencialidad para gestionar una tarjeta bancaria era ineludible, mientras que actualmente, con el uso de aplicaciones de Banking y el surgimiento de otros ecosistemas financieros que diversificaron los medios de pago, es probable que muchos jóvenes nunca tengan que pisar un banco.
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Desarrollemos brevemente lo anterior. Hay una generación de jóvenes que desconoce diversas experiencias analógicas y presenciales como resultado del contexto tecnológico en el que nacieron. Este punto de partida más reciente explica la mayor propensión de los jóvenes a interactuar con todas las lógicas digitales existentes; y, más aún, a descubrir y desarrollar nuevas alternativas vinculadas con la socialización y la autogestión digital. Desde un punto de partida distinto, las generaciones adultas han tenido mayor propensión a incorporar lo digital como respuesta a muchas experiencias previas que terminaron por perder su sentido; mientras que, en la actualidad, incorporan con una velocidad menor - y quizás con menor propensión- aquellas aplicaciones de socialización digital, y aquellas que se asocian a las múltiples formas de gestionar áreas y decisiones de la propia vida con mayor autonomía de estructuras preestablecidas.
Ahora bien, ¿cuánto estamos dispuestos a digitalizar de nuestras experiencias? Para eso, es imprescindible cambiar la perspectiva y poner énfasis en quienes usan las aplicaciones y definen los límites y alcances de esa interacción: nosotros.
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Si bien no hay una respuesta unánime —y de hecho no debería—, es indudable que la eficientización digital aplicada a los trámites burocráticos y administrativos es una tendencia irrefrenable y ampliamente preferida frente a otro tipo de experiencias presenciales e interpersonales. En ese sentido, es muy probable que cada vez sean más las instancias que deseemos reemplazar por la comodidad de la pantalla. Distinta es la deseabilidad de que la socialización digital domine la lógica con la que nos vinculamos con otras personas. Aunque, bien entendida, supone una herramienta para facilitar accesos y conexiones que concluyen en un encuentro presencial, existe un desafío —especialmente, para los jóvenes— en cómo lentamente revalorizamos y reconstruimos espacios de vinculación social prescindiendo del algoritmo y artificialidad de las redes sociales.
Finalmente, un debate que merece mayor atención trata sobre la cultura de la “autogestión” digital, y el dilema que surge entre las posibilidades y responsabilidades que tienen las personas que, gradualmente, incorporan herramientas provenientes del universo fintech, de la salud digital, de la educación personalizada y de la inteligencia artificial generativa, entre otras, para resolver y/o complementar situaciones prácticas, laborales y/o personales.
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Aunque la pregunta de por qué nos inclinamos hacía más experiencias digitales quede parcialmente inconclusa - y sujeta a cada caso particular - podemos terminar con una certeza: la digitalización continuará; pero, como comprobamos en el ejercicio del comienzo, el proceso no determinará por sí mismo la extensión y los límites de cómo involucramos lo digital en las experiencias y áreas de nuestra vida. Esta historia tendrá siempre dos protagonistas: las aplicaciones y nosotros.
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