
Desde la asunción del presidente Javier Milei, la Argentina se encuentra frente a grandes debates que van desde cuestiones morales a un profundo replanteo sobre el rol del Estado en una sociedad; todos ellos, ausentes desde hace décadas, en la agenda política y ciudadana.
Los liberales queremos un mercado grande y un estado chico. A diferencia de buena parte de la sociedad y de la clase política, tenemos “estadofobia” en lugar de “mercadofobia”.
Sabemos que el exceso de grasa estatal llamado déficit fiscal es financiado con emisión monetaria, es decir, inflación, o con deuda, es decir, inflación futura. Esto se traduce en engordar las arcas públicas y desnutrir los bolsillos de los ciudadanos.
El creciente gasto público, ha convertido al país en un verdadero infierno tributario e inflacionario llevando a más de la mitad de la población a la pobreza
Sin embargo, el paternalismo estatal ha sido el gran protagonista, por lo menos en los últimos 60 años de la historia argentina, con especial énfasis en las décadas kirchneristas recientes. Pero este Estado paternal y obeso no nos ha salido gratis. El creciente gasto público convirtió al país en un verdadero infierno tributario e inflacionario, llevando a más de la mitad de la población a la pobreza.
De acuerdo al último informe difundido por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), la tasa de pobreza para el primer semestre del 2024 fue del 52,9% y alcanzó a 24,9 millones de personas en todo el país. Por su parte, la indigencia trepó al 18,1% lo que representaría 8,5 millones de personas. Una realidad escalofriante.
La retórica estatista y populista ha generado un clientelismo político sin precedentes, penalizando el éxito económico mediante la demonización del Mercado y la glorificación del Estado. Hoy, más de 20 millones de argentinos reciben un cheque del Estado (sea en concepto de asistencias, jubilaciones o empleos públicos). Las dádivas públicas han destruido los esquemas de incentivos meritocráticos. La protección social no puede poner a la persona en la disyuntiva entre trabajar y no trabajar.
Hay que poner el gasto público a dieta, entender que engordar no es crecer. Achicar al Estado para que se agrande la Nación
Pero para que esta degradación económica y social se termine es imperante ponerle un cinturón gástrico a este Estado obeso que todo pretende, pero nada consigue. Cambiando grasa por músculo, Estado por mercado.
El Gobierno parece tenerlo bastante claro y por ello ejecuta acciones que quitan la opresión del sector público en la economía, que van desde el cierre o privatización de empresas públicas deficitarias hasta la auditoría de instituciones públicas que demandan millonarios presupuestos. Gastar menos y mejor. Motosierra y bisturí.
El proceso será difícil y largo, pero traerá prosperidad y desarrollo. Es cuestión de pasar de décadas, de un sufrimiento inútil en favor de un sacrificio útil. Poner el gasto público a dieta, entender que engordar no es crecer. Achicar al Estado para que se agrande la Nación.
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