
Está bastante difundida la idea, entre los no peronistas, de que Argentina entró en una imparable decadencia a partir de la primera presidencia de Juan Domingo Perón.
Sin duda, el país comenzó una profunda decadencia en la década del 40. Sin embargo, han pasado casi 80 años desde que Perón fue derrocado por la Revolución Libertadora y todavía muchos consideran que todos los males de Argentina provienen de él.
No sé si el argumento me termina de convencer, porque es como si, 60 años después de la caída de Juan Manuel de Rosas, es decir, hacia 1912, se siguiera discutiendo por qué no crecíamos y toda la culpa de esa situación recayera en esa etapa de la Argentina.
Recordemos que Rosas fue vencido por Justo José de Urquiza en la batalla de Caseros el 3 de febrero de 1852. La Constitución Nacional fue promulgada el 1 de mayo de 1853, pero Buenos Aires se unió a la Confederación Argentina recién en 1860. Es decir, pasaron siete años más hasta que quedó completamente unificada la nación tal como la conocemos hoy.
Un poco de historia
En 1880 terminaron las guerras civiles, y se puede decir que se logró el proceso de consolidación nacional. En ese período surgió la generación del 80, denostada hoy por algunos sectores progresistas e ignorantes. Con todos sus defectos, esa generación construyó una Argentina que, 50 años después de Caseros, tenía una economía líder en América Latina. El flujo de inversiones que atrajo ese modelo basado en la Constitución de 1853/60 fue impresionante.
Siempre aparece alguien argumentando que en esos años hubo crecimiento, pero no redistribución del ingreso. Sin embargo, Argentina recibió un saldo migratorio positivo anual que llegó a 200.000 personas. Muchos inmigrantes venían solo para la época de cosecha y regresaban a sus países. Entre 1896 y 1913, casi dos millones de extranjeros se establecieron definitivamente en Argentina. Es difícil imaginar que estas personas vinieran a morir de hambre.

La llegada de inmigrantes fue posible gracias a la conquista del desierto, que permitió ocupar campos sin el temor a ataques de malones. Quienes critican a Julio Roca desconocen el contexto histórico y los constantes ataques desde Chile.
Cuando Domingo Faustino Sarmiento hizo el primer censo nacional en 1869, descubrió que el 78% de la población era analfabeta. La generación del 80 heredó un país que además no tenía infraestructura y asolado por malones. Sin embargo, respetó el marco institucional de la Constitución Nacional y logró transformar al país en un exportador que representó el 3% del comercio mundial.
No fue la generación del 80 la que obró un milagro, sino el marco institucional diseñado por Juan Bautista Alberdi. Este marco, basado en la propiedad privada, un gobierno limitado y la integración económica global, creó una república liberal. Aunque no fue un liberalismo puro, Argentina adoptó muchas de las ideas liberales de la época.
La batalla cultural
El gran interrogante es por qué, 80 años después de la caída de Perón, Argentina no ha podido recuperarse, como sí lo hizo 27 años después de Caseros. La respuesta parece estar en la profunda demanda de populismo en gran parte de la población. El vivir a costa del trabajo ajeno.
En el mercado electoral, los políticos perciben esta demanda y ofrecen populismo para ganar votos. La dirigencia política, incluyendo los gobiernos militares, nunca intentó cambiar los valores populistas instaurados por Perón. No se propuso volver a los principios de la Constitución de 1853/60 ni a los valores de Alberdi, no solo en su libro Las Bases, sino, particularmente, en el Sistema Económico y Rentístico de la Confederación de la República Argentina.
Actualmente, el debate sobre la “batalla cultural” está en boga, y muchos analistas sostienen que los cambios llegaron para quedarse. Sin embargo, ya hemos presenciado reformas similares que fueron revertidas.
En los 90 hubo privatizaciones, desregulación, convertibilidad y apertura económica, pero la crisis de 2001/2002 devolvió al país al populismo exacerbado del kirchnerismo.
Mi punto es que quienes votaron a Carlos Menem en la reelección de 1995 luego apoyaron al kirchnerismo, que hizo exactamente lo contrario. En 2019, tras la crisis de 2018, los votantes insistieron con el kirchnerismo.
Por eso creo que es importante insistir en marcar las diferencias con este gobierno, tanto en materia institucional como económicas, en particular las cambiarias y financieras, para que, lo que hoy se cree una batalla cultural ganada en gran medida, termine en otra vuelta del populismo kirchnerista. Adular al gobierno en todo lo que hace no ayuda en nada a construir una Argentina liberal. Se puede vivir un período de optimismo, pero a costas de pagar el costo de nuevas décadas de populismo.
Como dice Frédéric Bastiat: “Toda la diferencia entre un mal y un buen economista es ésta: uno se limita al efecto visible; el otro tiene en cuenta el efecto que se ve y los que hay que prever”.
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