
Hace más de una década que nos hemos puesto de acuerdo en la necesidad del desarrollo individual de las mujeres como discurso mayoritario. Su autonomía podría ser la estrategia para romper la subordinación que a través del género condiciona nuestra vida más allá de lo que somos capaces de identificar. El género es la estrategia que el patriarcado utiliza para subordinar a las mujeres. Sin el género, el patriarcado no podría existir.
Desobedecer ese género (esos roles, estereotipos o mandatos), sigue siendo la causa, más o menos consciente, de las diferentes violencias que viven las mujeres y que condiciona y pone en riesgo sus proyectos vitales.
Uno de esos roles, y el mandato más arraigado para cualquier grupo oprimido, es conocer las necesidades del grupo dominante. Mediante el entrenamiento más largo de nuestra vida, aprendemos lo que significa ser mujeres, que no es más que lo que el patriarcado espera que seamos. Qué comemos, qué tercio entrenamos en el gimnasio, cuándo tenemos que hacer que sabemos menos de lo que sabemos, cómo nos vamos a relacionar con nuestro grupo de iguales —y con quienes no lo son— o si podemos o no trasgredir qué normas, depende mayoritariamente de cómo nos han entrenado dependiendo del sexo biológico con el que nacemos. Este aprendizaje existe precisamente para que conozcamos y satisfagamos la vida del grupo dominante.

Adoptar estas normas que reducen la libertad de las mujeres y que nos imponen cómo nos presentamos ante el mundo como categorías irrenunciables, no es una opción individual. Podemos determinar que no queremos ser lo que otros han decidido que seamos, pero difícilmente vamos a lograr que tenga resonancia colectiva. Renunciar a desempeñar los roles femeninos no ofrece un pase VIP a los puestos de decisión, a ganar lo mismo que los hombres o a poder dejar en manos de nuestras parejas la entrega del afecto y cuidados a las personas mayores o a las criaturas recién nacidas.
Renunciar al género como veleta que atraviesa toda nuestra vida no es posible, se deposita en nosotras con o contra nuestra voluntad. La individualidad de las mujeres no depende del grado de feminidad interiorizada. La mutilación genial, los matrimonios forzados, las violaciones, la esclavitud sexual, los millones de feminicidios anuales, la servidumbre o las enfermedades que no se investigan porque afectan mayoritariamente a las mujeres, no van a desaparecer porque renunciemos a obedecer al patriarcado. La manera de acabar con él es mediante la construcción de relaciones equipotentes entre los sexos construyendo categorías más amplias de lo que significa ser hombre y ser mujer. Queremos elegir jugar al fútbol, tener el pelo corto, no depilarnos o negarnos a ser madres.
Nos gustaría romper todas las leyes del agrado impuestas sobre nuestros cuerpos sin desaprobación. Hackear el género significa abandonar las expectativas que se tienen de las mujeres mediante una realidad material y concreta, que pasa porque esos mandatos —necesarios para la supervivencia humana— sean ejecutados indistintamente por hombres y mujeres. Que los hombres se apropien de las tareas domésticas, que renuncien a jornadas laborales completas a favor del florecimiento de sus parejas y criaturas, que compartan tiempo con las personas mayores y que rechacen en sus grupos de WhatsApp o en las calles cualquier forma de violencia contra las mujeres. Que dejen de hacer lo que han venido haciendo a lo largo de la historia para que tomemos el relevo. Necesitamos elegir qué mundo queremos habitar siendo mujeres, que hoy es un mundo en cuya construcción no nos permitieron participar. Ese sería el verdadero Jaque Mate al patriarcado.

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