
La sociedad del conocimiento y las nuevas tecnologías han producido un cambio irreversible en las organizaciones y esto no excluye al Estado. Todos los avances científicos y tecnológicos aplicados a través de la innovación permitieron que las sociedades más desarrolladas alcancen altos niveles de bienestar y progreso. Desde la introducción de nuevas formas de trabajo y vinculación hasta el civic engagement, en donde los gobiernos proveen a los ciudadanos las herramientas necesarias para involucrarse en los procesos de toma de decisiones. La innovación implica una nueva visión del Estado.
Hablamos de un Estado que ya no monopoliza el abordaje de los problemas públicos. Desde la masificación de la tecnología, la ciudadanía se ha empoderado e involucrado en múltiples áreas y demanda una mayor participación en el quehacer estatal. Esto pone en jaque al Estado tal y como lo conocimos, dejando de ser el mero depositario de demandas ciudadanas que responde con bienes y servicios, ya que los problemas públicos de hoy deben pensarse desde una visión abierta y participativa.
La nueva estrategia para procesar las demandas ciudadanas e institucionalizar su colaboración son los laboratorios de innovación o laboratorios ciudadanos, espacios dinámicos donde se promueve la creatividad para el diseño de nuevas soluciones de política pública. Como contraparte a los organismos públicos tradicionales, los laboratorios de innovación funcionan como un espacio de experimentación, testeo y a una escala pequeña. Esto reduce los costos en caso de fracaso y permite identificar la mejor opción.
Como toda estrategia, debe enfocarse desde una nueva visión de la gestión pública, que implica generar equipos especializados y contar con un servicio civil motivado e innovador. El viejo modelo de convocar un equipo de expertos para abordar los problemas públicos y que elaboren una solución que luego sea puesta a consideración de las autoridades para definir su aplicabilidad, solo ha alejado el Estado de la gente.
Innovar no es solo resolver problemas, el desafío es hacerlo con aquellos problemas que la ciudadanía aún no siente como tales. La innovación es tanto la manera en cómo definimos esos problemas como la forma que buscamos para resolverlos, sumando a nuevos actores para hacer un proceso colaborativo y cuyo propósito sea enfocarse en la idea del compromiso ciudadano como objetivo último.
Esta dinámica pone el foco en la ciudadanía y convierte al Estado en tester, con instituciones que permiten y fomentan la participación, la colaboración y la definición de problemas desde la visión social para evitar las soluciones estandarizadas o simplistas.
De este modo, una tarea urgente para la política es pensar en Estados abiertos que permitan generar nuevos mecanismos en conjunto con la ciudadanía, enmarcados en una nueva tradición institucional, donde el laboratorio no sea una visión aislada y transitoria de un gobernante de turno, sino una nueva herramienta para abrir las organizaciones públicas a la iniciativa ciudadana. Abrir el Estado a la experimentación, la consideración de ideas nuevas e incluso inusuales, los procesos de ensayo y error, es decir, abrirnos a la posibilidad de crear un Estado con el ser humano en el centro, y con la lógica tester como camino para lograrlo.
El futuro del Estado no es solo la incorporación de tecnología, la publicación de datos o el desarrollo de plataformas, sino que está ligado a la capacidad de repensar su estructura y acoplarlo a los nuevos procesos económicos, sociales y culturales. Sumar a la ciudadanía en un rol central es clave para la gobernanza democrática, y en pensar la innovación “hacia adentro” implica generar nuevas estrategias para abordar los problemas y brindar mejores bienes y servicios para el Estado del S. XXI.
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