
La visita del Papa León XIV vuelve a poner en escena una pregunta incómoda para la Argentina: cómo conviven el mensaje cristiano del amor al prójimo, la misericordia y el perdón con un estilo presidencial que ha hecho de la agresión verbal una de sus marcas más visibles.
Hay encuentros que tienen una dimensión institucional y otros que, además, expresan un contraste de valores. La llegada del Papa a la Argentina pertenece a esta segunda categoría. Llega al país el máximo representante de la Iglesia Católica. La institución que tiene en Jesucristo su figura central, que proclama el Evangelio y que desde hace dos mil años transmite un mensaje que atraviesa buena parte de la historia de Occidente: amar al prójimo, perdonar, ser misericordioso, acompañar al que sufre y no responder al odio con más odio.
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El Papa llega a una Argentina gobernada por Javier Milei. Y ese encuentro abre una pregunta que va más allá del protocolo, de las fotografías oficiales y de las reuniones de agenda: ¿cómo se encuentran el representante de una Iglesia que predica el amor al enemigo y un presidente que ha convertido la confrontación verbal en una de las características más reconocibles de su estilo político?
No es una discusión religiosa. Tampoco se trata de exigirle a un presidente que comparta la fe de los católicos. Se trata de algo mucho más elemental: qué lugar ocupa el respeto por la dignidad del otro en la vida pública.
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Para entender la dimensión de ese contraste alcanza con volver al Evangelio de la Iglesia Católica. Cuando a Jesucristo le preguntaron cuál era el mandamiento más importante, su respuesta fue contundente: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”. Y agregó: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22, 37-39). No dejó demasiado margen para las interpretaciones. El amor al prójimo no aparece como una recomendación secundaria, sino como uno de los dos grandes mandamientos sobre los que se sostiene toda la enseñanza cristiana.

Pero el Evangelio va todavía más lejos. Cuando un maestro de la ley le preguntó quién era el prójimo, respondió con la parábola del buen samaritano. El protagonista es un hombre que encuentra a otro herido en el camino. Mientras un sacerdote pasa de largo, un samaritano se detiene, se acerca, le cura las heridas y se ocupa de él. Al terminar el relato, Jesús pregunta quién se comportó como prójimo. La respuesta es: “El que practicó la misericordia con él”. Y Jesús concluye: “Anda y haz tú lo mismo” (Lucas 10, 25-37).
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La enseñanza es extraordinaria: el prójimo no es solamente quien pertenece a nuestro grupo, piensa como nosotros o comparte nuestras convicciones. También es aquel que es diferente, incluso aquel con quien existen profundas diferencias.
La Iglesia Católica también coloca al perdón en el centro de la vida cristiana. Cuando Pedro le pregunta a Jesús cuántas veces debe perdonar a quien lo ofende, Jesús responde: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mateo 18, 21-22). Y en uno de los momentos más dramáticos de la historia cristiana, mientras está siendo crucificado, Jesús pronuncia estas palabras: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23, 34).
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No es una invitación a la ingenuidad ni a renunciar a las convicciones. Es una exigencia moral que supone reconocer la humanidad del otro incluso cuando ese otro piensa distinto, nos enfrenta o nos provoca: “Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen” (Mateo 5, 44).
La misericordia no significa ausencia de autoridad. El perdón no implica impunidad. Y amar al enemigo no significa renunciar a discutir, denunciar o combatir sus ideas. Significa no despojarlo de su condición humana.
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León XIV ha sido explícito sobre el valor de las palabras y la responsabilidad de quienes comunican. El 12 de mayo de 2025, ante representantes de medios de comunicación de todo el mundo, el Papa pidió una comunicación que no recurriera a palabras agresivas y dejó una frase que merece ser recordada: “Debemos decir “no” a la guerra de las palabras y de las imágenes, debemos rechazar el paradigma de la guerra”.
En ese mismo encuentro defendió la libertad de prensa y reclamó una comunicación que no separe la búsqueda de la verdad del amor. Su mensaje apunta a recuperar el diálogo, el respeto y la escucha, especialmente en sociedades atravesadas por la polarización. Es precisamente ahí donde aparece el contraste con algunas de las expresiones más duras que ha utilizado el presidente Milei.
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En los últimos tiempos, el jefe de Estado profundizó una retórica de confrontación que incluye descalificaciones personales y expresiones dirigidas a periodistas y opositores. No se trata de una frase aislada. El 5 de octubre de 2026, el Foro de Periodismo Argentino, FOPEA, publicó un relevamiento sobre los ataques del Presidente contra periodistas. Según esa organización, solamente entre el 1 y el 5 de octubre se registraron doce ataques protagonizados por el jefe de Estado. El documento identifica expresiones como “sicarios con micrófonos”, “basura inmunda” y “mierda humana”, utilizadas para descalificar a periodistas y medios de comunicación.
El 23 de octubre, durante la gala anual de la Fundación Faro, Milei volvió a recurrir a una imagen particularmente violenta. En el comienzo de su discurso cuestionó a periodistas a raíz de la cobertura del caso LIBRA y, al referirse a quienes consideraba responsables de perjudicarlo, sostuvo: “Los que se tienen que quemar en la hoguera son los hijos de puta”. La expresión está incorporada en la transcripción oficial de la Presidencia de la Nación.
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El contraste resulta difícil de ignorar. Mientras el Evangelio llama a amar al enemigo, perdonar al que ofende y practicar la misericordia incluso con quien es diferente, el Presidente argentino recurre a insultos y metáforas de castigo extremo para expresar su enfrentamiento con quienes cuestionan su gestión.
Un presidente tiene derecho a cuestionar a discutir con sus críticos y a defender su gestión. Lo que merece otra discusión es la legitimidad de convertir la agresión y la deshumanización del adversario en una forma habitual de comunicación desde el máximo cargo institucional del país. Porque las palabras presidenciales no son palabras cualquiera. Tienen una potencia distinta. No solamente expresan el temperamento de quien gobierna: también contribuyen a definir el clima en el que una sociedad discute sus diferencias.
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Cuando el desacuerdo se transforma en enemistad y el adversario pasa a ser alguien despreciable, la conversación pública pierde algo esencial. La democracia necesita conflicto, discusión y competencia. Pero también necesita límites, reconocimiento y respeto.
La visita de León XIV puede ofrecer una oportunidad para recuperar esa conversación. No porque el Papa tenga que convertirse en árbitro de la política argentina ni porque deba señalar públicamente los errores del presidente. Su misión es otra. Pero precisamente por eso su presencia puede adquirir un significado que exceda cualquier declaración coyuntural.
La Iglesia Católica no llega a la Argentina a participar de una interna política. Llega con un mensaje que interpela a todos: a quienes gobiernan, a quienes se oponen, a quienes comunican y a quienes participan de la vida pública. Y ese mensaje también debería incomodar a quienes se sienten cómodos en la descalificación permanente. La compasión, la misericordia y el amor al prójimo no son valores que deban reservarse para los propios. Su verdadero sentido aparece cuando se los pone a prueba frente a quien piensa distinto.
Milei no necesita convertirse en católico para comprender esa enseñanza. Tampoco necesita renunciar a sus ideas, a sus reformas ni a su manera de entender la economía. Pero gobernar implica una responsabilidad que va más allá de ganar elecciones o imponer una agenda: implica reconocer que el país también pertenece a quienes no lo votaron, a quienes lo critican y a quienes no comparten sus convicciones. Tal vez ese sea el verdadero significado político (y humano) de esta visita.
León XIV llegará con el mensaje de una Iglesia que invita a amar incluso a los enemigos. Milei lo recibirá desde la responsabilidad de representar a todos los argentinos, también a aquellos a los que suele confrontar.
En una Argentina atravesada por la división, la pregunta no debería ser quién gana ese encuentro. La pregunta es si somos capaces de escuchar lo que ese contraste viene a recordarnos: se puede tener razón, defender convicciones y disputar el poder sin convertir al otro en un enemigo al que haya que destruir.
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