
El diagnóstico multicausal respecto a la variación de los precios está siendo financiada por una fuerte caída de la demanda de base monetaria (BM), que lleva a la velocidad de circulación del dinero a los máximos desde el 2003. Claramente, la creciente inflación que se verifica en Argentina (16% en el año y 55% en los últimos 12 meses) se apoya en aspectos monetarios que, siguiendo la teoría cuantitativa del dinero, explica de forma más consistente estos procesos de aceleración, en los cuales interactúan la cantidad de dinero (BM) y la velocidad de circulación.
En efecto, la demanda de BM utilizada para efectuar transacciones cayó desde el 7,9% del PBI en 2020 (por efecto de la pandemia) hacia el 6,1% del PBI en 2021 y orillaría el 5,2% de PBI en el primer semestre del año. Así, una caída en la demanda es similar a una emisión (aunque ahora el Banco Central sea prolijo, por la absorción de pesos del gobierno nacional, producto de la colocación neta de deuda).
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En la dinámica, el dinero emitido -por motivos fiscales- en el último semestre del 2021, estuvo en la estacionalidad de billetes y monedas hasta febrero; y ahora está lubricando un proceso de dinero a bienes a una velocidad récord. Este mismo proceso también se verificó en el primer semestre de 2019 y 2021, con la consecuente aceleración de la inflación en dichos periodos.
Hay pesos que financian la suba de los precios de las materias primas que viene del exterior -que explicaría, ni más ni menos, que la mitad del salto de 2 puntos porcentuales, entre el 4,7% de febrero y 6,7% de marzo-, o el aumento de naftas y todo el resto de las explicaciones específicas de los precios estacionales (textiles y colegios), regulados o de los bienes y servicios núcleo.
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De esta manera, el dinero no demandado (o alternativamente, emisión no querida) aumenta la velocidad de circulación que termina acelerando la inflación. Dicho de otra forma: viendo la evolución bajista en los últimos 20 años de la demanda de Base Monetaria, le corresponde una mayor suba del índice general de precios al consumidor.

Así, consistentemente, la inflación subió. Pasó del 8% promedio entre 2003 al 2007, hasta el 49% registrado en los años que van del 2018 al 2022. Puntualmente, la de 2022 apunta a superar el 60% anual.
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Diques de contención
En los últimos dos años, el sesgo fiscal de la política monetaria, políticas fiscales expansivas y sin financiamiento externo, impactaron plenamente sobre la inflación. Pero hacia adelante, ¿Qué preanuncia esta coyuntura monetaria?
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En principio, el Gobierno hoy -y en el marco de un acuerdo light con el Fondo Monetario Internacional- sólo podría estabilizar una alta inflación y tendría sólo dos herramientas antiinflacionarias:
1) Mayor colocación de deuda del gobierno nacional que termine sacando pesos (la última licitación prácticamente empató entre vencimientos y ofrecimientos de pesos);
2) Una política monetaria más agresiva de tasas de interés que las hasta ahora practicadas (incluyendo la última suba de 2,5% este miércoles). Por ejemplo, volver a alinear tasas por encima del crawling peg –que sube al 50% anual-, para que los productores / exportadores (dejando de lado los ruidos de logística terrestre -gasoil-) liquiden granos, que lleven a compras de reservas por parte del BCRA.
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El objetivo concreto: atenuar la inflación de los próximos meses (según el REM, superior 4% mensual). La de abril, sin ir más lejos, sin efecto Ucrania, empezaría con 4 altos por alzas en regulados, cambios impositivos en naftas y estacionalidad en textiles. Mientras que, a la de los meses subsiguientes, debiera sumarse alzas de tarifas y naftas.
En este contexto monetario, el Gobierno debería apuntar a mejorar la demanda Base Monetaria (y su espejo: aminorar la velocidad de circulación) vía tasa de interés y rendimiento de las emisiones primarias de bonos del gobierno, combinado con credibilidad fiscal. En definitiva, ajuste a costa de frenar la actividad y la demanda, o una alta inflación.
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