
Nuestro cerebro cambia todos los días. Físicamente cambia. Esto permite, entre otras cosas, que recordemos la escena de amor más memorable de nuestras vidas y, también, la vuelta al perro que dimos anoche. A medida que pasa el tiempo, gracias a esta capacidad del cerebro (que se llama “plasticidad”) aprendemos a comunicarnos, a movernos, a pensar, a entender. Decimos que el cerebro es “plástico” porque tiene la potencialidad de modificarse como resultado de las experiencias que vive la persona que lo porta.
Para poder realizar esos cambios físicos, estructurales, hace falta energía. ¿Y de dónde saca esa energía el cerebro? De la comida. Entre otras cosas, en última instancia nos alimentamos para poder pensar, aprender, entender, recordar.
Y en este punto, la neurociencia se mezcla con la política. Porque no toda comida es alimento para el cerebro. Les cuento un ejemplo. Hace diez años, científicos españoles hicieron un experimento revelador. Durante casi dos meses alimentaron a algunos ratones con dietas que contemplaban los requerimientos nutricionales y, a otros, con dietas ricas en azúcares refinados y grasas saturadas (sí, aquellos componentes de los alfajores, snacks y ultraprocesados en general, cuya combinación tanto atrae a nuestro cerebro -y también al de los ratones-). Y, después, los científicos enseñaron una serie de cosas a los ratones. Lamentablemente, para nuestra esperanza, encontraron que aquellos ratones del primer grupo (el mejor alimentado) aprendieron muchísimo mejor que sus compañeros con dietas más similares a lo que se vende en la sección “galletitas” del supermercado. Snif.
La principal fuente de energía del sistema nervioso es la glucosa, molecula pequeñita que ingerimos, sobre todo, al comer frutas, verduras o miel. No es que no haya glucosa en otros comestibles ni, por supuesto, que no precisemos ingerir otros nutrientes también para que nuestro cerebro funcione apropiadamente. El tema es la relación entre la cantidad de “alimento útil” y la cantidad de “porquería”.
Ya lo dijeron los griegos: todo es veneno y nada es veneno, depende de la dosis. Justamente, lo que pedimos es que nos dejen conocer esas dosis para poder tomar decisiones informadas. Precisamos una ley de etiquetado clara para conocer qué consumos van a permitirnos razonar, aprender, entender, comunicar y hasta jugar libre y sanamente. Y, sobre todo, cuáles no.
*La autora es investigadora en el Laboratorio de Neurociencia de la Universidad Di Tella e investigadora asociada del Centro de Evaluación de Políticas basadas en Evidencia (CEPE)
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