
El rol de las élites resulta fundamental para entender el éxito o el fracaso de cualquier sociedad. Aquellos individuos que ocupan cargos de liderazgo tienen la difícil responsabilidad de representar los intereses y principios de su población, y al mismo tiempo motivarlos para alcanzar nuevas metas.
Una de las teorías más provocativas sobre las clases dirigentes es la que ha presentado Peter Turchin. Luego de analizar la evolución de varias sociedades a lo largo de la historia, este profesor estadounidense llegó a la conclusión que cuando una sociedad produce más dirigentes de los que necesita termina fomentando un nivel de competencia que resulta perjudicial. En efecto, esta competencia entre los miembros de las elites debilita el espíritu de cooperación e incrementa la polarización ideológica, causando así la declinación del país.
Para Turchin su propio país estaría sufriendo este fenómeno en estos momentos. De hecho, cada vez son más los individuos capacitados que buscan ocupar un número limitado de posiciones –tanto en el gobierno, como en las empresas, las universidades y las instituciones culturales. En definitiva, existe una sobreproducción de élites.
Las cifras parecen darle la razón. En los últimos 30 años, la cantidad de graduados universitarios, millonarios y abogados ha crecido notablemente. El problema es que estos buscan ocupar un número relativamente estable de cargos. Un ejemplo es el Senado de los Estados Unidos. Una institución a la que cada vez más miembros de las elites aspiran a pertenecer, pero que sigue contando con sólo 100 integrantes. Algo similar ocurre con los profesores universitarios. A pesar de que el número de profesores con estabilidad no ha variado considerablemente en los últimos años, la cantidad de doctorados que aspiran a ocupar estas posiciones ha pegado un salto exponencial.
Según Turchin, esta sobreproducción de élites esta generado una enorme frustración. Efectivamente, muchos de estos individuos frustrados eligen formar parte de una contra-elite que, aliada con una población descontenta, cuestiona el sistema actual y, al hacerlo, genera inestabilidad política.
Para algunos analistas Donald Trump sería un ejemplo. Marginado socialmente por las élites de Nueva York, su furia contra las clases gobernantes lo habrían motivado a presentarse como candidato a presidente y a transformar la identidad del Partido Republicano. Lo mismo estaría sucediendo en la izquierda, dado que muchos de los graduados que no consiguen trabajo son impulsados a adoptar posturas extremas. De hecho, estos jóvenes son la base del ala más radical del Partido Demócrata. Un partido que, en parte debido a la presión de este sector, ha abandonado muchas de las posturas moderadas que caracterizaron a las presidencias de Bill Clinton y Barack Obama.
El problema que nuestro país enfrenta respecto a sus élites es muy diferente al de los Estados Unidos. Si los Estados Unidos sobre produce elites, la Argentina las sub produce.
¿Cómo se explica que la Argentina no produzca la cantidad de dirigentes capacitados que necesita? En parte debido al continuo deterioro de nuestro sistema educativo. Escuelas y universidades que ya no solo están relegadas respecto al nivel de las más avanzadas del mundo, sino también respecto a las instituciones educativas que tuvimos en el pasado. A este fenómeno debemos sumarle otro proceso preocupante: la emigración de jóvenes profesionales que, una vez en otras naciones, difícilmente podrán formar parte de nuestra clase dirigente.
Pero la subproducción de élites no es el único problema que enfrentamos respecto a nuestra clase dirigente. Existe asimismo un sistema de incentivos y normas no escritas que dificulta la llegada de los mejores miembros de nuestra sociedad a los cargos mayor relevancia -en la política, pero también en otros ámbitos. Este sin embargo es un tema que trataremos en otra columna.
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