
El índice de inflación de abril arrojó una tasa de 4,1% (superior a la del Relevamiento de Expectativas de Mercado -REM- y cerquita del 4,2% proyectado por el modelo que utilizamos en PPI).
Claramente, la inflación bajó respecto a la de marzo, al no repetirse las estacionalidades de educación y textiles; capítulos del IPC que aportaron 0,9 puntos porcentuales en marzo, y sólo 0.3 pp en abril. A nivel mensual, las estacionalidades adicionan o restan puntos a la variación de precios subyacente de la economía, cuyo proxy sería la inflación núcleo del Indec.
Así, el IPC y la tasa núcleo (4,1% y 4,6%) de abril fueron casi similar al promedio del 3,9% y 4,2% registrado en los últimos siete meses (desde oct-20). Ahora bien, ¿puede el 70%-80% del índice de precios (libres) estar tan bien coordinado en todos los sectores, empresas y bienes para “operar” con el mismo ritmo tantos meses? Claramente, no.

Dicha “coordinación”, tiene más que ver con la emisión, el ritmo de devaluación y con la fuerza que tenga la actividad económica agregada.
En ese sentido, la inflación de 2020 del 36% no fue casualidad, sino que la baja respondió por la herencia que el Banco Central (BCRA) recibió de la política monetaria de Guido Sandleris; sumado a la caída del 20% del PBI en el segundo trimestre de 2020 por la cuarentena. Un combo perfecto para que la inflación fuera 2,2% mensual promedio en los primeros tres trimestres del último año.
¿Por qué no siguió baja la variación del IPC?
Dos claros efectos primaron: substancial emisión (recuerde el lector que el BCRA emitió $2,1 billones por una asistencia fiscal de $2,05 billones, equivalente a 7,5% del PBI durante todo el 2020) y cuyos efectos (según el modelo de PPI) se registran un semestre después. En tanto, el segundo efecto fue la recuperación sostenida de la actividad. Ambas fuerzas explican por qué la inflación se duplicó, alcanzando el andarivel del 4% mensual que prevalece hasta abril último.

A la par, y coincidente con la erupción de la brecha cambiaria (en octubre 2020 llegó a 105%), el BCRA subió del 36% al 38% anual la tasa de interés de referencia del mercado, aunque más relevante para la inflación, fue el fuerte freno a la emisión de dinero.
En ese sentido, en el tercer trimestre de 2020, la Base Monetaria corría al 72% interanual; reduciéndola hacia 52%, 40% y 15% anual en los tres trimestres subsiguientes.

¿Cómo hizo el BCRA para “frenar la emisión”? Esto tuvo que ver con un fuerte aumento en la deuda remunerada (o los pesos que emitió terminaron nuevamente en el BCRA) y a la par, el ministro de Economía, Martín Guzmán, “comenzó” ayudar al presidente de la entidad, Miguel Pesce, a través de una política fiscal austera, con fuertes bajas del desequilibrio primario del gobernó nacional. Ello significó una menor asistencia de la autoridad monetaria en lo que va de este año ($155.000 millones hasta mediados de mayo, o sólo 8% de lo emitido en 2020).
Por el lado de actividad, la recuperación (según nuestras estimaciones) se habría agotado en abril, con claras señales de fatiga en variados indicadores de producción.

De esta manera, si la inflación se movió con la política monetaria (recuerde que actúa el rezago) y con la actividad, hacia delante habría claras pistas para esperar una desaceleración del ritmo de aumento de los precios al consumidor.
En PPI, usamos un modelo de predicción de inflación, utilizando tasa de devaluación y Base Monetaria rezagada seis meses, que anticiparía que el aumento promedio de los precios al consumidor mensual del segundo, tercer y cuarto trimestre caerían a 3,5%, 3% y 2%, respectivamente.
Entonces, de no haber “ruidos” políticos y/o cambios en la política fiscal austera, el sesgo de la inflación sería bien decreciente.
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