Diplomacia en el mundo: las cancillerías adquieren relevancia como consecuencia del COVID-19

La mayoría de los países responden a los nuevos desafíos con personalidades con amplia trayectoria en la materia

El diplomático y ministro de Relaciones Exteriores de la República Popular China, Wang Yi, y su par iraní, Mohammad Javad Zarif, chocan sus codos durante una reunión en Teherán (REUTERS)
El diplomático y ministro de Relaciones Exteriores de la República Popular China, Wang Yi, y su par iraní, Mohammad Javad Zarif, chocan sus codos durante una reunión en Teherán (REUTERS)

La actividad diplomática en el mundo recupera vitalidad. El momento es clave ante dinámicas de competencia que irán derivando en ámbitos estructurales geopolíticos decisivos para la gobernanza global, el comercio internacional y la estabilidad estratégica. Algunas cancillerías tienen una responsabilidad primordial, como es el caso de Estados Unidos, China, Rusia y la Unión Europea, entre otros. Todos cuentan con cancilleres con sólida experiencia en asuntos internacionales. Los de Rusia, embajador Serguei Lavrov, y China, embajador Wang Yi, son diplomáticos de carrera. El Secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, fue vicecanciller en la Administración Obama, y el de la Unión Europea, Josep Borrell, era el canciller español antes de asumir responsabilidades en Bruselas.

Las cancillerías adquieren relevancia renovada como consecuencia del COVID-19 y la postergación o disminución de encuentros presenciales a nivel presidencial o de jefes de gobierno. La diplomacia digital ha fortalecido el papel del canciller como la necesidad de diplomáticos idóneos. La complejidad de la política exterior pone en evidencia las ventajas de contar con ministros con experiencia en momentos de cambios sustantivos, que puede incluir el diseño de una nueva fase de regionalismo y de la diplomacia multilateral para enfrentar los retos globales. La mayoría de los países están respondiendo a estos desafíos con personalidades con clara trayectoria en la materia.

En general, los países de América del Sur así lo han entendido al contar con cancilleres con experiencia, diplomáticos de carrera, como Uruguay (embajador Francisco Bustillo), Brasil (embajador Carlos Alberto Franco França, como su antecesor Ernesto Araújo), Ecuador (embajador Luis Gallegos hasta su reciente renuncia) y Perú (embajador Allan Wagner). La ministra de Relaciones Exteriores de Colombia (embajadora Claudia Blum) fue representante permanente ante Naciones Unidas, el de Paraguay (Euclides Acevedo Candía) fue embajador en España y Marruecos, la de Surinam (Yldiz Pollack Beighle) fue embajadora ante la Comunidad del Caribe, el de Guyana (Hugh Todd) es académico en política exterior y el de Chile (Andrés Allamand) fue consultor del Banco Interamericano de Desarrollo.

Napoleón Bonaparte solía decir que podía formar un mariscal en seis meses pero que un diplomático demandaba un esfuerzo de generaciones. Aunque probablemente exageraba, la expresión pone el acento en la importancia del apoyo de veteranos de política exterior para conducir la tela de araña de las relaciones exteriores. Quizás uno de los primeros efectos de la pandemia ha sido la revitalización del concepto.

La palabra diplomacia, que proviene del latín diploma, hacía referencia a que la entrega de ese documento convertía al portador ipso facto en diplomático. En el proceso evolutivo de la actividad, hoy es la persona autorizada a negociar en nombre de un Estado. La cabeza es el canciller. Si bien es un cargo político, representa una responsabilidad que compromete intereses sensibles y, consecuentemente, exige atributos específicos como lo están demostrando la mayoría de las cancillerías modernas del mundo actual. Todos parecen reconocer que no hay mayor espacio para la diplomacia de la improvisación.

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