El reino del revés era feminista

Como tantas mujeres pioneras artistas María Elena Walsh manifestaba, con su voz y en muchas de sus canciones, su compromiso con la lucha feminista

María Elena Walsh
María Elena Walsh

“No descanses en paz, alza los brazos

no para el día del renunciamiento

sino para juntarte a las mujeres

con tu bandera redentora”.

María Elena Walsh, Eva.

La mejor parte de ir a la primaria cuando era chica eran las mañanas musicalizadas por mi mamá. Esa mujer sí que sabía hacer que las siete de la mañana fuesen un momento de goce. Apenas me subía al auto, me deleitaba con algún disco popular del momento. Los viajes podían tener de compañía a Andrés Calamaro o a Bebe, a Piojos y Piojitos, hasta the one and only, María Elena Walsh.

Es increíble cómo algunas cosas que hacíamos de niñes quedan guardadas en nuestra memoria, podría decirse que por siempre… Hasta el día de hoy recuerdo cada una de sus letras a la perfección. Pero lo más interesante es cómo, con el transcurrir del tiempo, han cambiado su significado. En verdad, ha cambiado la forma en que nosotres interpretamos las letras. Walsh había manifestado años atrás, como tantas otras mujeres-pioneras-artistas-feministas, su compromiso para con la lucha feminista. El otro día, escuchando uno de mis temas favoritos de ella , La reina Batata, sentí algo extraño al leer la letra detenidamente… Y de pronto lo entendí.

“La reina temblaba de miedo

El cocinero con el dedo

Que no, que sí, que sí, que no

De malhumor la amenazó”

“Toda similitud con la realidad es pura coincidencia” dirían en la tele… Pero sabemos que no es así. ¿Cuántas de nosotras conocemos a amigas/conocidas que han estado en esa situación? ¿Cuántas de nosotras hemos incluso sido esa Reina Batata? Miles, capaz todas. María Elena Walsh no solo nos contaba la realidad patriarcal que nos acontecía (y lamentablemente aún acontece) sino que también nos tiraba la real posta.

Fijémonos sino, en la letra de El Reino del revés:

“Me dijeron que en el Reino del Revés

Cabe un oso en una nuez

Que usan barbas y bigotes los bebés

Y que un año dura un mes”.

El reino del revés era un reino con diversidad, con tolerancia, un reino en donde un oso podía ser chiquito y los bebés barbudos. En otras palabras, un reino feminista.

El reino del revés
El reino del revés

Desde que empecé a salir sola a lugares -desde ir a lo de una amiga, un boliche, a lo de mi novio, hasta al super de la esquina-, que he automatizado mandar un mensaje a mi mamá y a mis amigas avisándoles que “llegué”. Las veces, las pocas veces que me he olvidado de hacerlo, fueron motivo suficiente para suponer ni más ni menos que mi muerte. Y también estuve del otro lado: por cada segundo que una amiga tarda en avisarme que llegó, el miedo crece y mi corazón se estruja más y más y más.

Hace unos días, luego de que se publicara mi anterior columna, mi mejor amiga, Mile, me dijo que estaría bueno que para el próximo texto explique que, en verdad, ya no les tenemos miedo aunque les tengamos. Este trabalenguas que parece incomprensible, en realidad significa que ya no le tenemos miedo al miedo. Y no significa que seamos valientes porque no me interesa ser valiente de camino a casa, significa que es nuestra única alternativa para seguir… (para intentar) seguir viviendo.

“Sí, amiga. Siete meses me pegó. Me callé siempre. Hasta que me vi muerta. Por eso lo denuncié”, dijo Úrsula Bahillo en el chat con su amiga.

Somos un mundo en donde es posible que una mujer de dieciocho años se “vea muerta”. Somos un mundo en donde las que nos defienden y defendemos también corremos peligro y podemos ser baleadas. Somos un mundo en donde el uniforme tiene más valor que la vagina. Cuando leo estas noticias (todos los días, básicamente) da la sensación de que nada es suficiente. Pobres ilusas… creíamos que salir a las calles a exigir nuestros derechos funcionaría de un día para el otro. Claro que entiendo que nada es de un día para el otro, menos las revoluciones y los cambios trascendentales, pero… ¿Mientras tanto? Mientras tanto las mujeres nos morimos. ¿Por qué hay que esperar a que estemos todas en la morgue? ¿Por qué el mundo del revés tarda tanto en llegar?

María Elena Walsh escribió en 1973 en Carta a un compatriota:

Las feministas no tenemos odio, tenemos bronca. El odio –con los fierros, sean armas o moneda– es cosa de hombres. Estamos hartas de odio, aunque venga empaquetado en sublimaciones y piropos. No hemos declarado la guerra, sino que señalamos que existe y tiene los años de nuestra civilización. Nos defendimos como pudimos, a veces con malas artes, por lo tanto es mejor que ahora parezca una guerra abierta, limpia, esta que declaramos contra todas las formas de la arrogancia machista. La guerrilla de la artimaña, el repliegue y la comodidad no hace sino reproducir series de esposas ‘achanchadas’ y madres castradoras”.

Les mentiría si les dijese que este escrito no me hace llorar. Que no me revuelve mis entrañas… Me entristece que estas palabras sigan estando vigentes hoy día y que, al fin y al cabo, tengamos que seguir luchando por las mismas cosas cuarenta y ocho años después. Pero también le agradezco a esta mujer que supo hacer trascender las épocas y que hoy podamos contar con ella.

María Elena Walsh no era solo una salvación para las pibas de aquél entonces, lo sigue siendo para nosotras porque, cuando todo se vuelve oscuro, cuando sentimos nuestros cuerpos agotados por tanta ira y tristeza, ella nos aclara el camino.

Y, así como la mía, muchas otras madres (y tal vez padres también) no fueron ningunes tontes al hacernos escuchar sus canciones una y otra vez hasta memorizarlas. Algo así como un código morse que de grandes entenderíamos mejor. Cuando cantábamos en el auto de camino al colegio “malo malo malo eres, no te pienses mejor que las mujeres” (Bebe) no era simplemente para pasar el rato. Mi mamá era absolutamente consciente de la ideología feminista que quería transmitirme.

Y de nuevo, vuelvo a llorar, pero esta vez de emoción. De agradecimiento a todas esas mujeres que nos inspiran a seguir manteniendo los brazos en alto. A seguir defendiendo nuestras vidas y la de nuestras amigas. A poder visibilizar esta guerra que hace tiempo existe y, así, dejar se ser a las que matan para pasar a ser “las que cantan”:

“Vengo a decir que en los rincones más difíciles del planeta están cantando las mujeres con voz de pueblo escarmentado. Se supone que vociferan para morir un poco menos”.

Por suerte, estamos cada vez más cerca de morir menos, de arriar la bandera machista que mata a una mujer por día, la bandera que asesinó a Úrsula Bahillo después de haber hecho dieciocho denuncias a la policía, la bandera que nos odia, que nos hace desaparecer.

Pero, lamentablemente no alcanza con cantar canciones lindas ni leer poemas de la infancia. Y, evidentemente, tampoco alcanza con pedir ayuda a la policía. Para derrocar esta bandera hay que pensar colectivamente en el futuro que queremos para nosotres y para nuestres hijes y nietes. ¿Acaso queremos que elles tengan que pasar por lo mismo que nosotres? ¿Acaso pasarán otros cuarenta y ocho años más?

María Elena Walsh no era solo una salvación para las pibas de aquél entonces, lo sigue siendo para nosotras porque, cuando todo se vuelve oscuro, cuando sentimos nuestros cuerpos agotados por tanta ira y tristeza, ella nos aclara el camino
María Elena Walsh no era solo una salvación para las pibas de aquél entonces, lo sigue siendo para nosotras porque, cuando todo se vuelve oscuro, cuando sentimos nuestros cuerpos agotados por tanta ira y tristeza, ella nos aclara el camino

Ser feminista no es ser algo extraordinario, es ser una persona civilizada que puede ejercer libremente sus derechos. Pero, como aún eso no nos pasa a nosotras las mujeres (y los grupos LGBT+Q y trans), es que parece algo por fuera de lo común. En serio, ser feminista es (o debería) ser lo más común del mundo. Como dijo María Elena en Sepa usted por qué es machista, un artículo que escribió en 1980 para la revista Humor:

“Pero ojo que no hay premio mayor que saberse persona inteligente y civilizada. Si no opta por eso, estará contribuyendo a la contaminación mental, que es la que nos mata. Y no la humedad. Estará inflando la maquinaria del prejuicio y la prepotencia y al fin se va a quedar solo como un ciempiés, de luto, convertido en drácula de utilería y en hazmerreír de las criaturas primaverales”.

Cómo desearía que María Elena estuviese aquí para poder contarle todo lo que hemos conseguido con los movimientos feministas. Imagino su cara al contarle que tenemos ley de aborto legal, seguro y gratuito. Su cara al contarle sobre el cupo laboral trans y sobre cómo muchos de nuestros padres y hermanos han cambiado tanto en estos últimos años. De cómo nosotras hemos cambiado tanto.

Estamos aprendiendo a querernos, María Elena… ¡A querernos de verdad! “Pero todavía nada de esto funciona al cien por cien, querida mía”, diría ella tan acertada. Así es, María Elena, por eso estamos más firmes que nunca para que nuestros derechos se cumplan de una vez por todas.

Podremos luchar con humor, con ira, con tristeza… ¡Ya probamos todo! Pero aquí estamos igual, aún pidiendo, casi rogando, que dejen de matarnos. Estamos dispuestas a atravesar los mil y un millones de miedos que nos acechan porque es la única forma que tenemos de seguir luchando por nuestras vidas. Enfrentar a nuestros abusadores y condenarlos es justicia social e indispensable para esta lucha. Una lucha en donde lo cierto es que estamos solas, porque no hay dios ni uniformado que nos ampare. Y para eso estamos las pibas, para que ese abrazo colectivo sea más poderoso que cualquier arma nuclear.

Para que la paz y el amor le gane, de una vez por todas, a la guerra, a esta guerra contra las mujeres. Para que por fin el reino del revés sea el reino común y corriente. Vamos a cambiar el mundo por Úrsula, por las que ya no están, por el pasado, por el presente y por el futuro. La dulce voz de María Elena Walsh nos susurra desde las nubes:

“Agallas para hacer de nuevo el mundo. Tener agallas para gritar basta, aunque nos amordacen con cañones”.

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