
Desde el mundo del IT, debemos entender que parte de nuestro rol es crear productos que emocionen. Cada entrega que hagamos, cada nueva versión de un producto, es una oportunidad de lujo para impresionar y enamorar a nuestros usuarios. Y es aquí donde el diseño puede aportar ese valor. Sólo al mirar empresas centradas en el usuario desde el diseño, se puede entender que estamos ante un elemento diferenciador y que son productos en los que el impacto emocional en los usuarios, se tiene en cuenta a la hora de definir cualquiera de ellos.
Imaginate una primera salida. ¿Querés causar una excelente impresión? El objetivo es seducir a la otra persona, no ser alguien más, que vea algo que le enganche, se meta en su cabeza y haga que piense: “Quiero más”.
Con los productos pasa lo mismo, pero con mayor crueldad, los usuarios van a decidir rápidamente si les gusta o no y si lo descartan, es casi seguro que no vuelven más. Lo podés ver en múltiples estudios que demuestran que la mayoría de apps instaladas en nuestros celulares terminan olvidadas en cuestión de días.
Entonces, ¿cómo pasar del Mínimo Producto Viable al Mínimo Producto Amable en IT? Todos los que trabajamos en tecnología conocemos el concepto de MVP (minimum viable product o Producto mínimo viable, en español), una pieza clave de las nuevas metodologías ágiles. Se define como “un producto con suficientes características para satisfacer a los clientes iniciales y proporcionar retroalimentación para el desarrollo futuro”.
Se trata de la versión más reducida (una o pocas funcionalidades básicas) de un producto real que puede liberar. Deberá aportar suficiente valor a los usuarios iniciales para que estos lo adquieran. De ellos, se obtendrá feedback (a través de diversas fuentes: adquisición del producto, opiniones, métricas de uso, etc.) para mejorar el producto y hacerlo crecer junto a las necesidades reales de los usuarios.
El MVP se centra en dos aspectos: “fallar pronto”, llevado al extremo y las funcionalidades como el centro de todo. Pero el fallo está en que es un planteamiento incompleto. Olvida que un producto no sólo tiene que funcionar (sin eso no anda, apagá todo y nos vamos), si no que tiene que enganchar a los que lo usan.
Ya hay miles de productos que funcionan (si tenés hambre, una lata de comida para gatos funciona, pero no está bueno). Un producto debe ir más allá, tiene que enamorar, emocionar, enganchar a los usuarios. Estos esperan productos que alcancen sus estándares de calidad. Y en el mundo digital, donde todo es competencia de todo, estos estándares los marcan Apple, Netflix, Instagram, Twitter, AirBnB… y, de alguna manera, serás comparado y competirás con ellos.
Y así es como llegamos al “mínimo producto amable” ️(MLP, o minimum love product en inglés), que puede definirse como “la versión de un nuevo producto que recibe la máxima cantidad de amor de sus primeros usuarios con el mínimo esfuerzo”. Y deberíamos entenderlo como una evolución del MVP.
Para poder llegar al MLP necesitamos tener una propuesta de valor bien definida, entender a nuestros usuarios potenciales y conocer cuáles son sus necesidades. Y resolver al menos una de manera brillante. Si conseguimos eso, tendremos un cliente fidelizado, habrás entrado en su cabeza y te buscará para que le soluciones el resto.
En resumen, si las empresas y sus productos quieren sobrevivir el MVP no es suficiente, es necesario evolucionar hacia el MLP, ese es el futuro.
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