
En las últimas décadas hemos asistido a una demora y ralentización de la entrada a la edad adulta. La mayor expectativa de vida y profundos cambios sociales (precariedad, inestabilidad, desempleo) han dado lugar a nuevas subjetividades que se traducen en un alargamiento de la adolescencia y de la juventud. En rigor es la sociedad la que se reconfigura, acompañando las transformaciones vertiginosas de su estructura económica y social. Cambia la forma de concebir las relaciones de pareja, la paternidad, el matrimonio. Cambia la forma de entender la vejez. Y cambian las vivencias de ese período de tiempo –ahora más extenso- que llamamos juventud.
La falta de reflexión sobre lo que acontece en la sociedad moderna lleva a la estigmatización fácil de los jóvenes: no se preocupan por el futuro, son vagos, no tienen disciplina, juegan todo el día a la Play. La comparación de los jóvenes de hoy con los de hace cincuenta años se realiza sin tener en cuenta que los contextos son radicalmente distintos. El muro de incomprensión con el mundo vivencial de los jóvenes no es novedoso sino que se reedita a lo largo de las generaciones.
Los jóvenes son tratados con una mirada condescendiente y tutelar, como minusválidos sociales incapaces de reflexionar sobre nada. Creo que esa forma de abordar el complejo mundo de la juventud responde a un pensamiento profundamente conservador, incapaz de desentrañar la velocidad y profundidad de cambios estructurales que tienen su impacto en todas las esferas de la conducta humana. No comprenden a los jóvenes porque no comprenden el mundo que vivimos.
Los jóvenes no son “inimputables” sociales ni un lastre costoso para el conjunto de la Nación. Creo firmemente que lo mejor de la ciencia, del arte, de la política, del deporte y del pensamiento se encuentra en los jóvenes. Son muchos, algunos conocidos pero la mayoría anónimos. Son tributarios de una historia que entronca con tantísimos ejemplos. Evita tenía 33 años cuando murió, para entrar en la memoria de un Pueblo que la recordará por siempre. Maradona tenía 26 años cuando dibujó aquellos dos goles inolvidables a los ingleses para luego alzar la Copa del Mundo y convertirse en leyenda mundial. Charly García tenía 17 años cuando armó Sui Géneris. Borges escribió Fervor de Buenos Aires con 23 años. Fito tenía 21 cuando editó Del 63. Y los soldados de Malvinas, los héroes de Malvinas, tenían 18 años cuando fueron a ofrendar su vida en la defensa de nuestra soberanía.
Los jóvenes de hoy manifiestan con su pretendida indiferencia un disgusto estructural con la ausencia de un proyecto existencial que los convoque y movilice, que los interpele y los haga protagonistas. Ellos necesitan ser tratados como lo que son: seres llenos de vitalidad, genio, voluntad y capacidad de imaginar nuevos mundos. La política tiene la responsabilidad de desatar la potencialidad de esa franja etárea llamada juventud que anida en su seno las respuestas a los dilemas que nos atenazan. Hay una responsabilidad de construir puentes entre la memoria de nuestra historia reciente –sin beneficio de inventario, con sus claroscuros- y las nuevas generaciones portadoras de una energía transformadora que la política tradicional ha perdido en el camino.
El mundo está atravesando una segunda oleada del COVID que aún no se ha verificado en nuestro país. Pero los datos nos indican que esa situación puede darse en cualquier momento. Por eso es necesario mantener las pautas de cuidado, el distanciamiento, el uso de barbijo y las prácticas de higiene cotidianas. No necesitamos escandalizarnos con los jóvenes que participan de fiestas y aglomeraciones. La mojigatería es autorreferencial, se regodea en señalar la falta ajena sin aportar solución alguna. Los jóvenes necesitan ser convocados con un discurso que los haga partícipes en esta tarea de cuidar la salud y la vida de nuestra comunidad. Tenemos un destino que debe ser forjado entre todos. No se trata de que unos hagan y otros obedezcan. Necesitamos que todos sean co-gestores de una práctica social de cuidado recíprocos. Y los jóvenes deben ser actores centrales de esta nueva etapa de abordaje del desafío llamado COVID. No falta mucho. Estamos próximos a la vacunación más masiva de la que tengamos memoria. Necesitamos no desbordarnos los últimos meses, con la juventud en un rol de responsabilidad y protagonismo.
Yo no creo que los jóvenes necesiten ser tutelados por nadie. Ellos mismos deben asumir sus propias responsabilidades en la construcción del destino de grandeza aún inconcluso de nuestra Nación. La emancipación material y espiritual de la Nación está aún pendiente. Tal vez haya llegado la hora de saldar el abismo conceptual y vivencial entre el país que agoniza y el país que no termina de nacer. Tal vez haya llegado la hora de la audacia y del coraje, dando paso a nuevas ideas, a nuevas generaciones, a nuevas formas de abordaje de los grandes dilemas aún irresueltos de nuestro ser nacional. Perecer en el barro de los errores de siempre o intentar nuevos caminos. Esa es la cuestión.
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