La libertad y la justicia no pueden defenderse desde el totalitarismo

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Alberto Manguel fue la gran adquisición del gobierno de Mauricio Macri, según afirmaba el periodismo cultural y especializado de aquellos años. El bibliotecario, que había pasado buena parte de su vida disfrutando los paisajes tropicales de Tahití, en la Polinesia francesa, fue la estrella fulgurante de un gobierno que generaba enormes expectativas en un sector de la intelectualidad moderna, marginada por el kirchnerismo y sus modales. Con Manguel llegaba la hora del profesionalismo aséptico, la microfilmación, la digitalización, los scanners, el orden en los anaqueles y catálogos, la precisión de los ficheros; también el tiempo de una intelectualidad educada y bien pensante que al hacerse cargo de la Biblioteca más importante de la Argentina alejaba de su monumental edificio los fantasmas de la revolución imaginaria. Pablo Avelluto, ministro de Cultura del macrismo, afirmó al momento del nombramiento de Manguel: “Uno de los intelectuales argentinos con mayor reconocimiento en el exterior.” ¡Ese era todo su currículum!

Para el macrismo bastaba. Si lo conocen en el exterior, entonces debe ser bueno.

Cierto fue que su anterior director, Horacio González, había hecho de la creación de Mariano Moreno una rara unidad básica sesgada a un neo marxismo cultural de élite, tan alejado del peronismo como del pensamiento clásico argentino. En sus fríos salones y como espectros de un pasado inexorable se reunía, de vez en vez, un nutrido grupo de intelectuales para compartir principios y valores añejos y finalmente producir cartas inentendibles, redactadas en estilo complejo, saturadas de neologismos propios de las modernas ciencias sociales. Alguien debería haberles dicho lo que un economista de reconocida actuación en la Argentina le dijera a su ayudante, hoy economista también: “Usted debería escribir sencillo y directo como lo hacía el General Paz. Lea sus Memorias”.

Pero volviendo a Manguel, era tan alta su vara intelectual que al parecer se enojó con Avelluto porque en la Feria del Libro de Bogotá la Argentina presentó un stand que reproducía un estadio de fútbol con la consigna “la literatura argentina sale a la cancha”. El director de la Biblioteca Nacional, Alberto Manguel, pidió disculpas a los colombianos por “el vergonzoso escenario de un estadio de fútbol montado en una fiesta del libro”. “Celebramos seguramente esos notables futbolistas Borges, Bioy Casares, Alejandra Pizarnik, Cortázar, desde el Martín Fierro en adelante… pero les pido de nuevo disculpas por ese gesto tan absurdo de populismo”, expresó.

La intelectualidad macrista se quejó con razón de la Feria del Libro de Frankfurt cuando el kirchnerismo festejó a Maradona, Gardel y al Che, pero ahora en Bogotá reproducían un estadio de fútbol. Entonces lo inesperado: el ministro argentino, de hablar pausado y elegante, se calzó los botines y dejó inaugurado el espacio de un pelotazo. El director de la Biblioteca Nacional no se la dejó pasar y alzó su voz, de renombre internacional, para criticarlo por chabacano y populista. El intelectual argentino no podía soportar una guasada semejante.

Ahora Manguel revela cuál es su orientación intelectual y el porqué de su rechazo al populismo. La verdad es que con los dos no hicimos uno.

En La Nación del 5 de junio del 2020 el ex director de la Biblioteca Nacional firmó un artículo titulado “¿Dónde están los intelectuales?”. Su pregunta se orienta a criticar a los pensadores que en estos tiempos callan frente a la las atrocidades que se cometen en el mundo moderno. Y pone como ejemplo de intelectual contestatario que tuvo el coraje de hablar cuando había que hablar del montonero Rodolfo Walsh. Citando especialmente la carta abierta a la Junta Militar donde denunciaba la actuación del Ejército en la lucha contra la subversión, haciendo pie en el final de la misiva cuando afirmaba ser “fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en los momentos difíciles”.

Esto ha sido el mundo cultural del macrismo, progresismo de reconocimiento exterior. Quizás Manguel nunca debió apartarse de su profesión original: ser un gran lector; como cuando en la década del 60 lo hacía con un Borges ciego, urgido de un Lazarillo.

¿Tiene idea Manguel de quién ha sido Walsh, su admirado intelectual denunciador? Fue un totalitario y un fanático. Nacionalista militante de la Revolución Libertadora, luego denunciante de los fusilamientos de la Revolución que apoyó, sin reparar jamás que Perón desde el exilio criticó a los militares que se alzaron en armas contra Aramburu.

Marchó, luego, a Cuba y ahí aprendió el arte de la “denuncia”, esto es el foquismo, la guerrilla y la revolución elitista. En esos días de compromiso con la historia hizo uso y abuso de las putas que la Isla de la igualdad permitía a sus amigos, rehusando pagarles lo que ellas exigían. Todo un ejemplo de compromiso social revolucionario. Fue un importante terrorista de inteligencia dentro de los Montoneros, por lo tanto responsable del reguero de sangre y odio que dejaron en nuestra sociedad.

Lo disparatado de este asunto es cómo el progresismo de la violencia intelectual ha permeado en todos los partidos políticos cautivando las almas bautismales de un sector muy amplio de los pensadores argentinos. Más que nunca se hace imperioso la consolidación de una intelectualidad nacional, que sea capaz de denunciar lo que corresponde y que no se deslumbre por “el reconocimiento exterior”, pero que sea experta en discernir entre el bien y el mal, entre lo sagrado y lo demoníaco.

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