
Durante décadas, discutimos el desarrollo argentino mirando siempre hacia el mismo lugar: hacia el pasado, en vez de al presente y el futuro. Hacia el campo, la energía, los recursos naturales. Hacia los otros, como si fueran los únicos responsables, en vez de parte de un nosotros que co-creamos el país que tenemos.
En los últimos años, Vaca Muerta pasó a ser el nuevo símbolo del potencial argentino. Y no es casual: se trata de uno de los reservorios de hidrocarburos no convencionales más importantes del mundo.
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Ahora bien, vale la pena hacernos una pregunta incómoda: si los recursos fueran suficientes, ¿por qué todavía no logramos convertirnos en un país desarrollado?
El problema no está en lo que tenemos. Está en lo que hacemos con eso.
Hoy sabemos que el desarrollo de Vaca Muerta ya explica alrededor del 5% del PBI argentino y genera decenas de miles de empleos directos e indirectos. Es un activo estratégico, sin dudas. Pero también es cierto que, aun con ese nivel de impacto, no alcanza para transformar estructuralmente la economía del país.
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Y la economía es solo una parte, y también consecuencia, de una realidad sociológica y de estrategia de país que debemos atender integralmente.
De hecho, si ampliamos la mirada, vemos que Argentina arrastra otra señal que ayuda a entender otro problema de fondo: el nivel de inversión. En los últimos años, la inversión se ha mantenido en torno al 15% del PBI, muy por debajo de los niveles necesarios para sostener un proceso de crecimiento robusto y de largo plazo.
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Y es que para invertir, ya sea a nivel país o a nivel empresa, debemos contar con un proyecto estratégico y una visión a largo plazo que nos alinee y nos convoque, en la que creamos y confiemos para tomar la decisión de inversión, sabiendo que el retorno deseado va a ser en el tiempo, siempre que mantengamos un norte claro.
Falta entender que el verdadero activo no es el recurso, sino el sistema humano que lo rodea, y que es el que genera credibilidad y tracción. Es el conjunto de la ciudadanía y sus instituciones alineadas para facilitar el desarrollo del colectivo social, donde las empresas y emprendedores son los que crean el trabajo y la riqueza, a partir de los recursos y el talento, las reglas claras y el compromiso de aportar al rumbo definido para el país.
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Porque el desarrollo no depende solo de lo que tenemos, sino de cómo nos organizamos, cómo tomamos decisiones y cómo construimos condiciones para sostener procesos en el tiempo. Y en ese punto aparece una palabra que muchas veces subestimamos: confianza.
Necesitamos confianza para invertir, para planificar, para asociarnos, para asumir riesgos. Necesitamos confiar en que las reglas se cumplen.
Tenemos talento, creatividad, capacidad de adaptación, pero al mismo tiempo operamos en un entorno donde la desconfianza es alta y la mirada es corta, y eso condiciona cada decisión. Más del 70% de los argentinos declara desconfiar de las instituciones públicas, un dato que impacta directamente en la inversión, el consumo y la posibilidad de proyectar a futuro.
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Ahora bien, cuando hablamos de confianza, muchas veces lo hacemos en términos abstractos. Pero en realidad estamos hablando de algo mucho más concreto: de nuestra capacidad de coordinar acciones, de resultar creíbles y de asumir y cumplir nuestros compromisos y responsabilidad en forma incondicional.
Desde una mirada de liderazgo y management, ningún sistema crece si sus partes no logran organizarse y cooperar de manera eficiente. Y cooperar no es pensar todos igual ni eliminar el conflicto. Cooperar es algo más exigente: es alinear intereses distintos detrás de objetivos comunes, con procesos claros y confiables.
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Una cooperación que no es ingenua ni ideológica, sino estratégica. Que entiende que en entornos complejos —como el actual— ningún actor puede desarrollarse en soledad. Ni el Estado, ni el sector privado, ni la sociedad civil.
Los países que logran crecer sostenidamente no son los que eliminan tensiones, sino los que construyen mecanismos para procesarlas sin romper el sistema. Donde las reglas se respetan, los acuerdos se sostienen y las diferencias no impiden avanzar. La diversidad de opiniones y de perfiles enriquece, si la sabemos gestionar bien, como lo hace cualquier espacio de gobierno corporativo, que tiene en consideración a todos sus grupos de interés para lograr el crecimiento y la sustentabilidad viable de su sociedad jurídica. En ese sentido, el desafío argentino, como hemos dicho, no es solo económico, ni mucho menos. Es, sobre todo, organizacional.
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Es pasar de una lógica de confrontación permanente a una lógica de articulación. Porque cuando no hay cooperación, el sistema se fragmenta y pierde escala, eficiencia y capacidad de competir. Podemos tener petróleo, gas, litio o alimentos. Pero si no construimos un marco de previsibilidad, cooperación y responsabilidad compartida, esos recursos no se convierten en desarrollo.
El verdadero activo argentino no está bajo la tierra. Está en las personas y en su capacidad para evolucionar y aportar al desarrollo de su entorno y al bien común.
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Si logramos eso, no solo vamos a poder aprovechar mejor nuestros recursos. Vamos a poder construir algo mucho más importante: un país donde el desarrollo deje de ser una promesa y se convierta en una realidad sostenida.
Porque al final, el desarrollo no es un descubrimiento geológico. Es una decisión colectiva. Y el desarrollo de un país empieza por el desarrollo de quienes lo conformamos. Argentina te necesita. Argentina NOS necesita.
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