
Este año, Fundación Más Humanidad, cumple 15 años de trabajo. Un trabajo feliz y agotador al mismo tiempo: años de esfuerzo, de incertidumbre, de entrega, pero sobre todo de esperanza.
Mirar hacia atrás y contemplar el camino recorrido, nos muestra una realidad lejana a cualquier utopía, o a cualquier optimismo ingenuo. Es una esperanza real y concreta, sostenida por las vidas de quienes pasaron por la fundación y encontraron allí una transformación.
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Voluntarios, profesionales, madres de niños desnutridos: todos, de alguna manera, hemos cambiado nuestra mirada sobre la vida y sobre ese otro, que siempre nos interpela.
Empezamos dando un salto al vacío, y quizá seguimos haciendo exactamente eso.
Porque toda verdadera obra humana exige riesgo, confianza y una cierta audacia para avanzar, aun sin garantías.
Personalmente, estoy convencida de que no existe esperanza sin confianza en los demás. El valor del equipo es inmenso, infinito. Un equipo no es solamente un grupo de personas trabajando juntas; es una comunidad sostenida por una convicción compartida.
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La vida, sin motivación, sin ideales y sin sueños, termina volviéndose gris y monótona. Una vida sin contrastes, sin luces y sombras, sin horizontes altos y trascendentes, no es una vida plenamente humana.
Nuestra propuesta siempre fue una propuesta máxima: aspirar a más, incluso sabiendo nuestras limitaciones. Y son justamente esas limitaciones las que nos mueven a confiar en la libertad de cada persona y entregarnos en manos de Dios.
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También es importante comprender que la autoexigencia y la entrega suelen implicar sufrimiento.
Pero gran parte del crecimiento de la humanidad, nació justamente de hombres y mujeres capaces de soportar ese esfuerzo interior, para ofrecer algo distinto al mundo.
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Personas que, sin miedo al rechazo o a la crítica—o haciéndolo, a pesar del miedo, al rechazo, a la crítica o al aparente fracaso público—, se animaron a ir contracorriente y a sostener la verdad aun cuando resultaba incómoda.
Hoy vivimos tiempos en los que muchas veces se intenta reducir el valor humano a intereses superficiales, ideologías vacías o formas de poder y éxito solo aparentes, y alejados del bien común.
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Frente a eso, creemos profundamente que cada ser humano posee una dignidad única e irrepetible. Y que el verdadero sentido de la vida aparece en el encuentro con el otro: en el acto gratuito, de darse, de amar y de entregarse desinteresadamente.
Quizá allí exista también una dimensión estética del sufrimiento humano. Porque hay una belleza profunda en quienes ofrecen su vida por los demás; en quienes perseveran aun en medio del cansancio, del desaliento; en quienes transforman el dolor en servicio, y la fragilidad en esperanza y encuentro.
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Esa es, tal vez, la herencia o la huella más valiosa que podemos dejar.
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