
Las crisis en general evidencian los valores y características que identifican a las personas, pero también a las organizaciones en general, incluido el Estado. Muchas crisis anteriores han puesto de manifiesto valores excepcionales de personas y organizaciones sociales, pero sobre todo de profesionales de la salud. En esta pandemia, éstos últimos se llevan el premio mayor.
Mientras el Estado prioriza la vida ante la economía, la sociedad se divide en fracciones diversas. En tiempos de crisis lo que parecía unirnos al principio hoy no parece tanto, res non verba reza una antigua y real frase en latín.
En el mundo del trabajo, lo que debería ser fundamental e inexcusable hoy está en el “debe”, y es la solidaridad entre trabajadores y empleadores. La única manera de hacer frente a esta pandemia y salir lo menos heridos posibles es con el esfuerzo conjunto y solidario entre trabajadores y empleadores, y claro, también las organizaciones gremiales y sociales que nuclean nuestro ámbito laboral. Nuestro mundo laboral, a pesar de los numerosos y tangibles intentos por sostener el mercado, puestos de trabajo, salarios y relaciones laborables empieza a fallar, otra vez más. Aún peor, no denota inmensidad en la intención de esforzarse hacia un bien común, ni tampoco compromiso y empatía. Calidad no cantidad dicen los sabios, aunque combinadas resulta el ideal.
El COVID-19 ha puesto en jaque al mundo entero y nuestro país no es la excepción. No sólo es la salud y la seguridad la que está en riesgo, sino también la economía y obviamente el mundo laboral. El apremio con el cual nos enfrenta la pandemia ha generado una formidable presión al mundo laboral, especialmente sobre las personas y por consecuencia a las empresas que emplean millones de trabajadores. Este escenario crítico requiere de mucho diálogo y colaboración entre los interlocutores de nuestro mundo laboral para poder aguantar el impacto social económico y transformar el contexto actual.
La idea de un diálogo social bipartito o tripartito es indispensable, ni hablar de pensar en iniciativas comunes para sobrellevar esta compleja e inesperada situación. Las medidas a tomar son múltiples y lejos tienen que ver con reducir costos y recortar salarios, ni tampoco con iniciar litigios y ensombrecer la gestión empresarial. La oportunidad de presentar iniciativas conjuntas está al alcance de los interlocutores y las medidas a adoptar pueden cambiar el rumbo del mundo laboral.
Los empresarios son los primeros que deben utilizar su creatividad para demorar el recorte salarial y sostener de manera ética y eficaz este fatídico momento. Será fácil culpar al COVID-19 por los malos resultados y la ineficiencia en 40 días de inactividad laboral. Una buena gestión será la que mejor atraviese y supere la crisis actual. Los propios dueños serán los que tengan que intervenir y marcar el rumbo para generar resultados “comunes” en un momento extraordinario, o bien, ceder un poco más allá de su límite para aliviar y colaborar con las cargas en sus propios trabajadores. El desafío empresarial está no sólo en el momento actual sino también en lo que continuará post-cuarentena. Lo que decidan y ejecuten durante estos días de inactividad será reflejo de lo que obtendrán cuando se reanude la actividad.
Por otra parte, las organizaciones sindicales cuentan con dirigentes de vasta experiencia y capacitados para enfrentar este difícil momento. Muchos de ellos incluso son actores claves a nivel mundial. La creatividad de sus acciones será vital para que sus afiliados sufran lo menos posible el impacto económico que esta pandemia puede traer. La defensa no sólo de sus derechos sino también de sus facultades laborales y de ciudadano será un duro pero posible camino que protagonizarán sus mejores actores. La presión podrá ejercerse incluso en conjunto, con el fin de modificar cuestiones de seguridad social, cambios legislativos que conlleven la adquisición de beneficios o derechos que permitan la supervivencia actual y potencien a futuro la paz y estabilidad en el mundo del trabajo.
Sin dudas que las organizaciones sociales tiene un papel preponderante en contextos como el que vivimos. Han dado muestras de sobra de la capacidad de asistencia caritativa y humanitaria que tienen a lo largo de los años. Su espíritu organizacional tiene que ver precisamente con brindarse al máximo en momentos tan críticos para las personas. Lejos deberán quedar las excusas de falta de recursos y de poca participación de donantes a la hora de hacerse fuerte y tomar protagonismo en esta pandemia.
Por último, la tecnología será parte fundamental para todos los interlocutores, siempre con la responsabilidad de utilizarla para el bien común y con el fin de lograr sinergia puertas adentro y afuera.
Los asesores serán actores principales que deberán comprender el contexto y persuadir a quienes orienten para lograr el resultado posible, y entender que las medidas y acciones que se tomen durante esta pandemia, serán reflejo de lo que cosechen en el futuro mediato y remoto de sus organizaciones.
El Estado deberá facilitar a los interlocutores del mundo laboral los recursos necesarios (jurídicos, legislativos y logísticos) para que los resultados y la paz social sean más accesibles de alcanzar. Las propuestas formuladas por los interlocutores en conjunto deberán ser analizadas y acompañadas con hechos, no sólo con palabras.
El papel que cada actor desempeñe en estas circunstancias marcará un camino y un rumbo para la vida de los demás, y bien será reconocido cuando esto quede atrás.
Es una gran oportunidad para coordinar y cooperar entre todos los actores mencionados, las medidas que se adopten en conjunto serán la base de la reconstrucción a futuro. La mayor cooperación entre ellos traerán los mejores resultados y menor será el impacto que esta pandemia pueda traer.
El éxito o fracaso dependerá de todos los que somos parte del mundo del trabajo.
El autor es abogado, especialista en RRLL y gremiales y asesor estratégico en RRHH
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