Estado y empresas: del antagonismo a la cooperación

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Una bandera argentina flamea sobre la Casa Rosada en Buenos Aires, Argentina (REUTERS/Carlos Garcia Rawlins)
Una bandera argentina flamea sobre la Casa Rosada en Buenos Aires, Argentina (REUTERS/Carlos Garcia Rawlins)

En uno de estos días de aislamiento social revisaba papeles viejos de mi abuelo y me topé con una carta de hace más de 40 años dirigida a una empresa estadounidense que producía prensas de estampar. El objetivo de la carta era lograr una alianza para hacer esas máquinas gigantes en el país. En los tempranos años ’70, pocos países en el mundo podían aspirar a fabricar algo así, casi un privilegio de los países desarrollados. Mi abuelo tenía esas aspiraciones, que aquel país en vías de desarrollo todavía le permitía tener.

Pero luego encontré otra carta en la que le contaba a un amigo que creía que no iba a poder cerrar el acuerdo por las trabas burocráticas de nuestro país. Cerraba la catarsis a su amigo diciendo que, entre tantas idas y vueltas, los estadounidenses amenazaban con cerrar el acuerdo con una empresa brasilera. Unas décadas más tarde, las sucesivas crisis macroeconómicas forzarían una restructuración profunda con pérdida de empleos en muchas empresas como la nuestra y tuvimos que desistir en la fabricación de esos bienes de capital.

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Las causas de los éxitos y los fracasos siempre son múltiples. Pero hay una que me llama la atención especialmente: en Argentina el sector privado y el sector público a veces parecen antagonistas en lugar de aliados. A cada lado del mostrador se encuentran motivos para desconfiar. A uno se le cuestiona no poder cumplir con su misión elemental: brindar bienes y servicios públicos de calidad. El otro carga con el estigma de acumular fuera del país y –algunos– con no poder competir con el exterior.

De ambos lados hay sesgos. Argentina, cierto, tiene muchas deficiencias de bienes públicos, pero también una de las mejores coberturas sociales de nuestra región, que nos coloca en el podio del desarrollo humano latinoamericano. Del lado empresario, los casos de éxito a pesar de los recurrentes vendavales macroeconómicos muestran que no escasea la capacidad, que son muchos los que desde Argentina logran exportar al mundo y que podemos estar en la vanguardia tecnológica.

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La pandemia que nos toca transitar ha puesto de relieve, una vez más, las bondades de tener un Estado presente y capaz, que atiende y coordine la crisis sanitaria al tiempo que vela por la supervivencia de empresas y empleos, necesarios para el sustento de la población y para recuperarnos cuando pase la emergencia. Y ha puesto de relieve también que nuestro país tiene una capacidad productiva, científica y tecnológica que tiene que ser potenciada aún más en virtud del mundo que viene.

En ese marco, la crisis que estamos atravesando puede ser una oportunidad para volver a pensar qué tipo de vínculo queremos promover entre el sector público y el sector privado.

Esa cooperación, que vemos hoy indispensable para atravesar la tormenta, va a ser aún más fundamental cuando la pandemia ceda y lleguemos a una nueva normalidad (sea cual fuere). Podemos imaginar que habrá oportunidades de negocios nuevas en sectores específicos, cadenas de valor que se reconfigurarán de globales a locales o regionales, necesidades tecnológicas nuevas a desarrollar. Y al mismo tiempo enfrentaremos un contexto recesivo, más competitivo y menos armonioso.

Para la Argentina (y para el mundo), el nuevo contexto va a requerir prácticas en las que prevalezca la cooperación sobre el antagonismo, la búsqueda del beneficio mutuo sobre el juego de suma cero. Una institución cooperativa nos permitiría, además, pensar soluciones a nuestros dilemas estructurales históricos: cómo insertarnos en la región y el mundo, cómo resolver la restricción externa, cómo educar para el siglo XXI, qué estructura tributaria necesitamos para desarrollarnos. En esos temas y en otros precisamos definiciones que excedan los marcos temporales de un gobierno, que sean pensadas como políticas de estado en marcos institucionales nuevos e innovadores. ¿Será en nuestro caso, el Consejo Económico y Social anunciado en la apertura de sesiones ordinarias de este año un paso en este camino? Su conformación y puesta en marcha sería deseable para buscar una salida institucional cooperativa, público-privada, a esta crisis y también un principio de superación al péndulo eterno de nuestras políticas.

No encontré documentos que me indicaran el final preciso de la historia de mi abuelo con aquellos empresarios estadounidenses, pero sé que a fuerza de obstinación y optimismo finalmente logró traer esa ingeniería de punta que estaba necesitando y exportó bienes de capital a Venezuela, Brasil y Uruguay. La hazaña duró poco, apenas hasta inicios de los ’90. Demasiado poco en términos industriales, mucho menos en términos históricos.

A esta altura es estéril para la dirigencia discutir quién causó los últimos 40, 70 o 100 años de deterioro nacional, pues frente a la crisis y la reconfiguración global que deberemos enfrentar, la responsabilidad de cambiar del antagonismo a la cooperación es aquí y ahora y es de todos.

La autora es empresaria industrial e integrante del Comité Ejecutivo de la UIA.

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