
Al referirse a las probables próximas flexibilizaciones a la cuarentena, el Presidente mencionó el ejercicio al aire libre con especial referencia a las personas que corren, trotan o caminan. Permitir y a la vez limitar este tipo de actividades será sin dudas una decisión compleja -entre las tantas que se vienen tomando- para la cual se deberá una vez más combinar la rigurosidad de la evidencia científica con aspectos operativos para nada sencillos.
Si llegara esta flexibilización, antes o después del pico epidémico, será necesario definir cómo distanciarnos o protegernos. Ya se han comenzado a verter en los medios opiniones al respecto. Un experto infectólogo comentó que el riesgo de contagio en el deporte existirá “sólo si alguien tose o habla a menos de un metro y medio de distancia o si durante el circuito de entrenamiento se toca una superficie y se llevan las manos a la cara”. Disiento con esta aseveración; como infectólogos debemos aportar información basada en la evidencia. Intentaré hacerlo, y también compartir mi modesta experiencia como maratonista.
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Al estornudar, toser y exhalar, el deportista está emitiendo esas pequeñas gotas que, como ya sabemos, son las que pueden transmitir algún virus que podrá infectar a otra persona que las inhale o las toque y luego se lleve las manos a la cara. Pero, ¿seguirá siendo de 1,5 metros la distancia adecuada para prevenir el contagio en la práctica de estos deportes?
El profesor Bert Blocken, ingeniero civil de la Universidad Tecnológica de Eindhoven en Holanda y de la Universidad Ku Leven en Bélgica, en un reciente estudio de próxima publicación, halló que la distancia de 1,5 metros es insuficiente en el caso del trote, la carrera, la caminata rápida u otros deportes en los cuales la persona se está desplazando a cierta velocidad. Existen factores aerodinámicos que modifican la distancia que pueden recorrer estas gotas cuando las personas están en movimiento (“splitstream”). El estudio informa que la distancia de prevención en una persona que se está desplazando a 4 km/h es de 5 metros y se incrementa en función de la velocidad. Por ejemplo, pasará a ser de 10 metros si la persona está corriendo a 14 km/h.
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En su estudio, Blocken y colaboradores generaron simulaciones aerodinámicas con herramientas validadas desde hace muchos años en “túneles de viento” con movimientos de gotas, evaporación y flujos de aire. Hallaron que las gotas que emite un corredor viajan de manera lineal hacia quien corre detrás suyo; por lo tanto, la exposición no solo disminuye a medida que la distancia entre los corredores es mayor, sino también si evitan correr en línea recta.
Muy criteriosamente los autores aclaran que existen una serie de limitaciones que darán lugar a nuevos trabajos y que estos datos científicos no representan estudios de infectividad, es decir no demuestran tasas de infección, ya que no se trata de estudios clínicos. Sin embargo, en esta etapa de prueba-error que desafortunadamente recorre la ciencia en esta pandemia, los hallazgos del profesor Blocken deberían ser considerados.
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Quiero además comentar mi interpretación de este escenario basándome en mi experiencia como maratonista no profesional, con la satisfacción de varias carreras dignamente completadas (Buenos Aires, Nueva York, Chicago) merced al esfuerzo personal y a la invalorable guía de un excelente entrenador como es el profesor Alberto Pooli.

Cuando los corredores entrenamos en las denominadas “pasadas” (distancias a velocidades sub-máximas) exhalamos intensamente, a veces casi mucho más de lo que naturalmente podemos. Cuando corremos distancias largas (“fondos”) también salivamos y tosemos, a veces bruscamente. Inclusive, por el mismo efecto “túnel de viento” que antes comentamos, al correr percibimos los olores emanados por quien va delante nuestro. Es innegable la posibilidad de transmisión viral y contagio en este contexto.
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Los beneficios de la actividad física controlada y supervisada son indiscutidos. Permitir el ejercicio al aire libre será sin dudas una de las flexibilizaciones a la cuarentena que aportará grandes beneficios físicos y mentales a la población. Es por ello que es fundamental tener en cuenta la evidencia científica en relación a la probabilidad de contagio en la actividad deportiva, y recomendar para este caso distancias más amplias a las utilizadas en el distanciamiento social entre personas quietas. Sería importante convocar a expertos en actividad física para que ellos nos ayuden a construir rápidamente prácticas seguras que puedan ser útiles en la actual pandemia y cuando esta haya finalizado.
Cuando llegue el momento de volver a ejercitar, a quienes disfrutamos estos deportes nos corresponderá recordar y cumplir estas recomendaciones con ética deportiva y responsabilidad social.
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El autor es médico infectólogo, vicepresidente de la Sociedad Latinoamericana Infectología Pediátrica, y coordinador de Relaciones Institucionales del Hospital Garrahan
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