
Las personas trans, lesbianas, gays, bisexuales, queers, pansexuales, no binaries, hemos existido siempre. Y tenemos una historia de orgullo y lucha contra la violencia y la discriminación.
Sobre la base de prejuicios, fuimos y continuamos siendo acusados de pecadores por las cúpulas de las principales religiones monoteístas, marcados como anormales y peligrosos por las fuerzas de seguridad y los poderes judiciales, estigmatizados como enfermos por la psiquiatría sobre la base de principios pseudocientíficos. Con demasiada frecuencia se olvida que las personas LGBTI+ fuimos víctimas de la experiencia que marcó la necesidad de una declaración universal de derechos humanos en 1948. Entre personas judías, gitanas y pertenecientes a otros grupos, fuimos encerrados y torturados en los campos de exterminio nazi y objeto de sus experimentos de "purificación" eugenésica y racial. Pero también fuimos objeto de torturas y asesinatos de otras experiencias totalitarias del siglo XX.
A lo largo de la historia pudimos desafiar a los poderes instituidos que nos oprimían y buscar refugio en las comunidades, las artes, las profesiones y las ciudades donde pudiéramos expresarnos, encontrarnos, seguir nuestros sueños y deseos con libertad. Pero estos intentos eran esporádicos y tímidamente visibles hasta el día en que cambió todo: el 28 de junio de 1969 un grupo de lesbianas, gays y trans resistió una razzia policial en el bar Stonewall Inn, en la ciudad de Nueva York.
No se trató de un acto anecdótico de rebeldía: esta vez el desafío a la autoridad dejó un saldo organizativo perdurable. Nucleados en el Gay Liberation Front, las personas LGBTI+ nos organizamos contra la violencia policial en las calles, de manera visible, bajo riesgo de ser encarceladas, expulsadas de nuestros hogares, repudiadas por nuestras comunidades, despedidas de nuestros trabajos, condenadas socialmente, encerradas en psiquiátricos.
Un año después de la revuelta, se realizó una marcha reivindicativa que convocó a un millar de personas: se llamaba Christopher Street Liberation Day. Años después pasó a denominarse lo que hoy conocemos mundialmente como el Día del Orgullo. El orgullo no es más que la reivindicación de nuestra dignidad en igualdad y derechos o, como afirmó el activista Carlos Jáuregui, una respuesta política frente a la homofobia del sistema. Stonewall fue posible en un contexto de una nueva ola feminista, de desafío juvenil al autoritarismo, de movimientos anticolonialistas y antifascistas, antipsiquiátricos, del hipismo y el amor libre: tiempos también del Mayo francés y del Cordobazo.
Si bien los organismos internacionales y regionales de protección de derechos reconocen y protegen el acceso a los derechos de las personas LGBTI+, y a pesar de que muchos Estados sancionaron leyes que reconocen y protegen la orientación sexual y la identidad de género, la violencia sigue presente en todas las regiones del mundo.
Según el último informe "Homofobia de Estado" de la Asociación Internacional de Gays y Lesbianas (ILGA), los actos sexuales entre personas del mismo sexo están penalizados en 71 países, de los cuales 11 los condenan con la muerte. Numerosos países prohíben o restringen la libertad de expresión en temas de diversidad sexual —entre los latinoamericanos, Paraguay ostenta el vergonzoso título de ser el único país en hacerlo— e impiden el reconocimiento legal a las organizaciones políticas y sociales LGBTIQ+, restringiendo el derecho a la libre asociación —notoriamente China y Rusia.
En nuestro país contamos con legislación valiosa (ley de matrimonio igualitario, ley de identidad de género), pero las personas LGBTI+ no figuramos explícitamente como grupos protegidos por la ley antidiscriminatoria. Las personas trans son privadas de los derechos más elementales, perseguidas por las fuerzas de seguridad, y muchas veces asesinadas sin que sus muertes sean investigadas y reconocidas como travesticidios.
Vivimos, además, una oleada mundial de presidentes y políticos que toleran y promueven el odio hacia las personas LGBTI+. Pero al mismo tiempo estamos más fuertes, organizados y visibles que nunca.
Sobrevivimos a todas las fantasías de exterminio, a la misoginia, a la estigmatización, al abandono estatal frente a la epidemia del VIH-Sida. Hoy, los colores del arcoíris visten los cincos continentes y se han convertido en símbolo de la libertad, del amor, y también, junto al feminismo, en la promesa planetaria de otro mundo: más justo, más libre, más plural.
El autor es miembro de 100% Diversidad y Derechos.
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