En los últimos días, la filosofía del Derecho ha salido en los diarios, aunque no por los fallos de los tribunales, sino debido a que cientos de estudiantes de Oxford formularon una petición a la universidad para que le impidiera dar clases a John Finnis, profesor emérito de Filosofía del Derecho en dicha institución.

La acusación es que Finnis había cometido actos de discriminación contra "varios grupos de personas desaventajadas", entre las que se destacan las personas homosexuales. Se trata de una verdadera noticia, ya que John Finnis es un coloso de la filosofía del Derecho.

Por si hiciera falta recordarlo, Finnis es el autor, entre muchas otras obras de innegable calidad académica, de Ley Natural y Derechos Naturales, el libro que revolucionó la manera de entender el iusnaturalismo clásico mediante lo que algunos denominan "tomismo analítico". Además, los méritos académicos de Finnis son tales que en 1989 la Universidad de Oxford creó literalmente una cátedra ad hominem, es decir, una cátedra para él, algo sumamente inusual y sobre todo tratándose de un pensador iusnaturalista católico en Inglaterra. Hace tiempo que Finnis está jubilado en Oxford (aunque sigue trabajando en la Universidad de Notre Dame), pero sigue participando de los seminarios oxonienses de posgrado internacionalmente famosos de filosofía del derecho, gracias a la invitación de sus colegas en la Facultad de Derecho. Quizás en nuestro medio sea útil agregar que Finnis fue el director de tesis doctoral del recordado y querido Carlos Nino.

El "tomismo analítico" de Finnis es ciertamente analítico, ya que se caracteriza por su precisión y sofisticación filosóficas, a la vez que por su claridad conceptual. Pero tal como lo indica la expresión, no por ello deja de ser tomista. No es entonces sorprendente que para Finnis la homosexualidad sea inmoral, del mismo modo que lo es, por ejemplo, el sexo fuera del matrimonio, para no decir nada sobre el aborto. Tampoco debe sorprender que para quienes no son tomistas la posición de Finnis sobre la sexualidad sea repugnante. La cuestión es si las opiniones que consideramos repugnantes no están protegidas por la libertad académica que se supone impera en una universidad plural como lo es Oxford, sobre todo en el caso de un intelectual de la talla de Finnis.

Da la impresión de que pedir la expulsión de Finnis por su posición sobre la orientación sexual equivale a acallar su voz porque es tomista. Ciertamente, en el ámbito secular el tomismo no es muy popular que digamos. Pensemos entonces qué sucedería si los estudiantes firmaran otra petición, pero esta vez para pedir la expulsión de un profesor por sus ideas, v.g., marxistas, a pesar de que dichas ideas —que tal vez nos parezcan repugnantes— hayan sido explicadas y defendidas tan académicamente como lo han sido siempre las ideas de Finnis. En realidad, quizás no falten los que deseen expulsar al marxismo de las universidades, o incluso al liberalismo, pero ese es precisamente el punto. Se supone que es en la universidad donde se deben discutir las ideas y que ese es el propósito de la libertad académica.

Dicho sea de paso, los seminarios en los que participa Finnis no son obligatorios y además siempre son dirigidos por varias personas, lo cual asegura el debate precisamente. Por otro lado, la petición que exige que Finnis no participe de los seminarios en filosofía del derecho se basa exclusivamente en su obra publicada, para ser más precisos, un artículo académico sobre ética escrito por Finnis en 1994. No hay mención alguna de maltrato personal por parte de Finnis hacia persona alguna.

En realidad, llama la atención que la obra de un pensador católico provoque semejante rechazo, cuando la obra de un autor que supo ser un nazi con carnet, como Carl Schmitt, se ha convertido en el evangelio de casi todas las universidades del mundo en disciplinas tan diferentes como derecho, política, historia, filosofía y teología, amén de haber sido traducido a casi todos los idiomas. La razón, seguramente, es que incluso —o sobre todo— de un pensador como Schmitt tenemos mucho que aprender.

De hecho, cuando el Estado de Israel, en 1948, todavía consideraba la posibilidad de contar con una Constitución escrita, el ministro de Justicia, Pinhas Rosen, estaba utilizando a tal efecto la Doctrina de la Constitución de Schmitt, escrita en 1928. E incluso su monografía sobre Thomas Hobbes, escrita en 1938, es una obra famosamente antisemita y a la vez uno de los mejores libros jamás escritos sobre la teoría política de Hobbes, que anticipó varias de las discusiones principales sobre el autor del Leviatán. Hasta ahora, sin embargo, a nadie se le ocurrió solicitar que dicho libro (o el resto de la obra de Schmitt) fuera retirado de las bibliotecas universitarias (que tienen la suerte de contar con ejemplares) e incluso de circulación en el circuito comercial.

El punto es, si Finnis no puede dar clase por defender la doctrina tomista, ¿qué habría que hacer hoy con Schmitt, que en su momento adhirió al nazismo? ¿Acaso Schmitt no es incluso lectura obligatoria en casi todos lados, pero no podría dar una charla, participar de un debate, para no hablar de dar un curso? ¿Incluso no podría ser invitado por algún colega para precisamente debatir con él? De hecho, a veces aprendemos mucho más de nuestros errores y de los demás que de nuestros propios aciertos.

En rigor de verdad, Finnis puede ser criticado por varias razones, no solamente por su postura sobre sexualidad, sino por cuestiones tal vez mucho más decisivas como, por ejemplo, su teoría sobre la violencia. Finnis distingue, en efecto, entre un acto de guerra y un acto terrorista merced a la doctrina del doble efecto o efecto colateral, según la cual, para decirlo muy brevemente, si bien ambos ocasionan la muerte de no combatientes, el terrorismo lo hace deliberadamente y el acto de guerra prevé la muerte pero no la desea. Sin embargo, muere mucho más gente por actos de guerra que por actos terroristas y desde el punto de vista de las víctimas las cosas lucen totalmente diferentes. Uno no quiere morir, sea por una bomba de un avión de un ejército regular o por un acto terrorista. Si triunfara entonces esta ética consecuencialista —que de hecho está en ascenso—, ¿deberíamos expulsar de las universidades a todos los teóricos políticos, morales y del derecho que suscriben la teoría del efecto colateral, ya que se resisten a ser consecuencialistas o defenderíamos la libertad académica?

Las buenas noticias son que la Universidad de Oxford aclaró que no tolera "forma alguna de hostigamiento por razón alguna, incluyendo la orientación sexual" y resolvió que "la política de la Universidad sobre el hostigamiento también protege la libertad académica de expresión y es clara que el debate académico vigoroso no implica hostigamiento cuando es conducido respetuosamente y sin violar la dignidad de los demás".

En conclusión, en lugar de expulsarlo a Finnis, tenemos que debatir vigorosamente y aprender con él, algo a lo cual se ha prestado siempre en todo lugar. De otro modo, correríamos el riesgo no solamente de desaprovechar la estatura intelectual de Finnis, sino de negarle un derecho humano como la libertad académica, justo a quien no piensa como nosotros, todo en medio del apogeo de los derechos humanos. Si la libertad académica, como cualquier otro derecho humano, es solamente para los que piensan como nosotros, entonces no entendemos lo que es un derecho humano, o, lo que es lo mismo, los derechos humanos no existen más.

El autor es abogado (Oxford) y profesor de Filosofía del Derecho (UBA). Una versión de este artículo apareció publicado en el blog de Andrés Rosler, La Causa de Catón.