Este año se celebró el IV Encuentro de Rectores organizado por Universia en España, que permitió establecer y fortalecer verdaderas relaciones de carácter institucional en el universo de la educación superior iberoamericana. El octavo centenario de la Universidad de Salamanca, la primera del mundo hispanoamericano, fue un contexto propicio para que más de seiscientos rectores de 26 países se sinceraran y pusieran en común los grandes desafíos que hoy enfrentan las universidades. En este encuentro quedó claro que el tiempo de ocultar los problemas y mirar para otro lado en la educación superior ya ha sido superado. Con mucha honestidad y autocrítica, los académicos participantes pusieron en común las principales dificultades que hoy atraviesan las universidades.
El contexto social en el cual se insertan las instituciones de educación superior ha cambiado radicalmente en los últimos tiempos. Sin embargo, se reconoció que la universidad aún no está preparada para afrontarlo. En cuanto a la docencia, hubo un claro consenso en que la principal función de la universidad no es solamente enseñar sino fundamentalmente lograr que los estudiantes aprendan. La cátedra sigue siendo muy importante, pero aún más relevante es asegurar el aprendizaje de los estudiantes. No es una diferencia sutil, sino de primer orden: no podemos seguir dictando clases magistrales como hace treinta años. Los jóvenes cambiaron, llegan a la universidad con competencias genéricas distintas, con otras formas de asimilar y desarrollar conocimiento y habilidades. Necesitamos actualizar entonces nuestras metodologías de enseñanza. No podemos culpar siempre a los niveles educativos anteriores por el bajo rendimiento de los nuevos alumnos universitarios.
La clave, como habitualmente sucede en la educación, está en la mediación del docente, que es quien facilita y permite que los estudiantes realmente aprendan. Los docentes universitarios deben saber interpretar al nuevo alumnado y sus necesidades. Deben adaptarse a las nuevas formas de aprender de las nuevas generaciones. No basta con dictar clase: hay que asegurarse que del "otro lado" haya verdadero aprendizaje. Es necesario que los profesores estén abiertos a los cambios tecnológicos y los aprovechen en favor de la enseñanza, para promover mejores aprendizajes. Las universidades, por su parte, tienen la responsabilidad de capacitar y formar a sus docentes, brindándoles las herramientas para que puedan afrontar estos desafíos, generando los espacios necesarios para que puedan compartir experiencias y mejorar en forma sostenida la propia práctica docente.
También es imprescindible que las instituciones de educación superior se abran a su contexto, que se vinculen con el mundo productivo que las circunda y, para desarrollar sus propuestas formativas, se nutran de las necesidades presentes y futuras de empresas, organizaciones no gubernamentales y el mismo Estado. Este vínculo de interacción con la sociedad en la cual se inserta la universidad no va en detrimento de su autonomía (concepto utilizado muchas veces como excusa para sostener un autismo injustificable, que solo busca mantener el statu quo al interior de las universidades), sino que la interacción la potencia y la vigoriza como institución.
Esta misma apertura extramuros debería ser también, según muchos de los rectores participantes, un requisito para la investigación y la producción multidisciplinaria de conocimiento aplicado a la resolución de problemas socialmente relevantes. El sector productivo y los gobiernos deberían reconocer a la universidad como un lugar idóneo para la investigación y el desarrollo, apoyándola financieramente bajo estrictos estándares de rendición de cuentas por parte de las instituciones de educación superior.
El encuentro de Salamanca ha mostrado un sistema regional de educación superior que reconoce, con sana humildad, que tiene muchos desafíos por delante. Con mucho optimismo, estamos presenciando cómo este sistema está pasando de un paradigma de certezas (donde no se reconoce inconveniente alguno) a un paradigma de aprendizaje, que nos permite a quienes habitualmente enseñamos identificar nuestros propios errores, para luego corregirlos. Para ello es necesario salir de la zona de confort, aprender a escuchar y esforzarse para enmendar nuestros errores. Si permanecemos en esta actitud y logramos avanzar en estos cambios, la educación superior seguirá siendo una de las instituciones de mayor valor para la sociedad.
El autor es miembro de la Academia Nacional de Educación.
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