Por algún motivo, en la Argentina solemos posicionarnos de espaldas al mar. Quizás es esa la razón por la cual no apreciamos el recurso invaluable que baña nuestras costas. Si tan solo hiciéramos el esfuerzo de darnos vuelta, o siquiera mirar de reojo, notaríamos que el Mar Argentino, nuestro mar, es único.

Su identidad está dada por la corrientes de las Malvinas, que transporta aguas frías subantárticas de sur a norte, llevándolas casi hasta la convergencia con la corriente de Brasil. Eso determina las características oceanográficas del Mar Argentino: entre ellas, su salinidad, temperatura, disponibilidad de nutrientes y asociación con el Talud, que es una característica geológica de nuestra plataforma, que funciona como un río de mar que va fertilizando las aguas de plataforma y fuera de ella —esa fertilización sostiene fitoplancton, atrae zooplancton y, a partir de allí, toda la cadena trófica. Un dato más: nuestra plataforma es una de las más extensas del mundo, la más extensa del hemisferio sur, y la corriente de las Malvinas funciona como su columna vertebral.

Esa unicidad que define a nuestro mar es un privilegio, pero también una responsabilidad: está en nosotros cuidarlo y velar por su conservación. Desde el programa marino de Conservation Land Trust (CLT) Sin Azul No Hay Verde, elevamos la voz acerca de esa responsabilidad y llamamos la atención de los legisladores para que se avance con la creación del Parque Nacional Los Yaganes, en Tierra del Fuego, y la ampliación de Namuncurá-Banco de Burdwood, al este de la Isla de los Estados (200 kilómetros al sur de las Islas Malvinas).

Podríamos pensarlo casi como comprar un seguro: si algo no funciona bien en otros lados, aquí, donde los procesos deberían desarrollarse mejor, siempre tendré una parte representativa de lo que en esos otros lados hay. Es por eso que las áreas protegidas tienen sentido cuando son grandes, sobre todo en el mar, como nos explica el biólogo Claudio Campaña, de Wildlife Conservation Society, organización miembro del Foro para la Conservación del Mar Patagónico y Áreas de Influencia: los procesos marinos, en particular en mares como el Argentino, que son templados, requieren de espacio y de tiempo. El mar no está colmado de criaturas, como sucede en el caso de los arrecifes de coral, en los que hay muchas especies en poco espacio. Aquí, por el contrario, es mucho espacio para pocas especies en cantidades grandes. Y proteger estas áreas donde se encuentran estas formas de vida da el reaseguro de que allí se van a mantener los procesos más o menos bien.

En la actualidad, ya no podemos decir que el Mar Argentino es prístino. Aún no hemos sido afectados por la extinción de alguna especie natural, pero las huellas de su interacción con el ser humano son perceptibles. El mar ha sido explotado con cierta intensidad por 30 o 40 años ya. La actividad pesquera tiene la potencialidad de ser la principal amenaza, aunque esta se va a extender a la explotación de hidrocarburos offshore. Después, hay otros peligros que parecen menores, pero no lo son. Ejemplo de ello son los plásticos, sobre todo de origen pesquero. Por otra parte, si se desarrolla salmonicultura en la Argentina, sobre todo en las aguas de la Patagonia, estos también son problemas para nuestro mar. Existe una amenaza adicional que es muy poco observada, que tiene que ver con los conflictos jurisdiccionales, los cuales no favorecen el manejo ecosistémico integrado. Y a ello se suma el cambio climático.

Con la creación de los dos parques, algo que será definido por el Congreso de la Nación en estos días, ya que, que si no hay definición por la positiva, el proyecto caerá, aumentaríamos la probabilidad de que estos impactos no ocurran. Y así podríamos propiciar la conservación de dos áreas que sí parecerían ser prístinas.

Namuncurá, por ejemplo, es un banco sumergido muy particular: allí parecerían encontrarse las comunidades marinas más conservadas, en mejor estado y con más especies. Un tesoro, realmente. Se trata de un sitio en nuestro mar que, aparentemente, estaría sin impactar. Son fuentes que después pueden llegar a repoblar otras áreas: esa es otra de las ventajas de las áreas marinas protegidas. Y ese es uno de los tantos beneficios ecosistémicos a los que accederíamos si el Senado convierte estos proyectos en ley en los próximos días.

Hoy, solo el 2,6% del Mar Argentino es zona protegida. Con la creación del Parque Yaganes y la ampliación de Namuncurá-Banco de Burdwood, esta proporción se expandiría a 10%, en línea con el compromiso que asumió la Argentina ante las Naciones Unidas y que se asienta en su Plan Estratégico para la Diversidad Biológica 2011-2020. A partir de allí, ya podríamos fijarnos como meta ampliar esa protección al 20 o el 30 por ciento. Eso sí sería dejar de darle la espalda a nuestro mar y mirarlo de frente.

La autora es coordinadora del Programa Marino de CLT.