Un futuro promisorio y lleno de éxitos. Así parece ser nuestra condición desde hace décadas, o al menos eso nos han inculcado gobierno tras gobierno. Condición esta que no se condice con la realidad que nos atraviesa, ni mucho menos con el aporte que hacemos como sociedad para lograr nuestro prometedor destino.
En materia monetaria fuimos completamente únicos: hemos destrozado cinco veces nuestro signo monetario, logramos a través de las crónicas devaluaciones quitarle trece ceros a nuestra moneda y hasta tenemos el triste récord de ostentar el default más grande de la historia de la humanidad hasta el momento.
Tampoco hemos hecho bien los deberes en materia social: en nuestro pasado hemos logrado que nuestros niveles de pobreza sean envidiados por toda Latinoamérica. Hasta no hace mucho tiempo nuestro nivel de pobreza se lucía en torno al 5% de la población. Hoy uno de cada tres argentinos no cubre sus necesidades básicas.
En términos de riqueza, no nos hemos destacado en lo absoluto: allá por el año 1895 fuimos (estrenando la cima y por única vez) primeros en el mundo en términos de riqueza per cápita. Si bien perdimos el puesto más alto inmediatamente, lo cierto es que defendimos dignamente nuestro lugar entre las sociedades más ricas hasta mediados del siglo XX, donde si bien es cierto que ya no éramos primeros en el mundo, sí nos encontrábamos en un más que enorgullecedor quinto puesto, donde nuestra riqueza por habitante era equivalente al 97% de la riqueza de un ciudadano estadounidense. A partir de allí nos hundimos lentamente en la decadencia: hoy apenas podemos defender el puesto 60 en ese ranking mundial.
En materia educativa hemos pasado la peor vergüenza: fuimos pioneros en alfabetización y en tener niveles educativos de excelencia. Hoy las pruebas internacionales no nos acompañan y de haber sido un país destacado en Latinoamérica, en la actualidad apenas logramos a muy duras penas promediar el nivel educativo de la región.
En términos de empleo no fuimos la excepción: buena parte de nuestro letargo en el crecimiento del empleo privado lo hemos solucionado mágicamente ampliando las estructuras del Estado a límites insólitos. El empleo público lo hemos precarizado, aumentando la cantidad de trabajadores hasta lograr los 3,5 millones de empleados estatales, que en volumen representan un 60% del total de empleados del sector privado. Un verdadero delirio.
En relación con la asistencia social y nuestro sistema previsional hemos hecho todo lo posible por retroceder: más del 50% de la población que hoy recibe su jubilación o pensión lo hace gracias a una moratoria, más de la mitad no debió o no podría haberse jubilado nunca. Los pocos que habían optado por ahorrar en un sistema de jubilación privada, confiando en un futuro mejor (en las afamadas AFJP de finales de los años 90 y principios de los años 2000), también fueron víctimas del fracaso: les confiscaron los ahorros, quedando sus fondos en las arcas del Estado a merced de los políticos de turno. En cuanto a las asistencias sociales, desde los 500 mil planes en la era de Raúl Alfonsín hasta los 9 millones de hoy (en un total de 31 asignaciones y planes diferentes solo a nivel nacional), sin ninguna mejora en la calidad de vida de los que menos tienen.
Ámbito en el que nos detengamos para analizar a la Argentina nos encontrará con un pasado condenatorio hacia el futuro. Para tener un futuro exitoso se debe tener un pasado digno, pasado este que no consta en la historia reciente de nuestra Argentina. Por lo que nuestro presente será nuestra única apuesta hacia un futuro mejor, el cual por ahora está muy lejos de transformarse en realidad. Debemos sin pensarlo enfrentar los cambios necesarios para que Argentina salga de su crónica decadencia, decadencia que, de seguir perdurando, transformará a toda nuestra sociedad en la pobreza más pura, condenándonos realmente a todos a tener un país lejos de lo que alguna vez pudimos imaginar.
El autor es analista económico y docente universitario.
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