Cada vez se hace más visible la profunda decadencia del multilateralismo liberal. Podemos llamar de esa forma al sistema que, diseñado a la medida de los intereses de los Estados Unidos en tiempos de posguerra, ha ordenado las relaciones internacionales durante los últimos 70 años. Su principal supuesto teórico es la creencia de que los organismos multilaterales y las normas internacionales contribuyen progresivamente a aumentar las garantías de paz y seguridad mundial.

Durante la Guerra Fría estas instituciones funcionaron como un buen complemento de la estrategia militar norteamericana para contener a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Tras la caída del Muro del Berlín, referentes liberales como Francis Fukuyama directamente se aventuraron a pronosticar la definitiva expansión a escala global del liberalismo y su sistema político. Indudablemente, aquel momento parecía propicio.

Los atentados de septiembre de 2001 fueron un crudo baño de realidad para los liberales. Desde entonces, asistimos a un mundo signado cada vez más por las decisiones unilaterales de las grandes potencias. Todo ello en desmedro de regímenes internacionales que se van diluyendo sin remedio, plagados de burócratas que no logran influir en los verdaderos decisores.

Este contexto hizo resurgir la ciencia oscura del realismo estructuralista, en sus diversas vertientes teóricas. No obstante, sin mayores aportes para intentar comprender lo que está sucediendo y el posible curso futuro. Para nada casual, ya que lo más relevante está sucediendo fuera de su foco, en el interior de los Estados.

La Unión Europea, corazón de este paradigma, está en proceso de disolución. El trasfondo es tenebroso: Reverdecer de los nacionalismos separatistas, del fundamentalismo religioso y de la xenofobia, principalmente a raíz del drama de la inmigración ilegal y la amenaza terrorista. Frustrados por sucesivas crisis económicas, los europeos son cada vez más propensos a votar alternativas fascistas o antisistema. La lista de ejemplos es muy extensa. Lo que está más que claro: el modelo liberal ha fracasado y el futuro europeo no luce nada bien.

Para colmo, el multilateralismo está siendo desechado por quien había sido su mayor impulsor, los Estados Unidos. En ese sentido, cabe recordar que el aislacionismo proteccionista de Donald Trump no es una postura novedosa en la historia estadounidense. Por el contrario, ese había sido uno de los rasgos distintivos de la política exterior durante más de 150 años, previo a la Segunda Guerra Mundial.

De la tendencia a la mayor estabilidad y la cooperación internacional que parecía garantizar el multilateralismo en sus inicios, vamos en sentido opuesto, con creciente riesgo de guerras. Para espanto de los liberales, otra vez el mundo ha quedado en manos de un puñado de líderes fuertes que ejerce el poder casi sin restricciones externas. Es la nueva tendencia dominante en las relaciones internacionales.

La perspectiva de la Argentina

Por todo ello, hay que estar preparados para un mundo que se perfila mucho más incierto y conflictivo. Las relaciones bilaterales con las potencias emergentes van a ser cada vez más relevantes para países medianos como la Argentina. Los organismos y los foros internacionales de Occidente tendrán cada vez menos para ofrecer. Así, los países que desarrollen un modelo de inserción inteligente, con foco en la diversificación de relaciones, sobrellevarán de mejor manera esta nueva etapa.

En ese contexto, ojalá que la próxima cumbre del G20 en Buenos Aires salga lo mejor posible, en favor de la imagen internacional de nuestro país. Pero sería bueno no hacernos falsas ilusiones sobre los resultados de estos foros, cada vez menos trascendentes y que consumen tanto tiempo de gestión al organizador. Así acaba de pasar la cumbre de la Organización Mundial del Comercio en diciembre del año pasado, sin pena ni gloria.

Hay que enfocarse en lo verdaderamente relevante para la Argentina. En ese sentido, urgen dos cosas. Primero, abandonar la obsesión con la Unión Europea para apuntar de lleno hacia Asia y otros mercados complementarios y atractivos, como los países del norte de África. Para ello, debemos asumir que, quizás, ya no sea posible ir con este Mercosur. Ha sido una experiencia de integración comercial bienintencionada, pero que definitivamente no funcionó y hay que reformular. Sin logros externos que exhibir en 27 años, ni siquiera ha conseguido integrar a sus socios entre sí.

China va camino a convertirse en la mayor potencia económica global en pocos años, lo que crea instituciones y mecanismos alternativos al decadente multilateralismo liberal. La mayor participación de Argentina en esas instituciones, sobre todo las financieras, ya no es una opción. Lamentablemente, por la naturaleza del modelo económico macrista, ello se ha vuelto una necesidad. Un buen primer paso ha sido nuestra incorporación al Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, con ambiciosos planes para Latinoamérica.

Finalmente, debemos profundizar nuestros vínculos con el resto del floreciente vecindario asiático. Vietnam, por mencionar un caso, ya es nuestro cuarto destino de exportaciones. ¿Por qué nuestro presidente todavía no ha viajado al sudeste asiático? Asimismo, es llamativo que tampoco haya visitado la India, la otra gran potencia emergente. Ese giro no implicaría descuidar el resto de las relaciones de la Argentina. Al contrario, tener una estrategia clara e inteligente de inserción internacional reforzaría nuestra posición en la región y frente al resto del mundo.

El autor es doctorando en Estudios Internacionales (UTDT). Master of China Studies (Zhejiang University) y magíster en Políticas Públicas (Flacso). Miembro del Comité de Asuntos Asiáticos de CARI. Politólogo y docente universitario (UCA).