La negociación gradualista es el camino correcto para recuperar las Malvinas

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¿En qué punto estamos hoy respecto de la disputa de soberanía con el Reino Unido respecto a las islas Malvinas, Georgias y Sándwich del Sur? Recordemos un primer hecho básico. Dicha disputa está reglada por la resolución 2065/65 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, adoptada durante la gestión de Arturo Illia, cuando era canciller Miguel Ángel Zavala Ortiz.

La mencionada resolución recomienda la negociación bilateral, teniendo en cuenta los intereses de los habitantes de las islas. No poseemos otro instrumento de alcance universal más que este. Es el que la comunidad internacional nos ha brindado, el que el Reino Unido ha aceptado, el que nuestros amigos y aliados hemisféricos, desde Canadá y Estados Unidos hasta el extremo sur, apoyan para que actuemos con convicción, buena fe y sereno realismo. Todos los argentinos sostenemos que las islas Malvinas nos pertenecen. Pero las Naciones Unidas nos instan a negociar la disputa con el Reino Unido. Este es el segundo hecho sustancial.

Recuperar la madurez requiere admitir un tercer hecho. Ello es que toda negociación entre países amigos implica diálogo, discusiones y finalmente un compromiso, ya que este último es la base de una solución sustentable.

Un cuarto hecho es que la confrontación, ya sea política, diplomática o militar, resulta siempre estéril. Sobran ejemplos. Durante la gestión del anterior Gobierno proclamamos la "política firme", la "mano dura". Confrontamos en el terreno político y en el diplomático. Fue un error. Perdimos terreno frente al Reino Unido, credibilidad frente a nuestros amigos y alimentamos nuestra frustración. Los isleños se lanzaron a acciones unilaterales lamentables, tratando de crear situaciones de facto, de escasa solidez. Es que no hay santos, tampoco ingenuos en el sistema internacional. Los espacios abandonados se ocupan. En diplomacia rara vez hay que dejar una silla vacante, por incómoda que en principio pudiese parecer.

Un quinto hecho, para no desatender, es que hay momentos en que las circunstancias se acomodan, invitando a las partes y los actores a una madurez superadora. Esto es lo que sucede ahora en la cuestión de las islas Malvinas. Aprovechar esas circunstancias es de políticos realistas, para nada ingenuos.

Con ese lente, recorramos el presente. Desde la asunción del Gobierno de Cambiemos, el presidente Mauricio Macri se entrevistó con el primer ministro, David Cameron. La primera vez a ese nivel en muchos años. Rápida preparación, agenda abierta, cordialidad y coincidencias básicas. Fue la expresión de un cambio de actitud por parte del Gobierno argentino. Tiempo después, la primera ministra, Theresa May, le envió una carta al presidente Macri, redactada con extrema cordialidad y llena de contenido. En ese documento, Theresa May toma la iniciativa, admite las diferencias y propone encarar los temas de petróleo y comunicaciones para beneficio de "todos" los interesados.

Se trata de aspectos centrales, ya discutidos en el pasado por los cancilleres Guido di Tella, Adalberto Rodríguez Giavarini y Carlos Ruckauf, con resultados prometedores y sobre bases de gradualismo. El vicecanciller Duncan viaja a Buenos Aires y suscribe con su contraparte argentina, Carlos Foradori, un ambicioso comunicado que sugiere múltiples acciones en convergencia. Ese instrumento bilateral debe interpretarse como una hoja de ruta para emprender negociaciones tendientes a resolver problemas que afectan a las partes en el área disputada, incluyendo cuestiones que hacen al interés de los isleños.

Suponer que el comunicado declina derechos argentinos, además de una equivocación, es ignorar cómo se negocia cuando la ecuación de poder favorece en el terreno a la otra parte y desde mucho tiempo atrás. Frente a esa circunstancia, el equilibrio es un objetivo a obtener en la mesa, cara a cara con la otra parte y no antes. Pero hubo algo más, en el Comité de Descolonización, el canciller Faurie adoptó una línea directa y franca con los isleños y, en diciembre pasado, Theresa May envió un mensaje a las islas invitando a retomar contactos con Argentina.

Un sexto hecho, para no repetir, es perder oportunidades. Durante los años 70, en democracia y dictaduras, Argentina no escuchó los ofrecimientos de condominio, retroarriendo y "solución Hong Kong" por parte del Reino Unido. Nunca se brindaron contrapropuestas aceptables para empezar las discusiones y se eligió la confrontación, la guerra y, más tarde, el misil Cóndor. Estas actitudes llevaron a pérdida de vidas, así como a un deterioro político cuya cicatrización podría estar aún pendiente. Recuperar la madurez requiere también leer el pensamiento de la otra parte frente a acciones o declamaciones que, desde su óptica, resultan riesgosas para la seguridad. La madurez necesita que evitemos proponernos, una vez más, una historia que solo nosotros podríamos leer.

Un séptimo hecho está constituido por el desorden del sistema internacional. Tal vez ello haya motivado al Reino Unido a reactivar antiguas alianzas, poniendo sobre la mesa el conflicto con Argentina. La sinceridad de este nuevo espíritu solo puede probarse si respondemos al juego sin refugiarnos en el regazo de actitudes pasadas. Actitudes que hoy ni siquiera aportan votos.

Este 2 de abril nos encuentra con los ecos de un último hecho, testimonio de madurez imborrable. El viaje de los familiares al cementerio de Malvinas, el trabajo en equipo del Gobierno argentino, la cooperación simétrica del Reino Unido, de los isleños, los honores de los militares británicos a las Fuerzas Armadas Argentinas, el dolor y, en cierto modo, alguna reparación. En esas tumbas reposan militares que no quisieron la guerra. Cumplieron órdenes en los tiempos más trágicos y difíciles para Argentina. De allí que el mensaje que surge inequívoco de esas cruces, ahora con nombres, es que la confrontación no paga, la negociación gradualista ofrece esperanzas y los momentos de oportunidad deben aprovecharse. Confiemos que tanto sacrifico no siga siendo en vano.

El autor es diplomático. Fue Secretario de Relaciones Exteriores de la Nación y embajador ante las Naciones Unidas durante el gobierno de Carlos Menem.

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