"La inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario". La vieja frase de Milton Friedman es repetida como un mantra tanto por el presidente del Banco Central como por el conjunto de economistas que lo critican desde el arco del liberalismo económico, y principalmente desde lo que se conoce como "la escuela austríaca".

Mientras tanto, la inflación argentina, una de las más altas del mundo, sigue su curso. ¿A qué se debe esta persistencia? ¿Por qué la tasa de interés, principal y única herramienta del Banco Central (Federico Sturzenegger dixit), parece no funcionar? Los economistas "austríacos", con Javier Milei como máxima expresión mediática, responderían con el mantra friedmaniano mostrando que el problema es que los agregados monetarios siguen creciendo y, en el fondo, que todo es un problema de exceso del gasto público y un déficit fiscal que, medido correctamente, o sea, sumando los servicios de deuda, sigue creciendo. Digamos que cuentan con algunos puntos a favor en el debate: se enfrentan al "hombre de paja" del keynesianismo, cuando los argumentos eran que la inflación "directamente no existía" o incluso que "podía resultar beneficiosa".

Muchas veces Milei, con sus acostumbrados exabruptos, mete en una misma bolsa planteos que son directamente opuestos. En su último libro, Otra vez sopa, y en varios artículos de divulgación muestra cuidado en analizar el debate pre-keynesiano, sus críticas a la Teoría General…, los planteos de Friedrich Hayek y el desenvolvimiento del planteo de Friedman, primero y Lucas, después. Pero no muestra la misma rigurosidad cuando habla de una supuesta escuela keynesiano-marxista.

Para horror de Milei, monetaristas, incluyendo en este grupo a los austríacos, por una cuestión de simplicidad, y keynesianos tienen más de un elemento en común. Ambos comparten la creencia en el carácter exógeno de la oferta monetaria: están convencidos de que el Estado puede controlarla y llevarla a un sendero compatible con sus objetivos de política económica. Sturzenegger está convencido de que con sus recetas finalmente lograrán "domar a los agregados monetarios" y la inflación cederá. Los austríacos creen que ello no sucederá hasta que no baje el gasto público en términos sustantivos. Los keynesianos sostienen que un poco más de emisión no es grave, ya que pueden controlarla. Y así sucesivamente.

La gran diferencia acerca de la concepción monetaria entre la tradición marxista y la monetarista o la keynesiana es que la primera plantea el carácter endógeno de la moneda. Así, la frase liminar de Friedman o es una simple perogrullada (efectivamente, en última instancia siempre habrá una relación entre M y P en la ecuación de la teoría cuantitativa M.V = P.T, lo que no habilita a establecer causalidad alguna) o es directamente falsa si lo que se está diciendo es que los otros motivos que llevan a la suba del nivel de precios carecen de entidad, para esfumarlos detrás de la frase de que al final todo depende de si hay una mayor oferta monetaria que lo convalida.

El keynesianismo plantea exactamente lo mismo, solo que mediatizándolo con la curva de Phillips y limitando el planteo friedmaniano a las situaciones de pleno empleo, lo que deja abierto el espacio para que el incremento de M no rebote directamente en P, sino que pueda dar lugar a un aumento de T, cosa que Friedman y Lucas negarían. Pero todo gira alrededor del círculo de la misma ecuación.

Digámoslo con todas las letras: la inflación no trae ningún beneficio. Es un mal que debe ser combatido, ya que horada el poder adquisitivo de trabajadores, jubilados y los que perciben planes sociales. El problema es que ninguna de las recetas que se ofrecen para eliminarla es correcta. A lo sumo provocará una feroz modificación de precios relativos en contra de los sectores populares.

La inflación tiene su origen en la forma específica en que se da la acumulación capitalista en este estadio histórico del capitalismo, distinta en países dependientes y centrales. En la Argentina adquiere particularidades casi únicas por ser un fenómeno agudo omnipresente en los últimos 70 años. Y, para horror de monetaristas y keynesianos, el orden de causalidad va de lo real a lo monetario. Así, una estructura productiva (y de propiedad) extranjerizada, monopólica y oligopólica, profundamente imbricada con los privilegios de los distintos gobiernos y acostumbrada a generar y apropiarse de cuasi rentas financieras, valoriza su capital socializando pérdidas y generando superganancias al modificar precios relativos a su favor (y siempre en contra de los trabajadores).

Por eso, un incremento de tarifas de servicios públicos privatizados, autorizado por el Estado; o una suba del precio de los combustibles, autorizada de hecho vía liberalización de precios y promovida por la petrolera estatal; o una suba de precios regulados (prepagas, escuelas privadas); o, más fuertemente, una devaluación, promovida por el Estado por acción u omisión, generan inmediatamente un efecto que se derrama sobre el nivel general de precios, salvo en los salarios y las jubilaciones, donde el gobierno también actúa, promoviendo la reducción de su poder de compra. Por supuesto, al final, el Banco Central y los emisores secundarios de dinero terminan convalidando ese nuevo escenario. Pero esto sucedería, y seguirá sucediendo, aun cuando se produjera la reducción del gasto propuesta por los economistas austríacos. Que solo generará una nueva modificación de precios relativos, más feroz, es cierto, en contra de los sectores populares.

Atacar la inflación es atacar los privilegios de los capitalistas que se benefician con ella y que, desde hace muchas décadas, la han convertido el centro privilegiado de sus ganancias en la Argentina. Cosa que, por acción u omisión, no está en el programa de keynesianos ni monetaristas.

El autor es economista, profesor de la UBA y dirigente de Izquierda Socialista.