Cataluña: no sólo es un conflicto político

Analía Visconti

Guardar

No es fácil escribir sobre las consecuencias de la independencia de Cataluña. Después de vivir allí casi una década, he dejado muchos amigos, catalanes y no catalanes pero que residen en la región; Barcelona ha sido desde siempre una ciudad muy cosmopolita y como tal tiene residentes de múltiples regiones de España y del resto del mundo también. Lo que escribo es sobre lo que están viviendo y lo que les puede pasar a muy corto plazo.

Claro está que Cataluña es una de las regiones más ricas de España. También que en ese país hay varias regiones con fuerte identidad, que incluyen idiomas. No me voy a detener a analizar sobre la validez del reclamo histórico, ni sobre la legitimidad del referéndum del pasado 1º de octubre, ni sobre la violenta represión de la Guardia Civil española, porque de eso se puede encontrar mucha información. Además hay muchas posturas al respecto.

Lo que sí quiero explicar es que la situación social hoy es preocupante. No son ni una, ni dos, ni diez, sino muchas más las personas que me han comentado que las discusiones en torno al tema ya han llegado ha generar conflictos familiares (discusiones, hermanos que se dejaron de hablar, reuniones que no se celebran). Y obviamente esto es análogo en el ambiente laboral: el mismo malestar se traslada a las oficinas, a los ministerios, a las fábricas, en fin, a las organizaciones en general.

Hoy, sin ir más lejos, algún residente en Cataluña pedía mi consejo. Se acuerdan que soy argentina y que sobreviví al tristemente célebre corralito. Todo porque varios bancos con sede en Cataluña han comenzado procesos tendientes a mudar sus sedes sociales a otras regiones de España. Entonces ya no saben qué pasará con sus ahorros.

Es que, en el caso de la independencia unilateral de Cataluña, la comunidad europea consideraría a la zona escindida como un Estado no miembro de esta. No la incluiría como miembro hasta que: la zona pida ser incluida y todos los países miembros de la comunidad den su visto bueno. Está clarísimo que el resto de España vetaría el ingreso, y probablemente todos los países que consideren que podrían llegar a tener el mismo problema también.

En pocas palabras, más allá de las promesas de los políticos que lideran el proceso independentista, que auguran un futuro económico virtuoso, el futuro económico se vislumbra complicado.

En el caso de la independencia consumada: ¿Cómo cambia la partida de los principales bancos al teórico superávit fiscal que prometen? ¿Cómo ignorar el perjuicio económico que sufrió la bodega Freixenet, cuando hubo una mínima campaña viral fomentando el boicot al cava catalán? ¿Cómo desconocer las ventajas que tiene para todos los países miembros ser parte de la comunidad europea? ¿Está preparada Cataluña para crear su propia moneda? ¿Y para negociar de igual a igual con el resto de las naciones condiciones comerciales como las que goza actualmente?

Si finalmente la independencia queda suspendida: ¿Cuánto tiempo llevará reconstruir el tejido social? ¿Será posible recuperar algo de todos los esfuerzos y recursos que se han gastado en este proceso?

Mientras tanto, con la incertidumbre reinante, ¿cuántas decisiones se están postergando? ¿Qué tantas inversiones se están direccionando a otros horizontes? Claramente estamos viviendo tiempos convulsos. Si hace cinco años alguien hubiera aventurado que Gran Bretaña votaría el Brexit, lo hubieran tildado de loco. Lo mismo que al que hubiera pronosticado que Donald Trump iba a ser presidente de Estados Unidos. Esta situación hoy la siento igual de impredecible. Ojalá se logre resolver de la mejor manera posible para Barcelona, mi otro lugar en el mundo.

La autora es investigadora de la Carrera de Contador Público Universidad de Palermo.