Ante la irrupción de un escenario inédito en el que perdió la parte del león en el tablero político nacional, el peronismo se cierne sobre la encrucijada de renovar sus prácticas cotidianas en el terreno de lo estético y lo comunicacional o profundizar sus contradicciones, con el riesgo de condenar ya no sólo a lo local sino a la patria grande en su conjunto a un futuro siniestro.
Sin adentrarnos en análisis pormenorizados de los errores tácticos, las tensiones internas y las defecciones del último tramo del proceso kirchnerista, debemos rescatar que la agenda política y el horizonte ideológico difícilmente puedan ser cuestionados en su sentido de justicia social y soberanía política. Justamente por eso —y sin minimizar el factor distorsionador de los medios hegemónicos de comunicación y, sobre todo, el avasallante colonialismo cultural— es particularmente relevante cuestionarnos el porqué de la derrota.
La tan mentada batalla cultural —que deberíamos comprender definitivamente como guerra (de guerrillas) por su carácter complejo y continuado en el tiempo— quedó reducida al enfrentamiento con el más perverso de los dispositivos del enemigo y no llegó a consolidar una mirada sistémica. Construir la hegemonía del proyecto cultural del peronismo, la comunidad organizada en la que nadie se realiza individualmente, es una necesidad imperiosa ya no de la Argentina, sino de la humanidad en su conjunto. El apostolado de la cultura del encuentro no puede descansar exclusivamente en nuestro hombre en Roma.
Para esto, la dirigencia política del campo popular debe ampliar su registro sobre la cuestión cultural y profundizar su comprensión. La restringida mirada instrumental de lo artístico, en la que lo cultural acumula hacia la política, y no a la inversa, es una de las causas nodales de la tragedia en la que nos encontramos inmersos. Hay que poner, definitivamente, al cambio cultural como epicentro de nuestra acción política.
El peronismo es, también, una expresión cultural. La cultura del trabajo es su eje vertebrador. No podemos tener una mirada de la cultura popular en el barrio, otra en los despachos municipales y provinciales, y otra manejando los hilos —y los presupuestos— de la política cultural nacional. Las tres banderas históricas son mojones ideológicos; la soberanía cultural enunciada por Domingo Perón en el Modelo argentino para el proyecto nacional, y la integración regional de la mano de su ABC también delimitan doctrinariamente qué significa ser peronista en el siglo XXI.
La auspiciosa unidad de acción del movimiento obrero y la fuerte señal de amplitud enunciada en la lista de unidad del Partido Justicialista (PJ) pueden configurar un buen punto de partida para (re)iniciar esta (re)construcción constante. Fortalecer la Mesa Intersindical de Cultura y la Secretaría de Cultura del PJ con una política cultural activa y fuertemente vinculada con los territorios —tradicionales y simbólicos— debe ser política primaria de cara a la nueva etapa del (eterno) retorno. Construir una nueva estética parece ser el desafío.
El autor es gestor cultural formado en la Untref. Docente universitario e investigador especializado en políticas culturales.
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