
“Hay que ver al detalle todos los papeles, toda la documentación, y estar atento a todo”. Así resume Federico el día a día del despacho aduanero, donde cada operación combina normativa, costos y tiempos. En esta charla aparece la otra cara de importar: los costos que no se ven en el precio de origen, el uso de la inteligencia artificial en los controles y las diferencias con otros mercados de la región.
¿Qué cambios ves en la actividad desde fines del año pasado y qué tienen que tener en cuenta las micro pymes que empiezan a importar?
Desde fines del año pasado hubo una merma en la cantidad de operaciones, pero ahora están apareciendo nuevamente muchas consultas. Hay clientes que importaban antes, después dejaron de hacerlo y quieren volver. También hay muchas micro pymes que están empezando a animarse un poquito.
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En los clientes más chiquitos, el paso que muchas veces no quieren dar es pasar de ser monotributista a responsable inscripto. Las empresas que ya empiezan a importar generalmente están inscriptas en AFIP como autónomos, y a ellas no les cuesta tanto.
Después está el tema del precio. Ven algo muy barato afuera, que sale 10, y piensan que acá va a salir 11. Claramente no es así, porque hay un montón de impuestos, costos logísticos, el costo del flete, el del despachante y todo lo que es el costo argentino.
¿Cuál es el error más frecuente al momento de importar?
El error más frecuente es no planificar. Mucha gente se entusiasma y quiere importar cosas sin planificar demasiado. La verdad es que es un error tremendo, porque todo lo que puede salir mal va a salir mal si no lo planificás.
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Pensá que una importación marítima mínimo va a tardar 45 días. Tenés todo ese tiempo para analizar, sacar los costos, ver la posición arancelaria correcta y los problemas que pueden surgir. Aunque uno esté muy ajustado con los tiempos, siempre hay tiempo para planificar.
¿Cómo impacta el contexto internacional en la operación diaria?
El contexto internacional de los últimos meses no favoreció, porque los fletes subieron muchísimo. Con lo que está pasando en Medio Oriente y algunas cuestiones climáticas en China, el valor de los fletes se duplicó y hasta se triplicó en algunos casos. Eso no ayuda a la actividad: los costos se disparan y, cuando se importa esa mercadería, hay que remarcar los precios acá.
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Con las nuevas regulaciones, el rol del despachante quedó en discusión. ¿Qué desafíos y qué oportunidades aparecen?
Hay cosas que favorecen mucho y otras que no tanto. Que hayan sacado la obligatoriedad del despachante de aduana claramente no es bueno: uno tiene que defender la profesión, y hoy cualquier persona puede hacer una declaración aduanera. A mi modo de entender, eso no tiene mucho sentido.
Un poco más de miedo da que el día de mañana las terminales aprovechen eso para hacer todo el trabajo, todo en uno. Por otro lado, al haber menos carga burocrática, menos trámites y menos certificaciones, hay un volumen más alto de operaciones.
Entonces, por un lado el trabajo es más fácil, pero por el otro está la espada de que el día de mañana no sea necesario. Y a veces la gente ni sabe qué hace un despachante: piensa que es un verificador de aduana. Nada que ver: es del sector privado, un auxiliar del comercio exterior que trabaja para sus clientes.
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¿Qué diferencias encontrás entre operar en Argentina y en otros países de la región, como Brasil?
Argentina y Brasil son países muy particulares, muy restrictivos. Tal vez en otros países el tema de las declaraciones aduaneras es mucho más sencillo. Acá en Argentina te piden mil requisitos para todo, y cada mercadería es muy diferente.
Hay muchas particularidades, entonces hay que pensar en un montón de cosas que tal vez en otros países no suceden tanto. Muchas veces hay que explicarles a los proveedores que mandan la mercadería sin consultar que acá es más difícil ingresarla. Por eso hay que ver al detalle todos los papeles, toda la documentación, y estar atento a todo.
La inteligencia artificial también llegó a la operación. ¿Cómo la usás y qué lugar le queda al criterio humano?
Tengo una visión dual. Por un lado, no te digo que nos va a sacar el trabajo a todos, pero hay un miedo de lo que pueda llegar a pasar con los puestos de trabajo. Por otro lado, es una herramienta muy efectiva: la uso mucho, sobre todo para hacer controles tipo checklist.
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Cuando hay algún error que uno no puede detectar al hacer un provisorio, sirve mucho para encontrarlo en muy poco tiempo. Pero hoy en día se equivoca muchísimo. Hay que estar muy atento y tener criterio para ver qué tomás de esa herramienta y qué no. Si le pedís una posición arancelaria, por ejemplo, no la pega del todo.
Hay que ir entrenándola y tal vez el día de mañana esté más afilada. Pero vivimos en un país donde a veces las reglas no son muy claras y la lógica no es lógica, entonces no le podés preguntar todo a la inteligencia artificial.
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Más allá de las tensiones del día a día, ¿qué es lo que más te gusta del rubro?
Lo que más me gusta es que todos los días son diferentes. Siempre andamos renegando, peleando con los transportes, con los clientes, con las motos, con los cadetes, y ellos con nosotros. Es muy tenso, pero al final del día cada jornada es distinta, y eso en el fondo está bueno, porque no es tan rutinario como otros trabajos.
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