Los países importadores financian minas para asegurar sus embarques de cobre

Japón aportó 466 millones de dólares a la estatal chilena para garantizar concentrado a sus fabricantes, mientras Argentina evalúa por qué puertos despachará la producción de sus nuevos proyectos

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Los países que dependen de importaciones del metal comenzaron a utilizar instrumentos financieros para asegurar contratos de abastecimiento durante décadas (Foto: Shutterstock)
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La disputa por el cobre que demanda la transición energética ya se refleja en los flujos de comercio exterior. Los países que dependen de importaciones del metal comenzaron a utilizar instrumentos financieros para asegurar contratos de abastecimiento durante décadas, y uno de los casos más claros es el de Japón con Chile.

El banco estatal japonés de cooperación internacional firmó a fines de marzo de 2025 un préstamo de hasta 466 millones de dólares a la corporación estatal chilena, principal productora mundial del metal, al que se sumaron otros 200 millones de una entidad privada. El objetivo es que los fabricantes japoneses accedan a un flujo estable de concentrado de cobre.

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El crédito como herramienta de abastecimiento

Japón importa la totalidad del concentrado que procesa, por lo que la operación apunta a reducir el riesgo de interrupciones en su cadena productiva. El acuerdo se alinea con su Séptimo Plan Estratégico de Energía, que fija como meta alcanzar al menos un 80% de autosuficiencia en metales base hacia 2030.

No es un movimiento aislado. Un año antes, la misma entidad había aprobado 950 millones de dólares para asegurar cargamentos de concentrado desde Chile. Gobiernos de Europa, América del Norte y Asia recurren cada vez más a sus agencias de crédito a la exportación para cerrar compromisos de largo plazo sobre litio, níquel y cobre.

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Para la planificación logística, este tipo de esquemas aporta previsibilidad. Los volúmenes comprometidos permiten programar con anticipación la frecuencia de embarques, la contratación de buques graneleros y la capacidad de recepción en destino. Todo eso ocurre en una ruta que une los puertos del Pacífico sudamericano con los centros de procesamiento asiáticos.

Una demanda que tensiona la cadena de suministro

El trasfondo es la transición energética. En la COP28, realizada en Dubái a fines de 2023, los países acordaron en el Consenso de los Emiratos Árabes Unidos triplicar la capacidad renovable mundial para 2030. Parques solares, redes eléctricas y centros de datos dependen en gran medida de ese metal.

Según la agencia de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (UNCTAD), la demanda global crecería más de 40% hacia 2040. Cubrirla exigiría 80 nuevas minas e inversiones por 250.000 millones de dólares antes de 2030, en una actividad donde poner en marcha un yacimiento puede llevar hasta 25 años de desarrollo.

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Los aranceles al cobre refinado suelen ubicarse por debajo del 2%, pero pueden llegar al 8% en productos terminados (Foto: Shutterstock)

El organismo también describe un mercado muy concentrado en la etapa de procesamiento. China importa el 60% del mineral de cobre que se comercializa en el mundo y produce más del 45% del metal refinado, lo que orienta buena parte del tráfico marítimo de concentrado desde los países productores hacia Asia.

A eso se suma la escalada arancelaria: los aranceles al cobre refinado suelen ubicarse por debajo del 2%, pero pueden llegar al 8% en productos terminados como cables, tubos y caños. Según UNCTAD, esta estructura desalienta la industrialización en origen y deja a muchos productores limitados a la exportación de materia prima.

El reciclaje aparece como otra fuente de suministro. Hoy una de cada cinco toneladas de cobre proviene de material recuperado, y la chatarra es vista como un recurso para reducir la dependencia importadora. En paralelo, surgen desarrollos que obtienen el metal de aguas residuales y residuos electrónicos, o que emplean microbios para extraerlo de la roca.

Argentina define sus rutas de salida

Argentina no produce cobre a gran escala desde 2018, pero su cartera de proyectos avanza bajo el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI). La cámara minera proyecta exportaciones sectoriales por más de 9.000 millones de dólares en 2026, y las autoridades estiman ventas externas de cobre por 20.600 millones en la próxima década.

Con esos volúmenes en el horizonte, la elección del corredor de exportación se volvió una variable central. Uno de los proyectos de San Juan presentó una evaluación preliminar que considera viable el traslado del concentrado en camión hasta puertos chilenos. Del otro lado de la cordillera, la región de Coquimbo busca captar esa carga a través del Paso de Agua Negra.

La alternativa atlántica también gana espacio. Durante 2026, San Juan y Santa Fe firmaron un convenio para despachar cobre por los puertos santafesinos y la hidrovía, con apoyo del ferrocarril. Esas terminales ya movieron concentrado cuando operaba el yacimiento catamarqueño de Bajo de la Alumbrera, que prevé reanudar envíos desde mediados de 2027.

En el norte, el corredor bioceánico de Capricornio busca unir los puertos chilenos con San Pablo. Salta obtuvo 100 millones de dólares de un organismo multilateral para pavimentar 91 kilómetros de la Ruta Nacional 51, una vía clave para proyectos de litio, oro y cobre que apuntan a embarcar por el Pacífico.

El préstamo japonés muestra que el acceso a los minerales críticos ya se negocia con acuerdos de largo plazo y respaldo estatal. Con una oferta que tarda años en ampliarse, la competitividad de cada país productor dependerá tanto de su volumen como de la eficiencia de sus corredores logísticos, sus puertos y sus costos de flete.

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