
Hay una palabra que Valeria usa para describir la logística: arte. La mezcla de planificación, anticipación y orquestación que requiere mover un producto desde el origen hasta el punto de venta no es muy distinta, dice ella, de lo que exige liderar equipos en un mundo que cambia sin parar. “Lo único que se acerca al éxito es esa conciencia de aprendizaje y flexibilidad constante”.
Trabajaste en industrias muy distintas. ¿Qué diferencias encontraste en cómo se organiza y fluye la operación en cada una?
Lo que más me llamó la atención al pasar de consumo masivo a tecnología fue algo que tiene que ver con la logística y los tiempos. En consumo masivo los procesos son lineales: comprás la materia prima, llegaba, se elaboraba, se testeaba, se distribuía y finalmente llegaba al punto de venta. Cada paso tenía su tiempo y no había forma de saltárselo.
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Cuando pasé al mundo de la tecnología dije: acá el tiempo no existe, acá todo puede suceder de un minuto para el otro. Es lo que vivimos con la inteligencia artificial. Y eso te hace ver que no todos los procesos son secuenciales. Hay industrias donde son exponenciales y donde la prueba y el error es parte del proceso.
¿Cómo definirías la logística a partir de esa experiencia?
Para mí es como un arte, porque tiene una mezcla de mucha planificación y anticipación, pero también de orquestar distintas cuestiones que tienen que trabajar en conjunto: cómo llega la materia prima, cómo se produce, quién distribuye, quién recibe.
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Y me gusta también que la palabra me remite a algo que no tiene nada que ver con lo profesional: mi rol de mamá. Cuando sos mamá y los chicos son chicos, la mitad de la vida se te pasa haciendo logística. Cuando mis hijas crecieron y se manejan solas, entendí que tenía más tiempo libre porque ya no me ocupaba de esa logística. Es curioso cómo un término que parece duro y profesional también remite tanto a la vida personal.
¿Cuáles son tus claves de gestión, ya sea en lo profesional o en lo personal?
La primera es la anticipación. Hay que planificar porque no te puede agarrar de sorpresa nada, ni en lo personal ni en lo laboral. La segunda es tener claro con quiénes contás, cuál es tu red, porque en cualquier proceso uno no está solo y tiene que saber con quién apoyarse o con quién orquestar.
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Y después está el aprendizaje de los errores. Los errores logísticos son parte del proceso, siempre que uno los incorpore. Lo mismo aplica en lo personal: lo importante es aprender y no repetirlos.

El mundo cambió mucho en los últimos años. ¿Cómo impacta eso en las organizaciones y en las personas?
Hay dos grandes cambios. Uno tiene que ver con la tecnología, que cambió nuestra vida absolutamente. Nos hace repensar quiénes somos, cuán imprescindibles somos, qué valor tiene lo que hacemos. Pero también nos acerca con gente que está lejos, nos permite trabajar en forma remota y resolver en un minuto cosas que antes llevaban mucho tiempo.
El otro fue la pandemia, que ya casi no mencionamos pero que fue una crisis existencial en gran escala. Volvimos a entender el valor de los vínculos y lo difícil que es no tener libertad. Los jóvenes y los chicos sufrieron muchísimo, y todavía se sostienen problemas de salud mental a partir de eso. Fueron cambios que en algunos casos quedaron para siempre.
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Todo esto hace que estudiar algo hoy no te garantice nada mañana. Lo más importante es tener una mente plástica, con capacidad de decir: no sé todo, pero aprenderé lo que haga falta. Ya no hay título ni máster que te garantice el éxito. Lo único que se acerca a eso es esa conciencia de aprendizaje y flexibilidad constante.
En ese contexto, ¿cómo manejás el agotamiento?
Lo más importante es que uno se cuida a sí mismo. Hay límites que tienen que ver con el descanso, que nadie va a contradecir: es necesario dormir las horas necesarias, hacer actividad física, dedicarle tiempo de calidad a los vínculos sin tecnología de por medio.
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Si pensáramos que la vida está compuesta de distintos elementos —el sueño, la actividad física, los vínculos, el trabajo, algún hobby— lo que no puede pasar es que uno se coma al otro. Y en general lo que pasa es que el trabajo empieza a comer otros espacios. Ahí hay que estar muy alerta, porque creer que si uno trabaja más va a llegar más lejos es una ilusión. El agotamiento solo genera peores resultados.
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