
El turismo de cruceros crece en todo el mundo y Argentina tiene potencial para sumarse con más fuerza, pero la infraestructura portuaria sigue siendo el principal cuello de botella. “Si no tenés logística, en diez minutos podés hacer una experiencia que la gente no se olvida, pero por lo negativo”, dice Fernando, que lleva décadas operando en el sector y conoce bien los dos lados de la ecuación: lo que el país puede ofrecer y lo que todavía le falta.
El turismo de cruceros está creciendo a nivel global. ¿Cómo se para Argentina frente a ese contexto?
En el mundo post pandémico, la posibilidad de conocer varios lugares navegando está en auge: crece en Australia, en el Caribe, en Europa, en Estados Unidos. Argentina siempre es un caso de estudio distinto al resto porque presenta complejidades y particularidades que hacen que todo el tiempo estemos adaptándonos al medio.
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El país tiene un potencial enorme, y estamos ante un momento clave: la licitación de la hidrovía, por donde se transita desde Buenos Aires para hacer los recorridos. Va a depender mucho de una estructura de costos competitiva para que Argentina realmente pegue ese estirón y pueda insertarse competitivamente en el mundo de los cruceros.
Hoy lo que hay es muy bueno en términos de turismo receptivo: cruceros que van al sur del país, que recorren la Antártida, que pasan por Madryn. Pero creo que podría haber mucho más volumen, tanto de pasajeros que uno recibe como de pasajeros que uno emite, si la infraestructura fuera más adecuada y si los costos estuvieran acorde a lo que el mundo hoy está cobrando.
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¿Qué rol cumple la logística en la operación concreta de un crucero?
Hay que dividirla en dos: la experiencia a bordo y la experiencia en tierra. A bordo los desafíos son permanentes. Hay puertos que no tienen muelle, entonces hay que usar botes propios para bajar pasajeros. Eso implica un trabajo logístico que no empieza una hora antes: es toda una mañana de operación.
También hay destinos donde se baja todo lo que hay a bordo en términos de gastronomía y se pone al servicio de los pasajeros en tierra. Los procedimientos de seguridad, la operación del teatro para los espectáculos, la cocina central que abastece a todos los restaurantes con sus particularidades. Si no tenés logística, en diez minutos podés hacer una experiencia que la gente no se olvida, pero por lo negativo.
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En tierra, en cambio, la logística hoy se tiene que adaptar a una infraestructura bastante limitada, al menos en Argentina. La ecuación está dada vuelta: la logística se acomoda a lo que el puerto ofrece, cuando en realidad debería ser al revés. Un ejemplo concreto: en el puerto de Miami, desde que llegás hasta que embarcás son 17 minutos. Eso es lo que una infraestructura impecable le permite hacer a la logística.

¿Cómo impacta esa brecha de infraestructura en la competitividad del sector?
La infraestructura y la logística se retroalimentan. Buena infraestructura genera mejor logística; mejor logística aprovecha mejor la infraestructura. Hay un juego ahí que todavía hay que terminar de estudiar. Pero mi hipótesis es que la logística se ejerce bien y es efectiva en tanto y en cuanto estén dadas las condiciones, y hoy esas condiciones se traducen en infraestructura impecable.
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Hoy la logística portuaria tiene un rol más utilitario que lo que la definición de logística realmente implica. Es un catalizador para que un barco salga en horario, para que un pasajero no espere demasiado en el abordaje. Pero podría ser mucho más que eso si el entorno lo permitiera.
¿Qué tendencias de consumo están marcando el rumbo del sector?
Primero, una conexión mucho más directa con ambientes naturales. Las grandes ciudades siguen siendo atractivas, pero hay una valoración creciente, especialmente en generaciones más jóvenes, de poder estar en contacto con el medio ambiente. Excursiones para nadar con delfines, subir a un pico de montaña, tener un avistaje. La pandemia tuvo mucho que ver: el efecto de haber estado encerrado hace que la gente quiera salir cada vez más y a espacios más abiertos.
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Después hay un interés real por el respeto al planeta. Hoy ya no se evalúa solo qué hace un operador, sino cómo lo hace. Los pasajeros, los puertos y los gobiernos miran el combustible, el desperdicio de comida, las emisiones. Eso obliga a ser responsables en ese sentido y avanzar hacia combustibles menos contaminantes.
Y hay un pasajero que también cambió en sus necesidades básicas: hay gente que toma un crucero pero quiere trabajar desde ahí y necesita una conexión a internet potente. La experiencia ya no es solo placer; es una combinación de varias cosas que el sector tiene que saber leer y responder.
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¿Qué es lo que más te atrapa de este sector?
Poder ser responsable, a veces directo, a veces indirecto, de momentos de disfrute de muchas personas. Generar experiencias que tratamos que sean irrepetibles e inigualables. No todo depende de uno: hay factores exógenos, el clima por ejemplo. Pero aun así, ver gente que baja de un crucero con cara de alegría, de satisfacción, que te da un abrazo, que comparte una foto... En lo personal, poder influir en esas vacaciones es lo que realmente llena en el día a día.
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