
Al referirse al momento que vive la industria, Marisa comenta que “Argentina sigue creciendo, aunque en un escenario más competitivo por el aumento de importaciones”. En esta entrevista detalla oportunidades, riesgos, exigencias sanitarias y el rol cada vez más técnico del profesional en un sector que amplía destinos y multiplica demandas.
¿Cómo describirías el momento actual del comercio exterior en el sector cárnico?
Hoy Argentina está en crecimiento. Venimos de un superávit y seguimos sosteniéndolo, pero el contexto cambió: la entrada de más importaciones genera mayor competencia y obliga a afinar costos y procesos.
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En carnes, particularmente en porcino, la tendencia es expansiva desde 2011. Es un sector que sigue desarrollándose, con oportunidades claras pero también con riesgos que atender si queremos mantener presencia internacional.
¿Qué oportunidades y riesgos aparecen en este contexto?
Hay oportunidades vinculadas a la apertura de nuevos mercados. Hay países interesados en nuestros productos, y eso es muy positivo, pero a la vez implica adaptarse a estándares más exigentes. Para entrar a esos destinos se necesitan procesos ajustados, inversiones y adecuaciones productivas.
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Eso representa un riesgo si el sector no acompaña, especialmente porque venimos de períodos más proteccionistas donde no era necesario competir de esta forma. Hoy sí: hay que cumplir normas, responder a auditorías y sostener la calidad en cada etapa.
¿Percibís que algunos mercados son más exigentes?
Sí. Lo primero que se exige es calidad, seguida de requisitos sanitarios muy estrictos. Algunos destinos también suman exigencias ambientales o controles específicos que hay que cumplir al detalle.
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A eso se suman factores internos que pueden complicar la competitividad: inflación, restricciones cambiarias, costos logísticos elevados y procesos regulatorios que cambian rápido. Todo eso impacta directamente en el precio final y en la capacidad de sostener operaciones en el exterior.
¿Cómo se posiciona la carne argentina en el mundo?
Hoy una gran parte va a China, pero también existen posibilidades hacia Estados Unidos y la Unión Europea. Son mercados distintos entre sí, con consumos completamente diferentes. Eso obliga a entender no solo las normas sanitarias, sino también los hábitos de consumo para definir qué cortes ofrecer y cómo prepararlos.
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China, Estados Unidos y Europa valoran cosas diferentes, y eso impacta en cómo se debe planificar desde la producción hasta la exportación.
¿Tenés un ejemplo de esas diferencias de consumo?
Sí. En el caso de la vaca, China suele preferir cortes más magros, mientras que Estados Unidos consume carne con mayor infiltración grasa
Son animales diferentes, con alimentaciones distintas, y eso se refleja en la oferta exportable. Para competir, hay que conocer esas preferencias y evaluar qué capacidad tiene Argentina para adaptarse sin perder eficiencia.
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¿Qué desafíos presenta exportar un producto tan sensible como la carne?
Son muchos. En lo productivo, cumplir las normas sanitarias es central: temperatura durante el corte, almacenamiento correcto, higiene y trazabilidad. La cadena de frío no admite errores.
En lo logístico, los costos aumentan porque se necesitan equipos refrigerados. A veces no hay disponibilidad de contenedores; otras veces los buques no hacen escala en Buenos Aires, lo que obliga a reorganizar toda la operación y pensar rutas alternativas.
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También influye nuestra ubicación geográfica. Estar lejos de los principales destinos incrementa tiempos y exige más planificación para que el producto llegue en condiciones óptimas.
¿Existen alternativas al transporte marítimo?
Depende del tipo de producto y del costo. Los cárnicos exportados suelen ser subproductos de bajo valor, y enviarlos por avión resulta inviable. Tampoco tendría sentido por los volúmenes que se necesitan mover.
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Para África o Asia, el producto debe viajar necesariamente congelado. En cambio, para países limítrofes sí pueden enviarse productos refrigerados en transporte terrestre.
El aéreo solo podría usarse para cortes gourmet o de muy alto valor, pero hoy es difícil por la competencia internacional —sobre todo Brasil, que lidera muchos mercados—.
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¿Cómo avanzó la tecnología en la operatoria del sector?
Hubo avances importantes en documentación: muchos trámites que antes eran presenciales hoy se pueden gestionar online, como el certificado de origen con algunos países. Eso agiliza la operación y reduce tiempos.
En lo productivo, aunque no es mi área directa, sé que existen tecnologías que permiten congelar más rápido y mejorar la conservación. Son procesos que optimizan tiempos y reducen pérdidas.
¿Qué habilidades profesionales considerás claves para trabajar en comercio exterior?
Lo más importante es estar atento a los cambios regulatorios. En Argentina, las normas se modifican con frecuencia y no seguirlas de cerca puede generar demoras, costos o incluso perder negocios.
Además, es clave conocer bien los mercados, analizar oportunidades de apertura, negociar con precisión y leer con claridad las condiciones logísticas y sanitarias de cada destino. Comercio exterior es una disciplina dinámica: exige actualización permanente.
¿Qué perspectivas tenes para el sector cárnico?
Son positivas. El consumo aumenta, los mercados se amplían y existe un interés global que Argentina puede aprovechar. Diversificar destinos es fundamental para no depender de pocos compradores y para ampliar la oferta según lo que demande cada región.
Mercados como Estados Unidos pueden valorar más nuestros productos y pagar mejores precios, lo que abre la puerta a cortes distintos, presentaciones nuevas y más valor agregado.
Me gustaría destacar el rol del profesional de comercio internacional. No siempre es visible, pero es esencial para el desarrollo del país. Somos una pieza clave para abrir mercados, interpretar regulaciones, mejorar estándares y sostener vínculos comerciales estables.
Apostar al comercio exterior es apostar al crecimiento económico, a la diversificación y a la mejora continua.
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