
“La logística fue uno de los grandes aprendizajes”, asegura Julián. En esta entrevista, comparte cómo un proyecto solidario basado en el consumo cotidiano lo llevó a entender la importancia de la distribución, la comunicación transparente y el equilibrio entre negocio y ayuda social en el ecosistema emprendedor argentino.
¿Qué te motivó a unir tu perfil público con un emprendimiento de impacto social?
Durante muchos años conduje eventos para recaudar fondos destinados a distintas fundaciones. Pero con el tiempo nos surgió la inquietud de buscar un mecanismo más directo: que la gente pudiera colaborar sin necesidad de asistir a un evento.
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Así nació la idea de generar productos cuyo consumo cotidiano sirviera como vehículo solidario. La premisa es sencilla: con solo comprar uno de esos productos ya estás ayudando. De esa forma logramos que cada vez más personas puedan sumarse, sin depender de grandes gestos o donaciones extraordinarias.
¿Cómo se estructura el funcionamiento en términos de producción y distribución?
El modelo está pensado de manera muy liviana, sin estructuras pesadas. Los productos no se fabrican directamente, sino que se realizan acuerdos con distintos productores que ya cuentan con capacidad instalada, logística y canales de distribución. Cada actor se ocupa de hacer el producto, colocarlo en el mercado y distribuirlo.
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La clave es que todos ganen en la cadena: el fabricante, el mayorista, el minorista y, al mismo tiempo, las organizaciones sociales que reciben la donación. La sostenibilidad del sistema se logra justamente porque no se basa en favores o en pedir aportes, sino en generar un círculo virtuoso de producción y consumo.
¿Qué importancia tiene la logística en un proyecto de este tipo?
La logística fue uno de los grandes aprendizajes. Al principio uno cree que vender un producto y entregarlo es algo simple, pero detrás hay una enorme coordinación. No es lo mismo recibir un camión a la mañana que en plena tarde, cuando no hay acceso permitido. Tampoco es igual la logística de alimentos que la de otros bienes.
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La distribución es decisiva para garantizar que el producto llegue a tiempo, en condiciones adecuadas y sin encarecerlo. Muchas veces nos apoyamos en la logística de los propios productores, que ya tienen redes de distribución nacionales. Eso nos permite escalar y abarcar más territorio.
¿Cómo manejan la comunicación con el público para transmitir el impacto de lo que hacen?
Hoy la comunicación pasa principalmente por las redes sociales y por espacios mediáticos a los que podemos acceder gracias a mi trayectoria profesional. La clave está en hablar del proyecto, no de las marcas detrás, para mantener la transparencia.
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También funciona mucho el boca a boca. Si se invirtiera en publicidad tradicional, los costos serían altísimos y se perdería el espíritu del proyecto, que es donar lo máximo posible. Por eso se eligen canales accesibles y cercanos, que permitan informar sin que eso se convierta en un gasto desmedido.
¿Cómo ves el ecosistema emprendedor en Argentina, especialmente en proyectos con impacto social?
Emprender en Argentina siempre es desafiante, tenga o no impacto social. Lo más frustrante no es equivocarse, sino no intentarlo. Cuando alguien me pide consejo, siempre digo: “háganlo”. Después se corregirá lo que haya que corregir.
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El inicio nunca es perfecto, pero quedarse con la duda de “qué hubiera pasado si…” es lo peor. En nuestro caso, comenzamos con un solo producto y, con el tiempo, se fueron sumando más. Cada paso fue un aprendizaje que permitió crecer.
¿Qué aprendiste sobre equilibrar un negocio rentable con el deseo de ayudar?
Estoy convencido de que una empresa que solo gana dinero es una empresa pobre. Toda organización debería generar algún impacto positivo en la sociedad. No importa si vende alimentos, servicios o cualquier otro producto: siempre hay margen para que una parte de lo que se gana vuelva a la comunidad.
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De hecho, la responsabilidad social empresarial está creciendo porque los consumidores valoran saber qué hacen las empresas con sus ganancias. No se trata de ser la empresa más grande o la más chica: todas pueden hacer algo. Y cuando se logra, el círculo es virtuoso, porque la sociedad lo reconoce.
¿Cuál es tu mirada de la logística después de esta experiencia?
Cuando empecé, no tenía idea de lo que significaba la logística. Hoy veo lo costosa e imprescindible que es. Una buena logística optimiza los recursos y permite que el producto no se encarezca tanto.
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Entendí, por ejemplo, que algunos productos con mucho volumen y poco margen pueden ser inviables si la logística no está bien pensada. Es un aspecto que termina definiendo la rentabilidad y la posibilidad de sostener el impacto social.

¿Cómo crees que cambió tu visión sobre la comunicación y el rol que cumple?
Para mí la comunicación es central. No importa dónde uno esté: lo esencial es transmitir mensajes claros, positivos y que generen algo valioso en las personas.
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En mi carrera entendí que la televisión o los medios son solo un canal, pero lo verdaderamente importante es el contenido. Además, la vida personal y social muchas veces resulta más rica que la exposición pública. Por eso, más allá de los formatos, lo importante es comunicar con respeto y sentido.
¿Y qué opinás de la irrupción de la inteligencia artificial en este contexto?
La veo como una herramienta poderosa, pero limitada. Es como tener una biblioteca inmensa: no garantiza que la gente vaya a leer más. Puede ser muy útil y ampliar el acceso al conocimiento, pero hay cosas que no reemplazará jamás: un abrazo, el nacimiento de un hijo, el gusto de una comida. Esos aspectos humanos seguirán siendo únicos.
Creo que la inteligencia artificial puede apoyar procesos, pero no va a sustituir la experiencia de la vida real.
¿Querés dejar un mensaje final a los lectores?
Siempre comparto una frase que me representa: “morir joven lo más tarde posible”. Creo que la clave está en que cada uno busque su mejor versión. Si uno intenta ser la copia de otro, nunca será feliz. Pero si logra ser su propia mejor versión, tiene asegurada una vida plena.
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