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El juez Walter Venditti: “Los jueces argentinos son el producto de la clase media argentina”

En una nueva edición de Sr. Juez, el magistrado del Tribunal Oral Federal N.º 2 de San Martín habla sobre su historia de movilidad social a través de la educación pública, el ingreso a Tribunales durante la vuelta de la democracia y sobre cómo es juzgar al narcotráfico en una de las jurisdicciones más calientes del país.

Walter Venditti es juez del Tribunal Oral Federal N°2 de San Martín donde juzga al narcotráfico y al crimen organizado
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Walter Venditti nunca imaginó que iba a ser juez. Hijo de un trabajador de la construcción italiano y de una modista, fue el primer universitario de su familia. Creció en un barrio de clase media de la Ciudad de Buenos Aires, hizo toda su formación en la educación pública y llegó al Poder Judicial como meritorio mientras estudiaba Derecho en la UBA. Más de cuatro décadas después, integra el Tribunal Oral Federal N.º 2 de San Martín, donde juzga al narcotráfico y al crimen organizado en una de las jurisdicciones más calientes del país.

En esta entrevista, la cuarta entrega de Sr. Juez, un ciclo semanal dedicado a explorar las experiencias, pasiones y dilemas que moldean el pensamiento de los jueces más importantes del país, Walter Venditti recuerda sus primeros años en Tribunales durante el Juicio a las Juntas, habla (con sorprendente calma) sobre las amenazas y presiones de los narcos y cuenta una historia que es, en definitiva, una entre tantas historias de la clase media argentina.

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—¿Siempre supo que iba a ser juez?

—Nunca creí que iba a ser juez. Esa es la verdad. Creo que desde joven, desde adolescente, sabía que el tema pasaba por la abogacía, pero que iba a ser juez, nunca. Después de secretario de primera instancia, terminé en la Corte Suprema de Justicia trabajando como asesor, secretario, secretario letrado, en la Secretaría Técnica Penal. Jamás pensé en ser juez de la Corte en ese momento. Y, bueno, después de unos veinte años de trabajo en la Corte, decidí concursar para juez de cámara, que era el cargo inmediato superior. Aspiraba a ser juez de cámara o secretario de corte, eventualmente. Pero salió primero lo de juez de cámara y aquí estoy.

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—Esa primera intuición en relación a la abogacía cuando era chico, ¿de dónde venía? ¿De algún familiar, algún conocido, las películas?

—Por ahí, en el colegio donde empecé, en el colegio nacional, hacía una suerte de intermediario entre el rector, los preceptores, algunos alumnos conflictivos, y abogaba por ellos. Esa vocación de poder solucionar algunos conflictos mínimos del ámbito colegial me fue llevando al mundo de la abogacía.

—¿Su familia venía del universo judicial o…?

—En absoluto, no. Mis padres, o mi padre fundamentalmente, decía con gracia que no tenía idea de dónde quedaban los tribunales. En un punto era muy cierto. Ni mi papá ni mi mamá terminaron siquiera el colegio secundario. Mi madre era ama de casa y decía con orgullo que era modista. Mi padre era un trabajador, italiano inmigrante, que vino a la Argentina con sus hermanos y su madre, sin su padre, que era veterano de la Primera Guerra Mundial. Él creyó que una forma de concluir su vida, una aspiración, era la empresa, una empresa de construcción. Se preparó toda la vida para eso. Trabajó muy duro, compró propiedades, se asoció luego con gente que puso la técnica de los proyectos, las obras, los diseños. Empezó sin saber mucho a dónde iba, pero con la idea firme de que eso era un buen negocio, una buena forma de vivir. No le fue tan bien. La Argentina con sus vaivenes económicos lo enfermó, tuvo temas importantes de hipertensión. Después se enfermó de un cáncer. Le extirparon un riñón. Vivió bastante tiempo así.

—La enfermedad de su padre, ¿en qué momento de su carrera fue?

—Cuando yo empezaba, casi cuando empezaba la carrera. Y tal vez por eso, a veces pienso que no lo pude acompañar, pero también era consciente de todo lo que implicaba estudiar o llegar a la facultad y estudiar ingeniería o arquitectura y acompañarlo, tratar de quedarnos solos en la empresa, sin la sociedad, que después fue disuelta y vendió su parte. Tal vez hubiese sido mejor, a veces lo pienso. Y a veces fue una forma, tanto mi hermana como yo, de corrernos de una ciencia exacta o de algo muy técnico para estudiar alguna ciencia social.

—Viene de una familia en donde no hubo una educación universitaria previa. Es una historia de la clase media argentina, movilidad social ascendente. ¿Lo ve de esa manera?

—Creo que sí, claramente sí. Hice la escuela pública primaria, la secundaria, el colegio nacional de mi barrio. Nací y crecí en un barrio de clase media de la Ciudad de Buenos Aires y fui a la universidad pública, con la influencia de mis padres, que creían en la educación pública, que era un valor. Pero creo que la clase media a la que ascendimos luego, porque mi padre contaba también, de manera graciosa, que cuando vino de su tierra natal no tenían ni una mesa donde comer, comían sobre una silla. Eso pintaba esa condición de muy humildes, pero transmitían el valor de que el dinero no es todo, que había otras cosas más interesantes, o que el dinero podía servir para ayudarte a educarte, a cultivarte, a solucionar tus temas de salud, a poder ayudar a alguien que lo necesite más que vos, alimentarte y no mucho más. Había otras cosas, como el respeto, una mirada más humana que lo que tenga que ver exclusivamente con el dinero.

—Cuando entró a trabajar en el Poder Judicial, ¿con qué realidades se encontró?

—El Poder Judicial y los jueces argentinos son el producto de la clase media argentina, movilidad social ascendente, como bien decís. Las historias eran más o menos similares de todos: padres comerciantes, padres trabajadores, alguno con estudio universitario, pero no necesariamente hijos de la clase alta, del empresariado argentino, ni de la estructura de cúpula del Poder Judicial. Cuando empecé a trabajar, llegué a un juzgado penal porque era lo que me ofrecieron y lo que tenía. Un amigo entrañable entró a trabajar en un juzgado penal y necesitaban allí un meritorio. En aquel tiempo, los meritorios eran no rentados, hacíamos mérito, estudiantes de abogacía, y estábamos en el último cargo atendiendo la mesa de entradas, llevando y trayendo papeles, llevando causas a notificar. Hacíamos, cuando faltaban las empleadas, el desayuno, limpiábamos los escritorios o vaciábamos un tacho de basura o de papeles. Llegábamos más temprano, antes de las siete y media teníamos el juzgado presentable para abrir la mesa de entradas y trabajar. Llegué al juzgado penal con un papelito de una agenda Citanova, una hojita que este amigo me dibujó —no había Google ni Waze—, cómo llegar al Palacio de Justicia y dónde, en el quinto piso, tenía que golpear para que me entrevisten. Recuerdo como si fuera ahora, después de cuarenta y pico de años, que cuando yo llegaba a la puerta, iba adelante un detenido con las esposas detrás y un custodio policial. Frené porque pensé que no era el lugar donde tenía que entrar. Entró él, hice una pausa, tomé coraje y era eso o nada, la puerta. Entré, era la secretaría de uno de los juzgados de instrucción donde empecé a trabajar. Esperé en un ambiente tenso, había detenidos adentro. Me hicieron entrevista, y quedé impactado. Yo ya estaba en la facultad, había empezado muy joven, di el examen de ingreso a los diecisiete años. Estaba sorprendido más con la democracia incipiente después de la dictadura militar, con la cuestión Malvinas, con los derechos humanos, las violaciones a los derechos humanos. Recuerdo que, para entrar al Palacio de Justicia, que estaba todo vallado, nunca lo vi de esa forma, solo lo vi así cuando fue lo del corralito, en 2001, 2002. Pero en aquel entonces, ahí se hizo la famosa causa trece del Juicio a las Juntas. Todas las mañanas, una gran cantidad de militantes, gente, curiosos, periodistas, querían ingresar al juicio, a la sala que estaba en la planta baja. Yo, como era un simple empleado, o tal vez menos, porque al ser meritorio no tenía ni un papel que mostrar, tenía que explicarles todos los días a la guardia y a los policías que trabajaba en el quinto piso. Después, ya familiarizado, me decían: “Sí, pasá”.

Sr. Juez - Entrevista al Juez Walter Venditti
Walter Venditti, juez del Tribunal Oral en lo Criminal Federal N.º 2 de San Martín

—Me detengo en el Juicio a las Juntas porque este fue su primer pantallazo de la vida en el Poder Judicial y luego con el tiempo pasó a ser el juez a cargo de delitos de lesa humanidad. ¿Cómo fue eso?

—Por eso te digo, cuando me preguntaste si imaginaba ser juez, impensado, mucho más impensado, inimaginado, si vale la expresión, que yo podía juzgar casos de lesa humanidad. Ya había tenido una aproximación desde la Secretaría Técnica de la Corte, porque trabajábamos con expedientes, muchos de ellos apelaciones de casos juzgados que acudían al recurso extraordinario de la Corte. Luego trabajé en una unidad de superintendencia para la promoción o facilitación de esos juicios. Encontrarme juzgando un caso fue muy fuerte. No fue uno solo, sino varios. Me encontré juzgando juicios en Campo de Mayo, de hechos ocurridos en Campo de Mayo, en La Plata, en Zárate. Hace poco terminamos un juicio muy grande de una de las causas conexas de Mansión Seré, hechos ocurridos en la zona de Moreno. Hubo varios juicios. En estos ocho o diez años, habré hecho ocho o diez juicios de lesa humanidad, algunos con mayor intensidad, otros con menor, muchos durante la pandemia, circunstancia excepcional. Dijimos: es todo o nada. Trabajamos desde casa, con una notebook. Una epopeya sacar adelante un juicio en esas condiciones, pero los hicimos. A la vez tramitamos otro tipo de juicios. La Justicia Federal de San Martín tiene una variedad de delitos interesante, desde juicios de lesa humanidad hasta juicios de narcotráfico, incumplimientos funcionales, homicidios, contrabando. Tenemos un puerto grande donde hay este tipo de delitos. Es una jurisdicción con una variedad de delitos importante, además de los casos de derechos humanos, que hay que ir juzgando, priorizando con personas detenidas, pero son casos que hay que juzgar. Evasiones tributarias, juicios grandes y otros pequeños. Mucho, sobre todo, a partir de una situación que no es normal, recién ahora podemos decir que se están cubriendo las vacantes. Tuvimos un déficit importante en la cantidad de vacantes y, en jurisdicción de San Martín, en los tribunales orales, ahora están llegando, pero somos muy pocos jueces en condiciones de hacer esos juicios.

—¿Eso incide en la administración de justicia?

—No son todo lo rápidos que quisiéramos. Nos cuesta, hacemos un esfuerzo denodado en nuestros tribunales y en los tribunales donde nos toca subrogar.

—Vuelvo a San Martín, su jurisdicción, que es una jurisdicción caliente que tiene casos de narcotráfico. ¿Su trabajo es juzgar a los narcos quizá más peligrosos del país?

—No sé si son los más peligrosos del país, pero podría decirte que hay organizaciones con una pluralidad de personas imputadas en el marco del tráfico de estupefacientes, que tienen cierta complejidad. No tienen, por ahí, la prensa o la relevancia. No conozco bien la jurisdicción Rosario, donde los medios y la justicia ponen foco y apoyaron las investigaciones para que salgan adelante. Pero sí, hay una pluralidad de personas imputadas y detenidas en organizaciones que tienen complejidad. No es lo mismo el que vende en uno o dos puestos, aunque sea de manera organizada, que el que tiene montado o tomado un barrio, o varios, o el que ingresa estupefacientes en una avioneta a gran escala y los distribuye. No todos los casos son iguales, pero San Martín tiene esa particularidad.

—¿Qué peligro supone para un juez juzgar a los narcos?

—Antes que nada, para evitar cualquier peligro, hay que trabajar y juzgar con absoluta responsabilidad, no tomar decisiones apresuradas, tomar decisiones a partir de un conocimiento del expediente, de un estudio y una conclusión certera de culpabilidad. Peligros puede haber siempre. Ser juez es una tarea de riesgo, ser juez penal me refiero. Son riesgos que asumimos y estamos preparados. Aquello que contaba de empezar a trabajar en un juzgado de instrucción cuando vi ese preso por primera vez, esa preparación te la dan los años de trabajo y de trato y de conocer qué pasa y a dónde van esos expedientes, cómo reaccionan. Te hace estar preparado para enfrentar algún tipo de situación compleja que tenga que ver con tu seguridad personal o la de tu familia.

—¿Fue víctima de amenazas, de aprietes?

—Es muy difícil, a veces, por una cuestión de efecto profesional, decir técnicamente me amenazaron, a partir de una definición de lo que es el tipo de amenazas o de amenazas coactivas, que son las más graves, o anónimas, o con armas. Hay señales: un daño a un vehículo, una maldad, en el sentido de abrirte varias líneas de teléfono a tu nombre. Son hechos que, lamentablemente, hay que denunciar. Otros, que por esa cuestión de ser estrictamente técnicos en hacer una valoración previa de lo que constituye una amenaza, uno decide soslayarlos sin dejar de tomar los recaudos del caso. Cuando escuchaste las últimas palabras y pasás a deliberar con tus colegas para decidir el veredicto en un caso importante y grave, y tenés varias llamadas a tu teléfono donde dicen tu nombre de pila o de alguno de tus hijos, o hacen un silencio, o te dicen: “Cuidado”. Cuidado no sería una amenaza exactamente conforme al tipo penal, pero es cuidado. Si hacés una conexión y estás en un momento justo de dictar sentencia, es léase cuidado con lo que vas a hacer. Ante eso cortamos, avanzamos y decimos lo que tenemos que decir y fallamos finalmente. No somos invencibles. No es que no tenemos temor. Sabemos que es una profesión de riesgo, pero así y todo, tenemos el cuero duro y vamos para adelante. O a veces la amenaza no es exactamente una amenaza en el sentido estricto del tipo penal, sino un escrito fuerte diciendo que lo que estás haciendo en tal caso amerita una denuncia en el Consejo de la Magistratura, el pedido de un juicio político, en el sentido de que uno pudiera tomar alguna decisión contraria o más beneficiosa para tal o cual parte. Eso.

Sr. Juez - Entrevista al Juez Walter Venditti
Walter Venditti es el tercer invitado de Sr. Juez, el ciclo semanal de entrevistas conducido por Paula Guardia Bourdin

—Esos recaudos a la hora de amenazar hablan de un cierto grado de sofisticación, de un entendimiento de cómo funciona la justicia. ¿Cómo funciona el crimen organizado?

—No sé exactamente cuáles son los medios de los que se valen, pero las estructuras organizadas de poder existen, las empresas criminales existen y tienen medios necesarios para obtener información de determinadas cuestiones que tengan que ver con tu vida personal y las de quienes te rodean. Podrían hacer daño. Ahora, hago un punto también. Cuando llevás adelante un juicio y lo hacés respetando el derecho de defensa de quienes se presentan al juicio como imputados, escuchándolos y decidiendo finalmente a partir de la prueba y las normas legales una cuestión puntual, en el caso de una condena, no... Generalmente, si no todos los jueces serían sistemáticamente amenazados todo el tiempo. Generás un respeto, de alguna manera un código. El delincuente, o quien está del otro lado, reacciona bien porque en un punto sabe que no es un tema personal, sino una cuestión del caso, de la prueba, de la valoración del derecho y de una consecuencia que es una sanción. Te cuento un tema puntual: escuchar a un imputado en una causa muy grande decir: “Hagan lo que tengan que hacer, háganlo rápido, porque si no los vamos a hacer pollo”. Se dicen esas cosas, pero por ahí tienen que ver más con un enojo puntual y no con una exteriorización de una amenaza como delito contra la libertad individual. Nosotros evaluamos y vemos cuándo y cómo, cuál es el momento para hacer una denuncia penal y poner en marcha el mecanismo de una estructura judicial que está para atender otros casos. No los casos donde los jueces son víctimas, que nosotros tenemos nuestras herramientas para cuidarnos: custodia, cierta protección, si el caso lo amerita. Y dejar que los jueces de primera instancia intervengan en verdaderas cuestiones donde la víctima es la sociedad o alguna persona determinada que va a la justicia por un reclamo.

—Es difícil de entender de qué manera se pueden armar estructuras de crimen organizado sin complicidad del poder. ¿Es necesaria la corrupción para que se puedan armar este tipo de estructuras que habilitan, por ejemplo, el narcotráfico?

—No todos los funcionarios públicos son corruptos. No solamente los casos de corrupción se dan en el narcotráfico. La corrupción institucional opera en la obra pública, en el narcotráfico, en los delitos tributarios. Son casos que uno tramita o tramitó y fueron comprobados. Hay funcionarios de una fuerza policial o determinada fuerza de seguridad o de inteligencia vinculados a casos de narcotráfico. Podría decir que es un caso de corrupción. El policía que tiene que investigar que no se trafiquen estupefacientes, si aparece en un vehículo, aun pintado de la policía, con doscientos kilos de droga, evidentemente, hay un caso de corrupción, no funcionaron bien los controles y merecen ser juzgados. No es exclusivo del narcotráfico.

—¿Puede tener una vida normal?

—Con las limitaciones del caso y en determinados momentos, hay que tomar más recaudos, pero tengo una vida normal. Nací y crecí y vivo, si bien me mudé en dos ocasiones en un radio de quince a veinte cuadras, en el mismo barrio donde estudié y donde hice el colegio primario. Tengo una vida absolutamente normal. Voy a correr a la plaza, salgo con mi perro a pasear, voy a hacer las compras los fines de semana, pregunto el precio del pan, de la verdura, de la carne y elijo el mejor corte para hacer un asado. Creo que tengo una vida normal y mi función como juez para nada influye o determina que yo haga tal o cual cosa en mi vida cotidiana. Algunos colegas van y dan clases en la facultad, otros ya están cansados y llegan tarde porque trabajan en sus sentencias. Trato de hacer una vida normal, tomando algunos recaudos, pero sí, creo que sí. Si hago una ecuación, trato de hacer una vida normal.

—Pienso en todo lo que me contó, en los peligros que implica su trabajo. Sin caer en victimismos, ¿le molesta, le preocupa? ¿Qué siente respecto a la mirada que tiene la gente en relación a los jueces?

—Hay que estar muy atento a la mirada social. Las críticas de la sociedad y del periodismo no hay que esquivarlas, hay que hacerse cargo, porque si las críticas son muchas y variadas y algunas fundamentadas, quiere decir que nos estamos equivocando. El esfuerzo cotidiano, por lo menos de mi parte y de muchos otros jueces, es hacer lo mejor todos los días. Salgo todos los días a dar lo mejor de mí en cada audiencia, en cada sentencia, y lo digo en la cara y después lo escribo. No me puedo hacer cargo de que las cosas las hago mal. Puedo equivocarme en algún criterio, claro que sí. Para eso están las apelaciones y los tribunales superiores para corregir: la Cámara de Casación Penal, la Corte, mis fallos y los de mi tribunal. Si algo anda mal en el Poder Judicial, tenemos que hacer una crítica puertas adentro y tratar de mejorar el sistema para que sea más transparente, más justo, para que podamos hacer los juicios en menor tiempo. Esto se da en la crítica fundamentada de quien conoce el día a día de los tribunales. A veces también hay una falta de información sobre lo que se hace en la justicia. Esto, desgraciadamente, o en muchos casos, no llega. Llega la mala noticia de que el juez liberó a tal o cual, pero no llega la noticia del juez que dictó una sentencia condenatoria en un caso de trata de personas, de corrupción institucional, de narcotráfico, de lesa humanidad. Tal vez eso no llega y la gente ve en ese descontento, en ese marco de descontento social, lo malo y no lo bueno. Te das cuenta cuando la víctima de un secuestro, cuando juzgás un caso, te lo agradece la víctima o el padre de la víctima, o todos juntos. Dicen: “Yo no pensaba que esto era así, pensé que nunca los iban a condenar”. Ahí hay una falta de información o están agradecidos porque desconocían que esto se hace así y que los jueces dictan sentencias que son reparadoras. Falta una forma de comunicar que exceda a lo que podemos transmitir en un reportaje, en una charla. Los jueces tienen que dar la cara, aun equivocándose o a fuer de que se los tilde de que toman posición, tenemos que ser muy cuidadosos con lo que decimos. Pero tal vez lo que falta es un comunicador, alguien que transmita desde el periodismo, la comunicación social, qué es lo que se hace en el día a día de la justicia. Cuando el periodismo habla de Comodoro Py, de los jueces federales… Comodoro Py es el nombre de la calle. Hay tribunales federales en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, como en San Martín, como en Ushuaia, no es lo único que pasa de la justicia federal. Pasa en el resto del país. Nadie sabe mucho en qué andan nuestras causas de abusos institucionales, trata de personas, narcotráfico, crímenes de lesa humanidad, que a diario tramitamos y sentenciamos y empezamos nuevas en San Martín, por ejemplo. San Martín está a diez minutos de la General Paz y a media hora del Obelisco. Nadie sabe tampoco qué pasa en la jurisdicción de Chaco o de Rawson.

—¿Le gusta ser juez?

—Me siento muy cómodo. Creo que no sabría hacer otra cosa con tanta dedicación, con tanto amor, con tanto cariño. Es muy gratificante aún el trato con quien... Esto es de frente, sinceridad pura, es entregar todo, aun a quien le vas a decir que lo estás condenando a cierta cantidad de años de prisión, desde el respeto, porque detrás de todo eso y más allá de nuestro trabajo y de la culpabilidad que acreditás y decís luego, detrás de cada uno de los justiciables, victimarios y víctimas, hay un ser humano a quien hay que respetar, y lo damos todo. Por eso me siento muy cómodo. Tal vez sería muy feliz haciendo otra cosa, pero no sé. Desde muy pequeño empecé con esto y cada vez me fue interesando más aquel trabajo de cuando era pinche. Vos me preguntaste: “¿Alguna vez imaginó ser juez?”. No, pero después sí, vino naturalmente. No fui juez muy joven. A los 30 años fui nombrado secretario letrado de la corte con rango de juez de primera instancia. Era un asesor de los ministros de la corte, escribía los proyectos que entendía que podían escribir los ministros, más allá de que ellos los hacían con sus propios asesores. Fui juez después de los 50 años y me parece que también eso tiene que ver. Me siento muy cómodo con todo lo que aprendí, con todo lo que di. Fui docente, pero hoy estoy ciento por ciento dedicado a la tarea de ser juez. Me siento muy feliz y hacer justicia y dar a cada uno lo que le corresponde nos deja tranquilos para reencontrarnos con la familia, charlar de lo cotidiano. Estoy contento con eso, soy feliz y no pienso en ninguna otra salida, ni siquiera en la salida formal de los setenta y cinco años. Parece que en cuarenta y dos años hubiese vivido muchas vidas dentro de la justicia. La justicia de instrucción, la corte, luego el tribunal oral. Pero jamás pienso en irme, en retirarme, en presentar mi jubilación, a pesar de que hay colegas que a los 60 años se han ido. Yo tengo 61 años y no, para nada pienso en eso. Hoy estoy muy contento también porque mi tribunal va a estar integrado con tres jueces titulares. Después de muchos años de idas y vueltas, quedé como único juez titular del tribunal. Ahora tengo dos jueces nombrados recién por el poder ejecutivo, que han dado sus concursos, revalidado y el Senado aprobó el pliego. Hoy los tengo en mi tribunal para integrar un colegiado y estoy ávido de iniciar una causa, de cerrarla, de debatir, de poder dictar un fallo que asegure los principios y valores de la justicia y que conforme a todas las partes, aun con los disensos de la apelación.

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