
Stalin leyó con escepticismo el mensaje codificado urgente que, con fecha del 12 de mayo de 1941, acababa de enviar desde Tokio el espía conocido como Ramsay al servicio de inteligencia soviético. Según el cable, por información obtenida de documentos que guardaba el embajador alemán en Japón, los nazis concentrarían en un muy corto plazo entre 150 y 170 divisiones del ejército en la frontera con la Unión Soviética para iniciar una invasión cuya fecha probable sería el 20 de junio. El líder soviético no creyó que la información fuera cierta y exigió que Ramsay enviara reproducciones de esos documentos para comprobar su autenticidad. Desde la capital japonesa, el espía respondió que podía mandarlos a través de unos agentes en Shangai, pero que eso demoraría mucho tiempo y la invasión parecía inminente. Desesperado y poniendo en riesgo su seguridad, se arriesgó a hacer una transmisión de radio donde prácticamente rogó que le creyeran. Fue entonces cuando Stalin pronunció una frase que costaría millones de vidas: “No voy a confiar en un pervertido que organiza fábricas y burdeles en Japón”, dijo.
El líder soviético no confiaba en Richard Sorge – el verdadero nombre del espía Ramsay – a pesar de que en el pasado había informado con anticipación sobre la invasión japonesa a Manchuria en 1931, los planes posteriores del imperio nipón para atacar China en 1937 así como, en 1939, el ataque sobre la frontera soviética en Nomohan, Mongolia, cuando los japoneses ocupaban Corea y querían probar la fortaleza defensiva de la Unión Soviética. Aún así, la frase de Stalin para describir a Sorge – aunque no su desconfianza – tenía fundamento. El espía había armado una empresa de copiado muy redituable en la capital japonesa, que le servía de fachada y de fuente de financiamiento para parte de las actividades de su red local de agentes. Además, Sorge pasaba las noches en los bares, donde se lo veía acompañado de diferentes amantes.
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Para el secretario general del Partido Comunista soviético pesaban más esas “fallas morales” que la indudable eficiencia de Sorge. Desde su llegada a Tokio en 1933 como corresponsal diario alemán Frankfurter Zeitung, no sólo había armado la red de espionaje soviética más importante de Asia, sino que cultivaba importantes relaciones en lo más alto del gobierno japonés. Había logrado también ganarse la confianza y la admiración del embajador alemán, que lo había designado agregado de prensa y virtual secretario, lo que le había permitido obtener esos documentos secretos que anunciaban la invasión y que Stalin había rechazado.
Cuando el 22 de junio de 1941, dos días después de la fecha anunciada con anticipación por Sorge, Hitler lanzó la “Operación Barbarroja” ya era tarde. Las fuerzas alemanas avanzaron con rapidez a pesar de la resistencia de las desprevenidas tropas soviéticas. Stalin nunca reconoció haberse equivocado al desechar el informe de Richard Sorge, pero dos meses después le pidió ayuda para tomar una decisión que cambiaría el curso de la Segunda Guerra Mundial.
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Ruso-alemán y comunista
Richard Sorge nació en Bakú el 4 de octubre de 1895, hijo de una rusa, Nina Kobeleva, y del ingeniero alemán Wilhem Sorge, que trabajaba para una compañía alemana que realizaba obras en los campos petroleros de Bakú. En 1897, cuando el contrato de su padre terminó, la familia se trasladó a Alemania y se instaló en Berlín. Richard tenía cuatro años.
Como estudiante fue brillante y terminó el bachillerato con honores. Estaba cursando la carrera de Ciencias Políticas cuando estalló la Primera Guerra Mundial. Se alistó entonces como voluntario en el ejército alemán y lo destinaron a un regimiento de artillería. Fue herido tres veces y la última de esas heridas, en una pierna, le dejó una cojera permanente y le valió también ser condecorado con la Cruz de Hierro. Corría 1918 y mientras se recuperaba en Berlín, continuó con su carrera y se empezó a interesar por la Revolución Rusa, que acababa de llevar a los bolcheviques al poder. Según algunos de sus biógrafos, ese interés por el socialismo se debió en parte a que su abuelo, Adolf Sorge, había sido amigo de Karl Marx e integrante de la Primera Internacional Socialista.
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Se afilió al Partido Comunista Alemán en 1919, poco antes de doctorarse. Corrían tiempos convulsionados, con la oleada revolucionaria encabezada que tenía como figura más destacada a Rosa Luxemburgo. El fracaso de la revolución y la represión posterior lo obligaron a refugiarse en Rusia, donde comenzó a trabajar con el Komintern, que tenía la misión de agrupar los partidos comunistas en el extranjero para extender la revolución bolchevique. Poco tiempo después fue reclutado por el Departamento Central de Inteligencia Soviética (GRU), que en 1930 le asignó su primer destino como espía en Shangai, China, donde llegó acreditado como corresponsal de la Soziologische Magazin de Berlín. Así comenzó su carrera en el espionaje internacional.
Por entonces Shangai estaba bajo el dominio de los nacionalistas de Chiang Kai-Shek, y Sorge encaró dos misiones: hacer inteligencia para apoyar la lucha de los comunistas liderados por Mao Zedong y obtener información sobre los planes expansionistas chinos y japoneses que podía afectar la integridad de la Unión Soviética. Estaba en eso cuando en 1932 la anexión japonesa de Manchuria, hasta ese momento territorio chino, prendió las alarmas en Moscú sobre las posibles ambiciones niponas en el oriente soviético. Sorge ya tenía organizada una red de espionaje con una docena de colaboradores - chinos, japoneses, norteamericanos y alemanes - que fue ramificándose hasta infiltrarse en los centros de decisión de China, Japón, Manchuria, Australia y Nueva Zelanda.
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La misión en Japón
Con esa organización clandestina en pleno funcionamiento regresó a Alemania para cumplir con otra misión: hacer inteligencia sobre el nazismo recientemente llegado al poder y su jefe, Adolf Hitler, pero también sobre las crecientes relaciones entre Alemania y Japón, que preocupaban a Moscú. En Berlín hizo una jugada magistral: se afilió al Partido Nazi y consiguió que el diario Frankfurter Zeitung lo enviara a Japón como corresponsal.
En Tokio, Sorge utilizó su condición de periodista y sus conocimientos sobre la política del Lejano Oriente para establecer vínculos con las autoridades locales y con altos diplomáticos de la Embajada alemana. Entre estos últimos, entabló amistad con el coronel Eugen Ott, agregado militar de la sede diplomática, que se convirtió sin saberlo en una de sus fuentes de información más importantes. Al mismo tiempo, el espía sedujo también a la mujer del militar. Esa doble relación resultó clave, ya que el agregado lo consultaba sobre las relaciones entre japoneses y alemanes e incluso le mostraba documentos clasificados que enviaba a sus jefes militares en Berlín. Cuando en 1938 Ott fue nombrado embajador, designó a Sorge como secretario de prensa y le dio un acceso casi total a la información que manejaba, incluso la secreta.
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Al mismo tiempo, fue construyendo una red de informantes japoneses y de colaboradores extranjeros. Su fuente principal en el gobierno japonés era Ozaki Hotsumi, corresponsal del Asahi Shimbun, quien no hacía públicas sus simpatías por el comunismo. Ozaki trabajó durante un tiempo como consejero del Gabinete del primer ministro Konoe Fumimaro y mantuvo un contacto estrecho con los miembros del círculo del líder nipón, lo que le facilitó el acceso a información clasificada que posteriormente le pasaba a Sorge-Ramsay.
Los hombres más importantes dentro de la red de Sorge eran el pintor de clase alta Yotoku Miyagi, quien también ocultaba su adhesión al comunismo y era muy buscado por los políticos y militares japoneses para que les hiciera retratos; el periodista croata Branko Vukelić, corresponsal de la agencia Havas; y el operador de radio Max Clausen, único alemán de su equipo, encargado de transmitir la información de Sorge a Moscú. Clausen, además, dirigía una empresa legal de copiado de fotos y documentos, que también le servía al espía como base y a la vez como tapadera.
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El prestigio de Sorge como periodista, sus vínculos con el poder y su fama de mujeriego terminaron armando la imagen que deseaba dar a todos: la de un bon vivant rico, culto y divertido. Se le conocía una amante permanente, la mesera y cantante japonesa Hanako Ishii, que parecía no molestarse por su costumbre de saltar de cama en cama. En realidad, era otra integrante de su equipo de espías que utilizaba sus atractivos para obtener información.

La organización de espionaje que Sorge montó desde la capital japonesa funcionó durante años sin que ni los alemanes ni los nipones sospecharan siquiera su existencia. Sus medidas de seguridad – elaboradas por él y que se cumplían a rajatabla- fueron adoptadas luego por toda la inteligencia soviética. Se manejaba con tres premisas básicas: la red debía evitar todo contacto con el Partido Comunista local, sin importar si éste era legal o ilegal; no debía tener ningún integrante de nacionalidad soviética y, en caso de ser indispensable la participación de un soviético, debía tener papeles que le dieran otra nacionalidad; por último, la red debía funcionar con células, evitando que los integrantes de cada una de ellas conocieran a los de las otras ni supieran sus misiones.
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Durante esos años envió información clave a Moscú: en 1936 advirtió a sus jefes sobre la firma de un tratado anticomunista secreto entre Japón y Alemania; al año siguiente informó sobre un posible ataque japonés desde Manchuria a la frontera soviética, lo que permitió que fuera fácilmente repelido; y en 1939 elaboró un informe, en base a información obtenida en la embajada alemana de Tokio, donde avisaba que el embajador alemán le había dicho al gobierno japonés que Alemania no respetaría el pacto de no agresión recientemente firmado por Hitler y Stalin.
Su eficacia como espía no impidió, sin embargo, que cayera en desgracia. Su jefe directo en la GRU, Jan Karlovich Berzin, había sido ejecutado en julio de 1938, víctima de la gran purga ordenada por Stalin. Desde ese momento, aunque no ordenó desmantelar la red que tenían en Tokio, los informes de Sorge empezaron a ser leídos con desconfianza en el Kremlin, especialmente por Stalin, que además desconfiaba del espía por el modo de vida que llevaba en la capital japonesa.
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Fue esa desconfianza la que llevó al jefe del Kremlin a no tomar seriamente el mensaje del 12 de mayo de 1941 donde la informaba sobre el movimiento de tropas alemanas hacia la frontera con la Unión Soviética y la posibilidad de una invasión inminente. Cuando Hitler lanzó la “Operación Barbarroja” el 22 de junio de ese año, Stalin se dio cuenta la tremenda magnitud del error que había cometido al dejarse llevar por sus prejuicios.
El último aviso y el final
Escarmentado por su error, el líder soviético no dudó de la veracidad del informe que Sorge envió al GRU el 14 de septiembre de 1941. El cable cifrado tenía solo 14 palabras, pero fueron suficientes para cambiar decisivamente el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial. “Japón no atacará a la Unión Soviética si los alemanes no logran tomar Moscú”, decía.
Las fuerzas de la Alemania nazi avanzaban incontenibles hacia la capital soviética y el Ejército Rojo no tenía tropas suficientes para detenerlas sin descuidar la defensa de Siberia por donde se temía una invasión de los japoneses. Cuando llegó el mensaje de Sorge, hacía semanas que la inteligencia militar soviética le había pedido que hiciera lo imposible por averiguar las intenciones de los japoneses, pero la situación no se definía. Desde Berlín, Adolf Hitler exigía que el ejército japonés invadiera el territorio soviético, pero el alto mando nipón estaba analizando atacar las colonias inglesas, de los Países Bajos y de francesas en el Pacífico Sur. El periodista Osaki Hotsumi, el hombre infiltrado en el gabinete del primer ministro japonés Fumimaro Konoe, le venía informando día tras días que los altos mandos dudaban qué decisión tomar, hasta que el 14 de septiembre se inclinaron por avanzar en el Pacífico. Ese mismo día, Sorge envió el mensaje cifrado a Moscú.

Con esa información ante sus ojos, Stalin tomó una decisión clave: desplazar la mitad de las fuerzas que estaban acantonadas en ese frente para reforzar la defensa de Moscú. Para diciembre, quince divisiones de infantería, tres divisiones de caballería, mil quinientos tanques y otros tantos aviones habían sido reubicados para frenar el avance de los alemanes, que quedaron empantanados en una guerra de desgaste para la que no estaban preparados.
Fue uno de los últimos mensajes que el espía soviético más eficaz de Oriente pudo enviar a Moscú. En una redada de rutina, la policía militar del ejército japonés capturó a un amigo del pintor y espía Yotoku Miyagi, quien también fue detenido y torturado hasta que reveló los nombres de todos los integrantes de la red, incluyendo a su jefe, Richard Sorge. En los interrogatorios, Sorge relató cómo había montado la red de espionaje soviético en Tokio y asumió toda la responsabilidad, tratando de exculpar a sus compañeros. Después de sacarle toda la información posible, el gobierno japonés propuso a los soviéticos intercambiarlo por prisioneros japoneses. Stalin ordenó dar una respuesta terminante: “No conocemos a Richard Sorge”.
Condenado a muerte, “el espía más formidable de la historia” fue ahorcado a las 10 de la mañana del 7 de noviembre de 1944, casi un año antes la rendición de Japón. Su cuerpo fue enterrado en una fosa común en el cementerio de la prisión de Sugamo, en Tokio, donde permanecieron hasta 1950, cuando fueron trasladados a la necrópolis de Tama, en el oeste de la capital japonesa. En su tumba hay una lápida de mármol donde se puede leer en alemán, ruso y japonés: “Al héroe de la Unión Soviética, Richard Sorge. 1895-1944”. Recién en 1964, dos décadas después de su muerte, el sucesor de Stalin, Nikita Kruschev, reivindicó la memoria de Richard Sorge y lo proclamó héroe nacional.
Pese a todos esos honores, no existen películas soviéticas que cuenten la vida de uno de los espías más talentosos y eficaces de la Segunda Guerra Mundial. El primero en rescatar su historia fue el director francés Yves Ciampi con el drama biográfico ¿Quién es usted, señor Sorge?, estrenada en 1961. Paradójicamente, la película que más justicia le hace es Spy Sorge, una superproducción japonesa de 2003, protagonizada por el actor Iain Glen, que narra manera fiel su vida y el funcionamiento de su red de agentes encubiertos en Tokio.
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