La noche de los cuchillos largos y la ejecución sumaria de Ernst Röhm: “Si quiere matarme, que venga Hitler en persona”

Entre la noche del 30 de junio y la madrugada del 1 de julio de 1934, más de 85 hombres, la mayoría de ellos dirigentes de las temibles SA, la fuerza parapolicial del partido nazi, fueron asesinados por orden de Hitler para consolidar su poder. La planificación de la masacre y el final del único hombre que se atrevía a tutear al führer

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Ernst Röhm nazismo camisas pardas
Hitler con el Jefe de Estado Mayor de las SA, Ernst Röhm. Alemania, 1933/1934 (Alamy/ Grosby)

Detenido en la prisión de Stadelheim, en Munich, con todo su poder perdido en menos de 24 horas, Ernst Röhm, el otrora intocable líder de las Sturmabteilung (SA), tuvo un último gesto de soberbia. Diez minutos antes lo habían visitado en su celda el comandante del campo de concentración de Dachau, Theodor Eicke, y el oficial de las SS, Michael Lippert, para plantearle una alternativa de hierro: le dejaron una pistola cargada con una sola bala y le dijeron que tenía ese plazo preciso para suicidarse o que ellos lo matarían.

Si quiere matarme, que venga Hitler en persona —les respondió.

Cuando regresaron los recibió de pie en medio de la celda, con una actitud desafiante y el pecho descubierto. Lippert le disparó a quemarropa y murió al instante. La ejecución sumaria de Röhm marcó el punto final de la matanza que pasó a la historia como “La Noche de los Cuchillos Largos”, ocurrida entre la noche del 30 de junio y la madrugada del 1 de julio de 1934 cuando, por orden de Adolf Hitler, fueron asesinados por lo menos 85 hombres, casi todos ligados al Partido Nazi, y otros cientos fueron detenidos con la excusa de un “golpe de Estado”. Entre los muertos, además de Röhm, que fue el último en morir baleado en su celda la tarde del 1 de julio, y dos de sus lugartenientes más reconocidos, se contaban no pocos líderes nazis, dos prestigiosos generales del Ejército y decenas de “camisas pardas” (el uniforme de las SA) que, según Hitler, habían intentado desplazarlo.

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Esa fue la explicación que el líder nazi dio 13 días después en un mensaje dirigido a toda la nación. “En esa hora yo era responsable de la suerte de la nación alemana, así que me convertí en el juez supremo del pueblo alemán. Di la orden de disparar a los cabecillas de esta traición y además di orden de cauterizar la carne cruda de las úlceras de los pozos envenenados de nuestra vida doméstica para permitir a la nación conocer que su existencia, la cual depende de su orden interno y su seguridad, no puede ser amenazada con impunidad por nadie. Y hacer saber que, en el tiempo venidero, si alguien levanta su mano para golpear al Estado, la muerte será su premio”, dijo la noche del 13 de julio en un comunicado a la alta oficialidad del Ejército que el ministro de Propaganda Joseph Goebbels difundió en cadena por todas las emisoras de radio de Alemania.

Se trataba en realidad de una excusa para encubrir una purga salvaje dentro de las propias filas nazis para limpiar los intestinos del poder y catapultar a Hitler a un liderazgo definitivo que ya nadie se atrevería siquiera a cuestionar, como sí lo había hecho Röhm pocos días antes de morir teatralmente.

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Ernst Röhm nazismo camisas pardas
Ernst Röhm era uno de los iniciadores del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (nazi) y era también amigo del führer, al punto de ser el único en su entorno que se atrevía a tutearlo. También era uno de los pocos que cuestionaba sus políticas, a las que llegó a calificar de tibias (Wikipedia)

El amigo que rivalizaba

Adolf Hitler buscaba consolidar su posición sin reparar en los medios. Nombrado canciller a fines de enero de 1933, para mediados de 1934 todavía estaba lejos de acumular el poder que lo llevaría a ser el líder absoluto de Alemania en los siguientes diez años. Ya había logrado prohibir a todos los partidos políticos rivales y llevado al país a un régimen unipartidista controlado por los nazis, pero le faltaba controlar al Ejército, que respondía al presidente Paul von Hindenburg, un prestigioso mariscal de campo cuya salud estaba para entonces debilitada.

Frente a esa situación, Röhm propuso fusionar —un eufemismo de subordinar— al Ejército con las SA, que funcionaban ya no solo como grupo de choque del partido nazi —aunque mantenía cierta autonomía— sino que tenía la envergadura de una fuerza paramilitar. Röhm era un hombre de peso dentro del régimen: no solo era uno de los iniciadores del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (nazi) y había participado en el Putsch de Múnich, el fallido intento de Hitler de alcanzar el poder por la fuerza en 1923, sino que era también amigo del führer, al punto de ser el único en su entorno que se atrevía a tutearlo. También era uno de los pocos que cuestionaba sus políticas, a las que llegó a calificar de tibias. De concretarse, su propuesta de subordinar a las Fuerzas Armadas a las SA, bajo su mando, le daría un poder enorme, capaz de desafiar al de Hitler.

Röhm lo sabía e incluso lo ponía en palabras, discretamente, con sus allegados: “Si él (refiriéndose a Hitler) cree que puede estrujarme para sus propios fines eternamente y algún día echarme a la basura, se equivoca. Las SA pueden ser también un instrumento para controlar al propio Hitler”, llegó a decir.

Unido por años de lucha a Röhm, Hitler se negaba a desplazarlo e incluso le toleraba su homosexualidad confesa, algo que a cualquier otro le hubiese costado la expulsión del partido. Pero otros líderes nazis, como Hermann Göring o Heinrich Himmler, comenzaron a conspirar contra él. Göring lo odiaba desde que se habían conocido, Himmler era en teoría su subordinado y veía en su desplazamiento una oportunidad para acrecentar su poder.

Otro dirigente que veía con malos ojos a Röhm y el poder que acumulaban las SA era el ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, el barón Konstantin von Neurath, por entonces encargado de organizar una reunión cumbre entre Hitler y Mussolini. Días antes de la cumbre, le ordenó al embajador alemán en Italia, Ulrich von Hassel, que le pidiera a Mussolini que, durante la reunión, se manifestara en contra de las SA. Cuando se encontraron a fines de junio de 1934, Hitler le escuchó decir a su aliado italiano que las fuerzas lideradas por Röhm “estaban ennegreciendo el buen nombre de Alemania”. Es posible que por separado ni las críticas de Il Duce ni las de Göring y Himmler hubieran decidido a Hitler a tomar medidas contra el poderoso jefe de las “camisas pardas”, pero la confluencia de los dos flancos de ataque dio el resultado esperado.

La culminación de la maniobra fue un discurso del vicecanciller Franz von Papen en la Universidad de Marburg, donde advirtió sobre la amenaza de una “segunda revolución”. Esto llevó a que Hitler se reuniese con el presidente Hindenburg, quien le exigió que tomase represalias contra Röhm, advirtiéndole que, de no hacerlo, declararía la ley marcial y entregaría el poder a las Fuerzas Armadas. El presidente era el único hombre en Alemania con poder legal para deponer a Hitler. Para fines de junio, muy presionado, el líder tomó la decisión de sacar del medio a su antiguo amigo.

Ernst Röhm nazismo camisas pardas
De izquierda a derecha: Heinz Pernet, Dr. Friedrich Weber, Wilhelm Frick, Hermann Kriebel, Erich Ludendorff, Adolf Hitler, Ernst Röhm, Wilhelm Brückner, Robert Wagner (Alamy/Grosby)

Presión y “trapos sucios”

El ataque contra Röhm fue un movimiento de pinzas cuidadosamente planificado. Luego de su encuentro con Hindenburg, Hitler lo citó a una reunión entre el alto mando del Ejército, los jefes de las SA y los de las SS, en la que el líder de los “camisas pardas” se vio obligado a firmar un documento en el que reconocía y acataba el poder sobre las SA de las fuerzas armadas alemanas. Durante la reunión, Hitler hizo saber a los convocados que las SA se iban a convertir en una fuerza auxiliar del Ejército y no al contrario. Al término de la convocatoria, Röhm aseguró que no acataría esa resolución y que seguiría impulsando el proyecto de un Ejército dirigido por las SA.

El primer paso fue buscarle “trapos sucios” a Röhm y así justificar su suerte. La maniobra, orquestada por el propio Hitler, se llamó “Operación Colibrí”, y comenzó con una orden directa a Reinhard Heydrich, jefe de la SD, el servicio de inteligencias de las SS, para que recopilara toda la información que pudiese sobre el jefe de las SA y su entorno. Heydrich hizo falsificar un expediente en donde se sugería que Röhm había recibido doce millones de marcos para derrocar a Hitler y lo hizo enviar a los más importantes jefes de las SS. Su suerte estaba echada, solo faltaba matarlo. A él y a todos los sospechosos de simpatizar con sus posiciones.

Ernst Röhm nazismo camisas pardas
Varios dirigentes del nazismo veían con malos ojos a Röhm y el poder que acumulaban las SA. La maniobra para asesinarlo —y a todos los que simpatizaran con sus ideas— fue minuciosamente planeada (Wikipedia)

Una noche sangrienta

La masacre se perpetró a una velocidad vertiginosa. A las 4.30 de la madrugada del 30 de junio, Hitler y sus colaboradores más estrechos volaron a Múnich, donde la noche anterior las SA habían provocado serios disturbios. Desde el aeropuerto fueron directamente a la sede del Ministerio del Interior de Baviera, donde se reunieron con los líderes de la fuerza paramilitar y los detuvieron. Enfurecido, Hitler arrancó las insignias de la camisa del jefe de la policía de Múnich, por haber fallado en su misión de mantener el orden.

Al mismo tiempo que los “camisas pardas” eran conducidos a la cárcel, Hitler reunió a numerosos miembros de las SS y de la policía y fue al Hotel Hanselbauer, donde Röhm y sus seguidores lo esperaban. Una vez allí, el líder nazi en persona arrestó a su viejo amigo, que estaba custodiado por dos hombres con las pistolas desenfundadas y sin seguro. Röhm no se resistió. En la revisión de las habitaciones del establecimiento, las SS encontraron al jefe de las SA de Breslavia, Edmund Heines, en la cama con un soldado de las SA de 18 años. Los asesinaron allí mismo y los dejaron entre las sábanas ensangrentadas. Coordinadamente, otros hombres de las SS arrestaban a un gran número de dirigentes de las “camisas pardas” cuando bajaban del tren que habían tomado para acudir a la reunión con su jefe sin saber que Röhm había sido arrestado.

De regreso a Berlín, Goebbels puso en marcha la última fase del plan. Llamó por teléfono a Göring y le dijo la palabra clave, “Colibrí”, para ordenar la salida de los escuadrones de ejecución en busca de sus víctimas. El comandante de las SA en Berlín, Karl Ernst, fue ejecutado por participar en la supuesta conspiración, aunque en ese momento se encontraba pasando la luna de miel.

Luego de ser detenido por el propio Hitler, Röhm fue trasladado desde el hotel a la prisión de Stadelheim, en Munich. El Führer dudaba entre matarlo o no, en honor a la amistad de los viejos tiempos. Fue nuevamente su entorno quien lo impulsó a tomar una decisión. Le dijeron que, aun preso, Röhm conservaría su prestigio y su influencia, que mientras estuviera vivo sería un peligro. Por otra parte, si se lo enjuiciaba, la investigación llevaría a sacar a la luz las maniobras —entre ellas la falsa denuncia pergeñada por Heydrich— que habían desencadenado la purga de la “Operación Colibrí”.

Finalmente, la tarde del 1 de julio, luego de muchas vacilaciones, Hitler ordenó a Theodor Eicke, comandante del campo de concentración de Dachau, que le ofreciera a Röhm la posibilidad de suicidarse y que, si se negaba, lo matara.

Durante la “Operación Colibrí” —su verdadero nombre en código— murieron por lo menos 85 personas, aunque hay fuentes que calculan el número total de fallecidos en centenares, mientras que más de mil personas fueron arrestadas. La mayor parte de los asesinatos los llevaron a cabo las SS, el cuerpo de élite nazi, y la Gestapo o policía secreta. La purga —justificada como respuesta a un intento de golpe de Estado que nunca existió— consolidó el apoyo del Ejército a Hitler, y también sometió a la Justicia, ya que las cortes alemanas ignoraron cientos de años de prohibición de las ejecuciones extrajudiciales para demostrar su adhesión inquebrantable al Reich.

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