
Corría agosto de 1966 y nunca se había visto en el Mediterráneo semejante despliegue de barcos de guerra en tiempos de paz: 34 buques estadounidenses con una tripulación de más de tres mil marinos a bordo, a los que se sumaban decenas de aviones, los sumergibles Alvin y Aluminot, que eran los más avanzados de la época y equipos de buzos tácticos. La misión lo demandaba: recuperar una bomba atómica caída en el fondo del mar. Hacía meses que la buscaban sin suerte, hasta que el Alvin la encontró intacta a casi 900 metros de profundidad, posada en una empinada grieta submarina. La operación no se hizo sin suspenso, porque el primer intento de sacarla a la superficie fracasó cuando se rompieron los cables con que la había sujetado y se volvió a perder en el abismo. Recién la segunda vez, el día 18, utilizando un vehículo robótico submarino, se la pudo amarrar bien, llevarla a la superficie y subirla al USS Petrel.
Al dramatismo del caso, que tenía en vilo a toda España por el peligro radioactivo que implicaba tener una bomba atómica sin estallar en el fondo del mar, cerca de las costas donde muchos pescadores se ganaban la vida y decenas de españoles y turistas europeos pasaban sus vacaciones, se le sumó la demora en realizar el hallazgo. Para aventar esos temores, el ministro de Información y Turismo español, Manuel Fraga Iribarne, y el embajador estadounidense, Angier Biddle Duke, se sacaron fotos en el agua para montar una operación de prensa supuestamente tranquilizadora.
PUBLICIDAD
El hallazgo de la bomba tuvo también un ingrediente que puso en ridículo al tremendo operativo montado para encontrarla. Ninguno de los sofisticados equipos de búsqueda de los estadounidenses pudo detectar el lugar donde se estaba y solo comenzaron a buscar allí cuando, ya sin esperanzas, decidieron explorar el lugar que desde el primer día les había señalado un pescador cuyas indicaciones habían ignorado de manera olímpica. Porque Francisco Simó Orts la había visto caer desde su barco, sostenida por un paracaídas, y memorizó el lugar, pero cuando se los dijo no le hicieron caso.
Caída del cielo
La historia de la bomba había comenzado el 17 de enero, cuando un avión cisterna KC-135 y un bombardero estratégico B-52G con cargamento nuclear, ambos de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, impactaron a 10.000 metros de altura. Debido a un fallo en la maniobra de acoplamiento, ambas aeronaves colisionaron, se destruyeron y cayeron. Los cuatro tripulantes del KC-135 fallecieron, al igual que tres del B-52. En cambio, cuatro tripulantes del bombardero lograron eyectarse, pero el paracaídas de uno de ellos no se abrió. Otro miembro de la tripulación se lanzó a través de una escotilla abierta por una de las eyecciones, porque el B-52 contaba con solo seis asientos eyectables.
PUBLICIDAD
Las cuatro bombas termonucleares Mark 28 que transportaba el bombardero, 65 veces más destructivas que la de Hiroshima, se precipitaron al vacío. Afortunadamente, ninguna de ellas estalló y el fuselaje incendiado de los aviones no causó daños al caer al suelo. Tres de ellas cayeron en tierra, donde dos se fragmentaron sin estallar y la otra quedó prácticamente intacta, mientras que la restante cayó al mar.
Casi de inmediato, soldados estadounidenses apoyados por miembros de la Guardia Civil española realizaron la limpieza de los restos de las dos bombas que quedaron esparcidos en el área y retiraron la otra, pero la del mar no pudo ser recuperada durante esos trabajos. Durante los primeros nueve días, solo se la buscó en tierra, una operación de la que participaron varios cientos de soldados y guardias civiles que recorrieron a pie las zonas contaminadas.
PUBLICIDAD
Esas tareas se hicieron en el mayor de los secretos, tanto que no existen informes oficiales sobre la evolución salud de los miembros de la Guardia Civil que ayudaron a los soldados estadounidenses enviados a limpiar la zona, aunque se sabe que no recibieron protección alguna pese a que había residuos de plutonio y otras sustancias peligrosas. En cambio, los soldados estadounidenses trabajaron con equipos de protección adecuados para enfrentar la radiación.
La operación fotográfica
Mientras la cuarta bomba seguía sin aparecer y los rumores sobre la existencia de peligro radioactivo en las playas de la región de Almería comenzaron a correr cada vez con más fuerza. Fue entonces cuando a Fraga Iribarne se le ocurrió montar la operación de prensa de su baño en el mar. Fue tomada el 7 de marzo de 1966 y es una imagen poco menos que insólita para un funcionario de la pacata dictadura franquista, que solo mostraba a sus hombres enfundados en impecables vestiduras, en posturas marciales o devotas y con los pechos siempre henchidos de santa prepotencia.
PUBLICIDAD
La toma que más se difundió en los medios lo muestra saliendo del agua en la playa de Palomares, en Almería. Se lo ve con un traje de baño oscuro, de tiro alto, subido hasta por encima del ombligo de la fláccida panza del hombre que, eso sí, mantiene la cara seria que era marca de fábrica en los esbirros del generalísimo Francisco Franco. El agua le llega hasta las rodillas, pero el pelo y la malla mojados evidencian que el ministro se ha dado por lo menos un chapuzón. Parece una fotografía casual, pero fue cuidadosamente planificada por una necesidad política que no solo era del gobierno español sino también de Estados Unidos. Porque a esa foto se sumaron otras, donde no solo Fraga chapoteaba en el mar, sino que también lo hacían el embajador estadounidense, Angier Biddle Duke, y otros miembros de la legación diplomática para mostrar que los yanquis también ponían el cuerpo para mostrar que ahí no pasaba nada.

Se trataba de mostrarle a España y al mundo que esos rumores de peligro radioactivo no tenían fundamento. Para la dictadura franquista, la foto de Fraga Iribarne apuntaba también a otra necesidad. Para mediados de la década de los ’60, el turismo comenzaba a ser una importante fuente de ingresos en moneda extranjera que ayudaba a mantener a flote a la alicaída economía española. Había de que demostrar entonces que las aguas del mediterráneo español eran seguras para los visitantes. “Aprovechándose de que la información mediática y tecnológica estaba en la España franquista prácticamente controlada en su totalidad por el Estado, Duke y Fraga espectacularmente mostraron al mundo que la costa mediterránea española aparecía no sólo libre de contaminación radioactiva, sino que se encontraba a disposición del capital financiero en el proyecto de reconversión turístico-inmobiliario español”, explica Teresa Vilarós en El baño del ministro y el embajador.
PUBLICIDAD
Dudas sobre la autenticidad
El mismo día que se publicaron las primeras fotos comenzó a correr el rumor de que todo era una operación de prensa y que esas imágenes no se habían tomado en Palomares sino en otras playas muy distantes del verdadero lugar del peligro. Se dijo que las fotos de Fraga tenían en realidad como escenario otra playa, Mojácar. Lo que sucedió en realidad fue que hubo tres fotos, tomadas en diferentes momentos. Las dos primeras, registradas el 7 de marzo, fueron registradas con diferencia de minutos en la playa de Palomares. Una muestra a Fraga saliendo del mar en soledad; la otra al ministro chapoteando en el agua con el embajador estadounidense. Finalmente, la tercera, nuevamente con el embajador y otros diplomáticos, fue tomada diez días más tarde, el 17 de marzo, en el balneario de Mojácar, con motivo del anuncio de la inauguración de un parador.
El asunto fue investigado a fondo por el periodista Juan Martínez Ruiz, del periódico Almería hoy, donde escribió: “El segundo y famoso baño, el protagonizado por Fraga en compañía del embajador Duke y de otras personalidades, aconteció unas horas más tarde (del primero, con Fraga en soledad) en Palomares. Por suerte, existe un amplio archivo fotográfico de esta zambullida, multitudinaria en comparación con la primera, y analizando algunas de estas instantáneas podemos concluir que el emplazamiento de este remojón corresponde sin duda a Palomares. En este sentido, varias de estas fotos muestran a Fraga acompañado del diplomático posando y saludando desde el agua, tienen como marco una lancha de desembarco de la Marina de los Estados Unidos y sobre todo, se divisa de fondo con claridad la curva que la costa dibuja en la playa de Quitapellejos y que finaliza en la Punta de Los Hornicos, muy cerca ya de la desembocadura del Río Almanzora, así como el perfil inconfundible de Sierra Almagrera”.
PUBLICIDAD
En su artículo cita también varias crónicas de aquel momento, como la de Mateo Madridejos, redactor de El Periódico de Barcelona: “Este periodista confirma la existencia de dos zambullidas y sobre todo, alude en sus narraciones a que el baño de Fraga tiene lugar en Palomares ante una multitud de periodistas, españoles y extranjeros, muchos de los cuales se desplazaron desde Madrid en un viaje organizado por el Ministerio de Información y Turismo, con intenciones obviamente propagandísticas”, escribe Martínez Ruiz.
Documentos secretos
Existen documentos secretos que desmienten la tranquilidad que se buscó transmitir con esas fotos. Cuando se metieron al agua, tanto Fraga como Duke eran conscientes de que la zona estaba contaminada. Quizás calcularon que unas pocas horas en el lugar y un par de zambullidas no los afectarían durante la puesta en escena que montaron para mostrar que no había peligro alguno en bañarse en Palomares.
PUBLICIDAD
Uno de esos documentos, que data de 1967 pero fue desclasificado décadas más tarde, deja en claro que la dictadura franquista sabía perfectamente que los pobladores de la zona habían sido afectados por la radiación. El documento está fechado el 21 de febrero, y en su parte superior tiene un texto escrito a mano en dos colores que dice: “Palomares”, en rojo, y “radioactividad”, en azul. En él se habla de una reunión en el despacho de Manuel Fraga ante “la posibilidad de que varios habitantes de Palomares resulten gravemente afectados por la radioactividad, según parece desprenderse de una exploración llevada a cabo en Torrejón (de Ardoz, en Madrid, donde hubo una base militar estadounidense) con aparatos ultramodernos y efectuada sobre las 62 personas que el pasado año estuvieron ya en observación por presentar algún síntoma sospechoso”. Allí se puede leer además una advertencia: “Si la noticia trasciende y llega a los medios informativos, dará lugar a una campaña de verdadero escándalo dirigida tanto contra los Estados Unidos como contra la Administración española”.

Otro informe desclasificado precisa qué tipo de contaminación sufren los vecinos de la zona. Lleva por título “Determinación de la posible contaminación interna con Pu-239 de habitantes de Palomares”, y deja constancia de que “la mayor parte del Pu-239 posiblemente inhalado lo habrá sido en forma de óxido insoluble, que puede permanecer retenido en los pulmones durante un largo periodo de tiempo”. Dice también que es necesario hacer un seguimiento de la salud de la población y que los daños en las personas pueden aparecer 30 o más años después de la exposición de la contaminación”.
PUBLICIDAD
Hubo que esperar el fin de la dictadura franquista para que se hiciera público el grado de contaminación radioactiva de Palomares. En 1980 se realizaron estudios que demostraron que, 14 años después de la caída de las bombas y el baño de Fraga, la contaminación residual era de 2500 a 3000 veces superior a la de las pruebas atómicas que, por ejemplo, se realizaban en el atolón de Bikini.
Del episodio de la recuperación de la bomba que estaba en el fondo del mar también queda un dato de color. Desde ese día, Francisco Simó Orts, que a partir de entonces fue conocido en toda España como “Paco, el de la bomba”, el pescador que indicó su localización exacta, pasó a la historia como “Paco, el de la bomba”. En agradecimiento, fue distinguido con un diploma de honor y una medalla en la embajada de Estados Unidos en Madrid y recibió un cheque de 7.000 dólares, unas 15.000 pesetas de esos tiempos.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
Una cárcel falsa y estudiantes convertidos en guardias y detenidos: el experimento humano que se salió de control y fue cuestionado
En agosto de 1971, el psicólogo Philip Zimbardo creó una cárcel ficticia en el subsuelo de la Universidad y asignó al azar a 24 estudiantes por 15 dólares diarios los papeles de guardias y detenidos. La experiencia debía durar dos semanas, pero terminó abruptamente cuando la brutalidad, la humillación y el deterioro psicológico hicieron imposible continuar. Medio siglo después, el famoso ensayo sigue siendo discutido y cuestionado

Alonso de Contreras, el hombre más buscado por el sultán que dejó una autobiografía oculta durante tres siglos
Soldado, corsario y caballero del Siglo de Oro, recorrió Europa, el Mediterráneo y América antes de narrar una vida de combates, persecuciones y aventuras que siglos después inspiraría al capitán Alatriste

Kathrine Switzer en la Maratón de Boston: el desafío a una norma excluyente y el costo público de correr contra las reglas
La corredora alemana retó la tradiciónal organización, se infiltró en la competencia y marcó un punto de partida para la participación femenina en la disciplina

La falla en una puerta de carga que provocó 346 muertes y cambió la seguridad aérea
El vuelo se estrelló cerca de París apenas nueve minutos después del despegue y expuso un problema en el sistema de cierre que ya había generado alertas previas, lo que llevó a revisar controles y normas de la aviación comercial

La foto acertijo: ¿quién es esta joven actriz que convirtió la elegancia y la frialdad inglesa en un arte?
Nació en una familia sin antecedentes artísticos, abandonó la escuela a los 16 años para estudiar actuación y construyó una carrera de más de seis décadas, con dos Oscar y siete premios BAFTA



