
Desde 1899, una estatua de bronce de Oliver Cromwell se alza frente al Parlamento británico. Sin embargo, en Irlanda su nombre continúa asociado a algunas de las matanzas más recordadas del siglo XVII. Como Lord Protector de Inglaterra, encabezó una campaña militar que provocó una profunda crisis demográfica y dejó consecuencias territoriales y religiosas que perduraron durante generaciones.
Cromwell fue uno de los principales impulsores del New Model Army (Nuevo Ejército Modelo), una fuerza revolucionaria en la que los ascensos dependían del mérito y no del origen social. Sus hombres, conocidos como Ironsides (Costillas de Hierro), marchaban al combate entonando salmos. Tras la derrota y ejecución de Carlos I en 1649, Inglaterra abolió la monarquía y dio paso al Commonwealth, una república que pronto debió enfrentar uno de sus mayores desafíos: el conflicto irlandés.
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La isla, mayoritariamente católica, se había rebelado en 1641 con un saldo de colonos protestantes ingleses y escoceses muertos. Los realistas, partidarios del hijo del monarca decapitado, se habían aliado con los confederados católicos irlandeses. Para Cromwell, Irlanda no era únicamente una amenaza política y militar: era una tierra de herejes que debían responder ante la ira de Dios.
Drogheda y Wexford: el terror como táctica de guerra

En agosto de 1649, Cromwell desembarcó en Dublín al frente de 12.000 hombres y artillería pesada. Su primer gran objetivo fue la ciudad fortificada de Drogheda, ubicada unos 50 kilómetros al norte de la capital. Tras abrir una brecha en las murallas con sus cañones, el Lord Protector ofreció a la guarnición la posibilidad de rendirse. Ante el rechazo, dio la orden de no dar cuartel.
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Alrededor de 3.000 soldados realistas y un número indeterminado de civiles y clérigos católicos fueron asesinados. El episodio más extremo tuvo lugar en la iglesia de San Pedro, donde decenas de defensores se habían refugiado en el campanario.
Las tropas parlamentarias prendieron fuego al templo con los hombres dentro. En las cartas que Cromwell dirigió al Parlamento tras la batalla, justificó la matanza como “un justo juicio de Dios sobre estos bárbaros miserables”, según reproduce National Geographic.
Semanas después, la violencia se trasladó a Wexford. Mientras se negociaba la rendición de la ciudad, las fuerzas parlamentarias irrumpieron en ella y masacraron a unas 2.000 personas, entre ellas cientos de civiles. El objetivo declarado era aterrorizar al resto de las guarniciones irlandesas para que se rindieran sin combatir. La estrategia surtió efecto, aunque con un alto costo de vidas.
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El colapso demográfico

Las matanzas de Drogheda y Wexford fueron apenas el prólogo de una política de tierra quemada que se extendió durante años. Las tropas inglesas destruyeron cosechas, arrasaron aldeas y eliminaron los recursos de subsistencia de las guerrillas irlandesas, conocidas como los tories.
La combinación de combates, hambruna inducida y epidemias —incluyendo brotes de peste bubónica— se tradujo en la muerte de unas 600 mil personas, de acuerdo con los cálculos del economista del siglo XVII William Petty, cifra que representa una pérdida demográfica de aproximadamente el 41% de la población total de la isla, una proporción que supera a la de muchos países durante la Segunda Guerra Mundial.
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El impacto no se limitó a las bajas directas. El gobierno de Cromwell promulgó el Acta de Establecimiento de 1652, que confiscó casi la totalidad de las tierras católicas y forzó a sus propietarios al exilio en la empobrecida provincia de Connacht.

Decenas de miles de irlandeses, entre ellos mujeres y niños, fueron capturados y deportados como mano de obra a las plantaciones de azúcar de Barbados y otras colonias caribeñas bajo la figura de los llamados “siervos no remunerados”.
National Geographic señala que la memoria de aquella conquista pervive en la cultura irlandesa bajo la expresión “la Maldición de Cromwell”, una frase que condensa siglos de agravio colectivo.
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La estatua de bronce frente al Parlamento de Westminster sigue en pie, pero en Irlanda la figura del Lord Protector nunca dejó de ser la del arquitecto de una de las mayores tragedias de su historia moderna.

Cromwell murió en 1658, convencido hasta el final de haber ejercido como la espada de Dios. Su república no lo sobrevivió mucho tiempo: en 1660, la monarquía fue restaurada con Carlos II en el trono.
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