
La serie The Pitt podría ser una más de entre las tantas ficciones televisivas que cuentan cómo se vive y se muere en la sala de emergencias y guardia de un hospital cualquiera en Estados Unidos.
Pero definitivamente no lo es. Dentro del clásico género que muestra la tarea de los médicos por mejorar el estado de salud de aquellos que son llevados en ambulancias hasta el hospital The Pitt se destaca. Cada capítulo de la serie relata lo que sucede en una hora del día.

Tal vez sea por la crudeza de las imágenes que, entre otras cosas, permiten ver un parto en primer plano o una fractura expuesta sobre una camilla anegada de sangre. Obviamente, como toda serie que se precie, en The Pitt hay lugar para cuestiones personales de los médicos, residentes, enfermeros, ambulancieros y personal de seguridad que trabaja en el lugar. Es por ello que sabemos que una médica perdió un embarazo, que otra usa pulsera electrónica por una agresión a la esposa de su ex marido, que un médico se queda con medicamentos y que todos protestan por la falta de presupuesto.
Esa falta de inversión del hospital en mayor cantidad de personal hace que la sala de espera de la guardia, donde están sentados aquellos que tienen padecimientos que no revisten gravedad, esté siempre atestada. Y además de las quejas habrá insultos, agresiones entre los pacientes y violencia hacia los que trabajan en el hospital.
El jefe de turno del área de emergencias es el médico Michael “Robby” Robinavitch. Experimentado y una especie de Biblia de los emergentólogos. Cuando hay un problema grave, más grave que los que hay habitualmente, lo llaman y él tiene la solución a mano. Cuando alguien necesita un consejo, allí está “Robby”. Es el que ordena. Es el que prepara todo cuando le avisan que hubo un tiroteo en un recital y que el área de emergencias del Pittsburgh Trauma Medical Center (donde transcurre la serie) tendrá que atender a los baleados.
La serie se estrenó en enero de 2025 y va por su segunda temporada, que consta de 15 capítulos como la primera. Ganó varios premios Emmy y otros importantes reconocimientos por la calidad de las historias y el desempeño de los actores y actrices que personifican a los que se dedican a socorrer a los que tienen que ser urgentemente aliviados. En la trama, además de narrar lo que les pasa a los protagonistas y a los pacientes que llegan para ser atendidos, hay lugar para, aunque sea por unos minutos, recordar algún hecho histórico.
Tan es así que en el capítulo 8 de la primera temporada - que transcurre entre las 2 y las 3 de la tarde del 5 de septiembre de 2025 - mientras casi todos los integrantes del equipo médico tratan de salvar a una niña de seis años que cayó en una pileta, atienden a un hombre que perdió una falange y asisten a un borracho que tropezó en la vereda y se lastimó, sucede algo poco común.

En el minuto siete del episodio entra un hombre negro de 81 años llamado Willie Alexander, que padece demencia, y fue derivado a la sala de emergencias por una dolencia cardíaca. Tiene un marcapasos y ha dejado de funcionar. Eso le produjo un pre síncope. Mientras los médicos y asistentes hablan en términos científicos, y dan instrucciones que no son entendibles para los ciudadanos de a pie, Willie hace aportes en el mismo lenguaje técnico utilizado por los que tratan de curarlo. Le preguntan si es médico y él se ríe. No sabe qué día es: está perdido. Sin embargo sugiere que los doctores le apliquen atropina. Ante los movimientos a su alrededor, Willie diagnostica: “Bradicardia”. Sorprendidos, los médicos del hospital le vuelven a preguntar si había estudiado Medicina. Se ríe y les contesta que tan solo repartía cartas.
Cuando el hijo de Willie entra a acompañarlo, Robby le pregunta de qué trabajaba su padre. El hijo ratifica lo dicho: había sido empleado del correo durante 40 años. Y luego aclara que cuando su padre era chico había sido voluntario del servicio de emergencias denominado Freedom House. Es en ese momento cuando Robby sonríe porque sabe perfectamente qué fue Freedom House.
Willie cuenta, una vez que su situación mejora, qué fue aquello. Y en apenas unos minutos presenta a la audiencia la historia del que se reconoce como el primer servicio de ambulancias con paramédicos de la historia. Fue un programa en el que jóvenes negros -como lo “era” Willie hace más de medio siglo- aprendieron a poner vías, intubar en la calle a las personas que no podían respirar y ayudar en las emergencias médicas que sucedían en un distrito de Pittsburgh. He aquí el hecho histórico que presentó The Pitt.
Hasta la década de 1960, la medicina de urgencias en el ámbito civil de los Estados Unidos prácticamente no existía fuera de los hospitales. Si bien los cuerpos militares de ambulancias habían demostrado una probada eficacia en tiempos de guerra desde la época de la Primera Guerra Mundial, en las ciudades los pacientes que sufrían ataques cardíacos o heridas severas por accidentes vehiculares no recibían atención médica alguna al pedir auxilio.

Simplemente eran transportados de urgencia por policías, bomberos o incluso empleados de funerarias sin ninguna clase de formación médica. John Moon, un habitante del barrio Hill District en la ciudad de Pittsburgh, describía esa rústica práctica como “agarrar y llevar” (swoop and scoop).
A los pacientes los arrojaban bruscamente en la parte trasera de un furgón policial y los llevaban a toda velocidad al hospital provistos apenas de primeros auxilios básicos, una camilla de lona, un tubo de oxígeno a medio llenar y una almohada que a menudo terminaba asfixiándolos. Peor aún, los dos oficiales viajaban en la parte delantera, dejando al herido completamente desatendido en la parte posterior del vehículo.
Esa ineficacia operativa afectaba con mucha mayor severidad a los barrios habitados por minorías. En 1967, en medio de fuertes disturbios civiles y bajo la influencia de la segregación que imperaba en Estados Unidos, los residentes negros del Hill District ni siquiera contaban de manera confiable con ese nivel de transporte básico. La policía local, conformada casi exclusivamente por oficiales blancos, demoraba excesivamente en responder a las emergencias de la zona, por lo que muchos vecinos sentían una honda reticencia a solicitar asistencia policial.

El periódico local Pittsburgh Courier documentaba frecuentemente casos en los que esa marcada y racista negligencia policial culminaba en daños irreversibles o directamente en el fallecimiento de los ciudadanos afectados.
A nivel nacional, la falta de respuesta constituía una verdadera crisis; el informe federal de 1966 "Accidental Death and Disability: The Neglected Disease of Modern Society", advirtió que 50 mil personas morían al año debido a la total falta de atención prehospitalaria. Ese mismo reporte comprobó que la población afroamericana a nivel nacional padecía el peor nivel de acceso a cuidados de emergencia médica de todo el país.
Frente a esta preocupante coyuntura, James McCoy Jr., fundador de Freedom House Enterprises (FHE), buscó una solución concreta. FHE había surgido como una rama de protesta de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP) e integraba la iniciativa oficial denominada “Guerra contra la Pobreza” del presidente Lyndon B. Johnson. Aunque la organización contaba con camiones para el reparto de alimentos y promovía el empleo y el registro de votantes, carecía de los fondos económicos y de la experiencia clínica para implementar un servicio de ambulancias comunitario.

Philip Hallen, quien presidía el Maurice Falk Medical Fund y había sido conductor de ambulancias, aportó el indispensable capital financiero y contactó a Peter Safar, jefe de anestesiología del Presbyterian University Hospital y eminente pionero en el desarrollo de la reanimación cardiopulmonar.
Safar, fuertemente motivado por el trágico fallecimiento de su hija de 11 años, Elizabeth, debido a un ataque de asma en 1966 camino al hospital, ideó un sistema superador. Propuso instruir a ciudadanos de a pie sin antecedentes médicos en tratamientos de urgencia sumamente complejos, inspirándose en la logística y el desempeño de las ambulancias militares estadounidenses desplegadas en los conflictos militares del siglo pasado.

El revolucionario proyecto reclutó inicialmente a 25 personas oriundas del propio Hill District. Una gran parte de ellos eran veteranos de la Guerra de Vietnam que se encontraban sin empleo y no poseían diploma de estudios secundarios; la propia estructura municipal los había catalogado despectivamente como individuos “no empleables”.
Nancy Caroline, una médica recién graduada, asumió el rol de primera directora y elaboró un meticuloso plan de estudios de 32 semanas denominado "Cuidado de Emergencia en las Calles". Los reclutas debían atravesar 300 horas de ardua instrucción hospitalaria en materias como anatomía, fisiología, primeros auxilios avanzados, maniobras de RCP, interpretación detallada de electrocardiogramas, desfibrilación, principios de enfermería y conducción defensiva.
A la par de ese entrenamiento de alta exigencia, cursaban estudios para obtener el título secundario equivalente y atravesaban nueve meses ininterrumpidos de pasantías de campo supervisadas por profesionales en las zonas de Hill District y Oakland. Tras graduarse y abandonar empleos intermitentes para obtener un cargo asalariado fijo, los técnicos portaban orgullosos en el pecho izquierdo de su uniforme un parche oficial con el símbolo médico del caduceo de dos cabezas, validando su extrema capacitación.

En el caluroso verano de 1968, las ambulancias manejadas por los técnicos del Hill District comenzaron a recorrerlas calles operando como auténticas unidades de cuidados intensivos móviles. El personal paramédico afroamericano se consagró como pionero absoluto al efectuar complejas intubaciones en la vía pública, suministrar medicamentos por vía intravenosa y emplear desfibriladores para transmitir información cardíaca por enlace de radio a los hospitales durante el traslado.
John Moon, quien al principio observaba los traslados desde su puesto de camillero, se unió al equipo y dominó rápidamente las técnicas. Al ver que los paramédicos de su misma comunidad acudían en su auxilio, los vecinos recuperaron la confianza y dejaron de evitar los llamados de emergencia.
En su primer año, administrando cinco ambulancias, la institución respondió cerca de 6.000 llamadas, transportó a 4.600 pacientes (incluyendo 366 casos con altísimo riesgo de muerte) y salvó la vida de más de 200 personas.
La directora médica, Caroline, solía viajar con ellos, evaluando todas las intervenciones en reuniones semanales, lo que la llevó a redactar minuciosamente el primer manual oficial sobre atención paramédica en los Estados Unidos, el que, con algunas variantes, sigue vigente hasta el día de hoy.
Pese a que incontables ciudades adoptaron y emularon este exitoso modelo a nivel nacional, disputas políticas y la persistente desigualdad racial acabaron desmantelando la iniciativa operativa de Freedom House.
A medida que el estado de Pensilvania impuso los nuevos estándares de atención de salud pública, los servicios comunitarios perdieron la totalidad de su financiamiento. En el año 1975, el alcalde de Pittsburgh, Pete Flaherty, decretó sorpresivamente la creación de un servicio de paramédicos manejado íntegramente por la municipalidad.
Aunque justificaron el cierre de la organización barrial argumentando una simple consolidación administrativa, las autoridades gubernamentales incumplieron los acuerdos formales previamente firmados, impusieron exámenes escritos ajenos al currículo original y descalificaron inmediatamente a todo aquel postulante que tuviera algún antecedente penal.

Al transcurrir un año entero del traspaso, únicamente cinco de los experimentados paramédicos fundadores conservaban sus puestos. El nuevo servicio municipal, conformado en un 98 por ciento por personal blanco hasta la década de 1990, recibió finalmente todos los recursos estatales históricamente negados a la agrupación negra, relegando a los pocos afroamericanos contratados a tareas no médicas o puramente administrativas y obligando a los vecinos del sector a depender nuevamente de un esquema gubernamental excluyente, racista e insensible a su contexto.
Años más tarde, la serie The Pitt, homenajeó a su modo, a los que abrieron el camino para los paramédicos de hoy. Quienes salvan vidas en medio de situaciones en las que casi siempre sobrevuela la muerte.
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