Huesos enterrados, sádicos sexuales, perversos al acecho: cinco crímenes de mujeres que fueron asesinadas por sus “buenos vecinos”

Francisca Cadenas Márquez, Joanna Yeates, Laura Luelmo, Judith Lord y Manuela Chavero comparten la misma tragedia: fueron atacadas por el criminal menos pensado. Hombres que vivían muy cerca y que conocían todos sus pasos. Caso por caso

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El cádaver de Laura Luelmo fue hallado en un bosque cercano a su casa (EFE/Julián Pérez)
El cádaver de Laura Luelmo fue hallado en un bosque cercano a su casa (EFE/Julián Pérez)

La reciente resolución de la desaparición de una mujer, ocurrida en 2017 en España, nos interpela. Es que el asesino que acaban de meter tras las rejas no es un desconocido que irrumpió en su vida por azar; tampoco es un ex perturbado con celos y odios inmanejables. Resulta que el homicida fue nada menos que el señor de la casa de al lado, su vecino de toda la vida. Alguien lo suficientemente conocido como para no despertar ningún temor; alguien que te presta la taza llena de azúcar; el mismo alguien con quien podés comentar las noticias del día.

El fuego “amigo” provoca más miedo que los estragos de un misil disparado desde un sabido territorio hostil.

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Por esto es que cuando estas noticias se propagan encienden regueros de resquemor y contribuyen a que se alcen los muros de la desconfianza.

Francisca Cadenas Márquez tenía 59 años cuando salió de su casa la noche del martes 9 de mayo de 2017 cerca de las 23 horas. Iba de la mano con la niña que había cuidado esa tarde, hija de unos conocidos, a cambio de dinero. Como jubilada esos pequeños extras le venían bien. Salió del pasaje donde vivía y caminaron juntas unos setenta metros. Los esperaban en el auto en una esquina. La entregó e intercambiaron saludos para luego despedirse y dar la vuelta. Francisca comenzó a desandar el mismo camino que había hecho un par de minutos antes. Cuando faltaban cincuenta para llegar a su vivienda, ubicada en la calle Nueva -un angosto callejón sin salida-, saludó a un vecino. Adiós, adiós.

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Esta persona resultaría ser la última en verla con vida porque en esos escasos metros posteriores se esfumó.

Los minutos serán eternos

Su intempestiva ausencia resultó ser para siempre. ¿Qué había pasado en ese corto trayecto? ¿Alguien la había abordado y raptado por la fuerza? ¿Esa persona era alguien de su entorno? ¿Por qué no había gritado? ¿Podría haberse ausentado voluntariamente?

Durante muchísimos años la incógnita y la angustia de qué había pasado con Francisca acosó a su marido Diego, a sus hijos, nietos y amigos.

Francisca Cadena Márquez, desaparecida en Hornachos (Europa Press)
Francisca Cadena Márquez, desaparecida en Hornachos (Europa Press)

El pasado mes de marzo de 2026, a nueve años de su desaparición, la policía dio por fin con los huesos de Francisca. No estaban lejos de su casa sino ahí nomás de dónde siempre había vivido. Esto vino a desmentir hipótesis fantasiosas sobre trata de personas y tráfico de órganos. Todo era más vulgar, más sencillo y, por ende, más estremecedor.

Francisca vivía, en ese entonces, con su marido Diego con quien tenía dos hijos grandes Javier (25) y José Antonio (18). El mayor ya no vivía con ellos sino con su mujer e hijos. Quien la vio salir fue José Antonio. Ella le dijo que volvía enseguida así comían y dejó la puerta sin llave. Cuando vio que su madre demoraba salió a mirar en la calle. Vio el auto de su madre estacionado en la vereda pero ni un rastro de ella. Le avisó a su padre que no podía encontrarla. Salieron juntos a buscarla por las calles del pueblo, la llamaron a los gritos. Algunas personas del barrio se les unen. Nada. La denuncia recién la hacen temprano por la mañana, agotados de la noche que han pasado en vela.

Así fue que comenzó la infructuosa búsqueda policial en Hornachos, Badajoz, España, un pueblo de solamente tres mil habitantes.

¿Cómo podía alguien evaporarse en el aire en segundos sin que nadie escuchara ni viera nada? La situación era angustiante e inconcebible.

Francisca conocía el camino, no tenía enemigos ni amantes. La policía comenzó centrándose en esos pocos metros del recorrido: revisaron las casas cercanas, los pozos ciegos, las fincas aledañas. No vieron nada. Nadie había escuchado gritos. No había una sola pista. Pasaron días, semanas y meses entrevistando a gente de la zona, buscando un auto sospechoso denunciado. Para horror de la familia transcurrieron los años.

Julián 'Juli' y Manuel 'Lolo' González, los presuntos asesinos de Francisca Cadenas (Montaje Infobae)
Julián 'Juli' y Manuel 'Lolo' González, los presuntos asesinos de Francisca Cadenas (Montaje Infobae)

Fue recién en 2024, cuando entró a investigar el caso la Unidad Central Operativa (UCO), que las cosas empezaron a moverse. Dos hombres, los hermanos Manuel (55) y Julián (50) González Sánchez., del entorno de la familia Cadenas, fueron puestos bajo la lupa. Vivían en el número 3 de la calle Nueva, a dos puertas de distancia. Eran dos tipos un poco extraños, pero se conocían desde siempre. Incluso habían sido invitados al casamiento de Javier, el hijo mayor de los Cadenas.

En 2025 los agentes lograron una autorización judicial para instalar en la casa de los González, en los bares y restaurantes a los que asistían esos hermanos y en su vehículo, micrófonos para poder escuchar sus conversaciones. También habían colocado en ese auto un GPS.

Empezaron a monitorear día y noche todo lo que decían y a dónde iban. La determinación y paciencia con la que escucharon cada charla fue clave. En una de las grabaciones oyeron a Manuel reprocharle a Julián su comportamiento con la víctima. También detectaron que ellos hablaban de un rincón específico de la propiedad donde vivían. Los detectives comenzaron a sospechar que Francisca podría estar enterrada allí. De sus diálogos se desprendía que Julián había estado obsesionado con la mujer.

Los hermanos realizaban comentarios machistas y despectivos sobre Francisca, se ponían de acuerdo en qué tenían que decir si eran interrogados y hasta ensayaron coartadas. Julián llegó a mencionar que tendría que conseguir un abogado porque “me tienen pillado”. Estaba claro que era Manuel quién daba las órdenes y el que mandó a Julián a deshacerse los celulares. Julián no rechistó y los tiró en unos contenedores de basura.

Los detectives habían logrado la delantera. Los pusieron nerviosos.

El 11 de marzo de 2026, cincuenta agentes de la Guardia Civil llegaron a la calle Nueva, a la vivienda de los hermanos González, munidos de herramientas para registrar la propiedad que ya había sido revisada en su momento. Una vez dentro procedieron a mover unos lavarropas y unas macetas llenas de plantas ubicadas en un extremo del patio. Luego, ante la mirada atónica de los hermanos y de su abogado, levantaron las baldosas y el cemento del piso. No les llevó demasiado tiempo encontrar lo que buscaban: enseguida aparecieron huesos, elementos personales de la víctima, cuerdas y precintos.

La abogada de los familiares de Francisca Cadenas, Verónica Guerrero, ofrece declaraciones a los medios, en el exterior del Tribunal (Jorge Armestar - Europa Press)
La abogada de los familiares de Francisca Cadenas, Verónica Guerrero, ofrece declaraciones a los medios, en el exterior del Tribunal (Jorge Armestar - Europa Press)

Las autoridades procedieron a la detención inmediata del dúo.

Dentro de la casa se encontraron restos biológicos como varios dientes y una motosierra con manchas oscuras, presumiblemente sangre.

Los restos óseos se mandaron a analizar y el 14 se confirmó que pertenecían a Francisca Cadenas. El resultado de la autopsia confirmó que la muerte de la mujer se había producido por golpes en la cabeza y en el tórax y por estrangulamiento. Francisca había sido atada y amordazada. Una vez muerta, su cadáver había sido descuartizado para poder ocultarlo y enterrarlo semidesnudo.

Todo esto había ocurrido mientras la familia la buscaba a pocos metros de distancia.

Aunque parezca mentira fueron 3234 los días que transcurrieron entre que Francisca Cadenas desapareció y sus asesinos fueron identificados y enviados a la cárcel.

Julián (quien al momento del crimen tenía 43 años) terminó por declarar ser el autor material del crimen, pero, según su versión, todo ocurrió en el marco de un ataque de ira luego de que Francisca lo descubriera consumiendo drogas. Su hermano (de 48 años cuando ocurrió el homicidio) también quedó preso por su participación y encubrimiento.

Julián y Manuel, los vecinos de Francisca, incluso continuaron visitando a Ana (91), la madre de la víctima para consolarla.

La gran incógnita que resta resolver es si hubo o no abuso sexual y cuánto tiempo estuvo viva Francisca antes de ser asesinada. Los fiscales creen que el móvil fue la obsesión sexual que tenía Julián con ella.

Para saber más habrá que esperar el juicio. Pero mientras veamos otros casos de vecinos mortales.

La violencia de género sigue siendo una realidad tangible en Perú y en muchas otras partes del mundo.
Al comienzo del proceso el acusado se declaró inocente, pero el 5 de mayo aceptó ser culpable de homicidio no intencional. Un accidente, dijo. La había matado sin querer

La linda pareja del tercer piso

Joanna Yeates (25, arquitecta y paisajista) y su novio Greg Reardon (arquitecto de la firma Hyland Edgar Driver) se trasladaron en 2009 a Clifton, en las afueras de la ciudad de Bristol, en Gran Bretaña. En octubre de 2010 se mudaron a un magnífico piso, dentro del mismo barrio, en el número 44 de la calle Canynge Road. El elegante edificio victoriano de ladrillo a vista y molduras magníficas había sido convertido en unos sofisticados departamentos. Serían felices en ese barrio elegante, de gente educada, dentro de un entorno seguro.

El fin de semana del 17 al 19 de diciembre de 2010 Greg viajó para pasar el fin de semana con su familia. Joanna aprovecharía esos días para cocinar para la fiesta que tendrían en su departamento la semana siguiente y para realizar las compras navideñas. Era un buen programa.

El viernes 17 por la noche Joanna se juntó con amigos del trabajo en el Bristol Ram pub. A eso de las 20 dejó el lugar. Iría caminando hasta su casa. Unos treinta minutos.

Su novio le envió varios mensajes durante el fin de semana, pero ella no respondió. Cuando Greg volvió el domingo 19 por la noche, Joanna no estaba en el departamento. Greg tomó su celular y la llamó. El sonido del móvil de su novia lo sobresaltó: estaba ahí mismo. Lo encontró dentro del bolsillo de un saco de ella. Enseguida notó que la billetera y las llaves de Joanna estaban a la vista y que el gato estaba sin comida en su plato. Todas las alarmas de Greg se encendieron juntas. Llamó a los padres de Joanna y a la policía.

En las primeras búsquedas participaron también los vecinos del elegante edificio

La policía comenzó la búsqueda mirando las cámaras de seguridad callejeras y cotejando las llamadas de Joanna: a las 20 salía del pub; a las 20.10 dejaba el supermercado Waitrose sin haber comprado nada; a las 20.30 llamó a su mejor amiga Rebecca Scott; las 20.40 se la veía en Tesco Express comprando una pizza y dos botellas de sidra. A su casa llegaba a las 20.45.

A las 21 dos vecinos del lugar escucharon gritos.

Curiosamente en el departamento de la pareja no se encontró ningún resto de la pizza o la caja, sí las botellas. Una estaba abierta y bebida parcialmente. También estaba el ticket de la compra que había hecho Joanna. Tampoco había huellas de peleas o de una entrada forzada. ¿Podría ser que ella conociera a quien la había secuestrado?

Uno de los vecinos del edificio, Vincent Tabak, participó activamente de la búsqueda en esos días. Este holandés de 32 años, ingeniero con máster y doctorado, vivía con su novia, Tanja Morson, en un departamento del tercer piso. Ambas parejas se conocían de verse cotidianamente en el hall o en el ascensor. No eran amigos, solo conocidos.

En la primera entrevista que tuvo con la policía, Tabak señaló como sospechoso al casero del edificio, Christopher Jefferies.

El día de Navidad, el 25 de diciembre de 2010, una pareja que paseaba su perro, encontró el cuerpo de Joanna sobre la nieve. Estaba a casi cinco kilómetros de su casa y su cadáver estaba tan congelado que el análisis fue complejo. El 28 de diciembre los peritos determinaron en la autopsia que había sido un crimen: Joanna había sido estrangulada. Pero no encontraron indicios de abuso sexual.

La policía seguía examinando las cien horas de videos que tenían de los alrededores y revisando los 293 mil kilos de basura levantada del área donde estaba el edificio donde vivía Joanna.

Dos residentes del edificio aseguraron haber escuchado gritos, poco después de las 21 horas, el viernes 17.

El 28 de diciembre Vincent y su novia Tanja se fueron a Holanda de vacaciones. La policía viajó a verlos para preguntarle a Tabak sobre sus movimientos en la noche del crimen y, también, le solicitaron una muestra de ADN. Accedió.

El 30 de diciembre, a las 7 de la mañana, fue detenido

Christopher Jefferies, el casero que vivía en otro departamento del edificio. Estuvo dos días detenido, pero no encontraron nada que lo vinculara con el crimen. Lo tuvieron que dejar libre.

Luego de que los padres de Joanna, David y Teresa Yeates, hablaran por televisión sucedió algo: el 2 de enero una mujer dio anónimamente una pista que apuntaba a Vincent Tabak. Justo ese mismo día la pareja regresó a Gran Bretaña.

El 20 de enero de 2011 la policía se presentó en el tercer piso del edificio de la calle Canynge: iban a detener a Vincent Tabak. El ADN lo había incriminado.

Luego de dos días de intenso interrogatorio terminaron imputándolo por el crimen.

Al comienzo del proceso el acusado se declaró inocente, pero el 5 de mayo aceptó ser culpable de homicidio no intencional. Un accidente, dijo. La había matado sin querer.

Lo que según él sucedió fue que se saludaron por la ventana, ella lo invitó a pasar y él entró. Se sacó el saco, lo colgó e ingresó con ella a la cocina. Vincent dice que hablaron unos minutos, que él quiso besarla, que ella gritó, que él entró en pánico y le tapó la boca (“... quería que parara de gritar. Que se calmara”, dijo llorando en su declaración al tiempo que aseguraba no poder creer haberla matado y se disculpaba con los padres de Joanna). No suficiente con ello, le apretó el cuello durante un minuto y que, cuando ella cayó al piso, la llevó a su departamento para ponerla dentro del cobertor de su bicicleta. Después, explicó, “la llevé en brazos hasta el auto. Una mano la tenía por detrás de su espalda y la otra debajo de sus rodillas”.

Los hechos cuentan una conducta brutal con la que buscaba salir indemne de la situación. Luego de matar a Joanna, a las 21.25, él le mandó un mensaje a su novia Tanja, quien estaba en una salida con colegas de su trabajo, y le puso: “Extrañándote mucho. Es aburrido estar acá sin vos. Besos. V.” En realidad Vincent estaba muy ocupado viendo cómo descartar el cuerpo de su víctima y armarse una coartada. De hecho, con el cuerpo de Joanna en el baúl de su Renault Megane condujo hasta el supermercado Asda donde compró cervezas, sal gruesa y papas fritas. Luego siguió manejando por un camino rural para proceder a abandonar el cuerpo sobre la nieve y cubrirlo de hojas para disimularlo. También tiró la caja de la pizza y una media de Joanna en un contenedor de basura. Al rato le envió otro mensaje de texto a su novia: “Cómo estás? Estoy en Asda. Aburrido. No puedo esperar para irte a buscar”.

Durante el juicio salieron a la luz detalles perturbadores. En los meses previos al crimen Tabak había consultado agencias de escorts, había contratado trabajadoras sexuales durante sus viajes por trabajo a Los Ángeles poco antes del crimen y había consumido pornografía violenta donde se mostraban mujeres amorzadas y atadas siendo estranguladas hasta morir. En esas imágenes había una mujer muy parecida a Joanna y que llevaba un top rosa igual al que tenía la víctima. En su laptop también encontraron más de cien imágenes con pornografía infantil. En las horas que siguieron al homicidio Vincent Tabak googleó las consecuencias que podría tener un asesinato, cómo eran las pruebas de ADN, cuánto podría demorar en descomponerse un cuerpo.

Encima Joanna no solo había sido ahorcada, su cuerpo presentaba golpes, cortes, moretones y tenía la nariz fracturada. Se había querido defender.

El juez sostuvo que el asesino era alguien demasiado peligroso, que ni siquiera sabía el nombre de la víctima cuando ingresó a su departamento y terminó con su vida.

En octubre de 2011 el vecino del tercer piso fue hallado culpable de asesinato y sentenciado a veinte años de cárcel, lo máximo posible bajo la ley de ese país.

13/05/2024 El acusado de la muerte de Manuela Chavero, Eugenio Delgado, durante un juicio en la Audiencia Provincial de Badajoz, a 13 de mayo de 2024, en Badajoz, Extremadura (España) (Andrés Rodríguez - Europa Press)
13/05/2024 El acusado de la muerte de Manuela Chavero, Eugenio Delgado, durante un juicio en la Audiencia Provincial de Badajoz, a 13 de mayo de 2024, en Badajoz, Extremadura (España) (Andrés Rodríguez - Europa Press)

Una tele prendida, una propietaria ausente

Manuela Chavero Valiente tenía 42 años cumplidos el 4 de julio de 2016. Esa noche, le perdieron el rastro. Ocurrió en Monesterio, Badajoz, España. Los mismos pagos de Francisca Cadenas.

Flaca, de un metro sesenta de estatura y bella, esa noche Manuela estaba sola en su casa porque sus dos hijos, de 12 y 14 años, estaban con el padre.

Empezaron a buscarla al día siguiente, cuando sus familiares alertaron que no podían encontrarla. En la casa la escena es extraña: la televisión está encendida, las luces prendidas y ahí están sus llaves, su billetera, su cartera. Ni una sola señal de lucha, todo está intacto. Un misterio. ¿A dónde había ido Manuela? ¿Había salido a sacar la basura y alguien se la había llevado por la fuerza? ¿Había escapado de su vida por algún motivo desconocido?

La policía no detecta problemas afectivos o económicos. Descartan al ex marido, descartan al novio del momento… no tienen sospechosos. El caso queda archivado para horror de su familia. Cuatro años después una carta anónima alerta a la Guardia Civil: en ella la persona que escribe señala a un vecino, Eugenio Delgado.

Manuela Chavero
Manuela Chavero Valiente tenía 42 años cumplidos el 4 de julio de 2016. Esa noche, le perdieron el rastro

Delgado tenía 23 años al momento de la desaparición de Manuela, era un empleado de una empresa local de construcción, alguien perfectamente integrado en el pueblo. Nunca había tenido una denuncia en su contra ni tampoco había figurado en la lista de los sospechosos cuando fue la desaparición.

Las autoridades empiezan a investigar a este nuevo personaje cuyos padres tenían una propiedad, en la que no vivían, a solo tres casas de la víctima. El joven tiene contradicciones en su testimonio. La factura de la luz de la casa de los padres indica que hubo una conexión eléctrica a la hora que desapareció Manuela. Logran autorización para intervenir el celular de Delgado donde lo escuchan hablar con un abogado penalista.

En septiembre de 2020 allanan la casa de Delgado y él termina confesando que conocía a Manuela. Según su versión de los hechos dijo que la había interceptado en la calle para que buscara una cuna que le había prestado para unos amigos y que la muerte fue producto de un accidente cuando ella cayó de espaldas con la cuna. Que se asustó y que el cuerpo lo había enterrado en una quinta de su propiedad con la ayuda de la pala de un tractor. Aseguró que había desnudado a la víctima para que ningún animal la desenterrara y que había quemado su ropa.

La justicia no estuvo de acuerdo con su relato de los hechos. La fiscalía sostuvo que alrededor de las 2.15 de la madrugada del 5 de julio de 2016 Delgado interceptó a Manuela y la llevó hasta su casa con la excusa de devolverle la cuna. Una vez dentro la agredió sexualmente y la mató. Luego trasladó el cadáver a su finca donde lo enterró desnudo, envuelto en una sábana. Pero el cadáver habló: Manuela presentaba lesiones en la cara, al menos cuatro golpes salvajes: tenía fractura de nariz, de cinco dientes y de ambas órbitas oculares además de cinco costillas rotas. Esas lesiones se produjeron, según los profesionales, al momento de su muerte por asfixia o antes de ella.

Una de las hermanas de Manuela Chavero a su llegada a un juicio en la Audiencia Provincial de Badajoz, a 13 de mayo de 2024 (Andrés Rodríguez - Europa Press)
Una de las hermanas de Manuela Chavero a su llegada a un juicio en la Audiencia Provincial de Badajoz, a 13 de mayo de 2024 (Andrés Rodríguez - Europa Press)

Además se supo que en el móvil del acusado había intercambio con prostitutas en los que él solicitaba prácticas agresivas y violentas. Delgado era, sin dudas, un sádico sexual.

En 2021 un jurado popular lo condenó, por unanimidad, a prisión permanente revisable, la pena más grave en España.

Según se reconstruyó, Manuela esa noche estaba viendo televisión. En un momento determinado salió de su casa sin nada en las manos, solo para arrojar la basura. Delgado la sorprende, la reduce y la introduce en su propiedad donde la agrede y asesina.

Vecinos asesinos crímenes reales
Judith Lord tenía 22 años cuando fue violada y estrangulada en su departamento de Concord Gardens en New Hampshire, Estados Unidos

Los miedos confirmados

Judith Lord tenía 22 años cuando fue violada y estrangulada en su departamento de Concord Gardens en New Hampshire, Estados Unidos, el 20 de mayo de 1975. Tenía un hijo de veinte meses, Gregory Jr.

Fue hallada muerta por uno de los gerentes del condominio cuando fue a cobrar el alquiler. Eran las doce y media del mediodía y si bien este hombre escuchaba llorar al hijo de Judith nadie le abrió la puerta. Le pareció rara la situación y decidió entrar. Encontró a la inquilina desnuda y muerta sobre la cama con una bolsa azul cubriéndole la cabeza. En la escena había pruebas de que había luchado por su vida: una cortina desgarrada, una lámpara rota en el suelo, un reloj despertador despedazado que marcaba la hora mortal, la 1.47.

Judith (era la hija número 11 de un total de 14 hermanos) había crecido en Maine. Se casó con Gregory, un militar, con quien tuvo a su hijo Gregory Jr y juntos se instalaron en Concord un tiempo antes del crimen.

A principios de mayo de 1975 la pareja tuvo una pelea violenta. Todo terminó con él mudándose a la casa de su abuela situada enfrente del condominio.

Esa noche antes de morir Judith jugó un partido de voley, en el mismo complejo de departamentos donde vivía, con otros vecinos. Luego del partido Judith y dos residentes más del complejo fueron al departamento de otro llamado Ernest Theodore Gable, quien vivía con su esposa Linda justo en la puerta de al lado de Judith. A las 23.30 aproximadamente Judith se fue a su propio departamento sola con su hijo.

Vecinos asesinos crímenes reales
Vecinos asesinos crímenes reales

Hubo un vecino que contó algo más, que Gable le había dicho en una ocasión: “Algún día me voy a conseguir un pedazo de esa carne blanca”. Se refería a Judith.

Judith era miedosa y le tenía cierto temor a Gable. Esa noche al dejar el departamento de su vecino se había hecho acompañar por un amigo. Entraron a su casa, la revisaron y ella se encerró con una traba. Su amigo volvió a la casa de Gable donde la reunión continuaba. A la una y media de la mañana algunos vecinos aceptaron haber escuchado gritos de una mujer que decía: “Dejame, dejame, dejame”. Minutos después se hizo silencio.

La policía encontró en la escena dos toallas con fluidos seminales y, sobre el cuerpo de Judith, se hallaron cinco pelos. Esos cabellos señalaban a un individuo afroamericano. Gable era afroamericano. Pero el análisis comparativo de las muestras falló y Gable no pudo ser identificado con certeza. El exterior de la ventana de Judith tenía cinco huellas compatibles con Gable. Por ahí parecía haber irrumpido en la vivienda. En la autopsia se mencionó que la cara de Judith tenía arañazos profundos de uñas más bien largas. El marido de Judith, tenía las uñas cortas; Gable, en cambio, las llevaba largas.

Si bien el primer sospechoso era el ex marido, su sólida coartada, más el tema de las uñas, lo dejaron fuera. El semen era de un tipo secretor B… como Gable. Pero el hombre no brindó las muestras para que fueran analizadas, lo que dificultó las cosas. Además, en esos tiempos, los estudios de ADN no estaban tan avanzados como ahora.

Fue por este caso que se empezó a permitir que las fuerzas de la ley pudieran obtener muestras de ADN con una orden legal.

Gable, en todo caso, se libró de las sospechas por esos detalles y el caso cayó en el olvido durante décadas. En 2003 el investigador estatal Todd Flanagan reabrió el caso. Y con los estudios modernos de ADN se resolvió con rapidez: el semen hallado en las dos toallas era sin posibilidad de error de Ernest Gable.

En 2025, la unidad de Casos Fríos por fin nombró a Ernest Gable como el asesino de Judith con evidencia abrumadora. En el tiempo que siguió al crimen de Judith, Gable había seguido cometiendo delitos. Gable murió asesinado en 1987, a los 36 años: le cosieron el pecho a puñaladas durante una pelea en la ciudad de Los Ángeles.

Laura Luelmo fue asesinada por su vecino Bernardo Montoya
Laura Luelmo fue asesinada por su vecino Bernardo Montoya

La “nueva” vecina

Laura Luelmo tenía 26 años, era de Zamora, España, trabajaba como profesora de Arte y estaba haciendo una suplencia en un instituto de El Campillo, un pueblo minero pequeño de Huelva, España, cuando desapareció. El miércoles 12 de diciembre de 2018 entre las 16.30 y las 17 salió a correr. Era una rutina que había comenzado hacía un tiempo: ejercitarse por los caminos rurales muy poco transitados.

Su familia se comunicaba con ella diariamente por lo que esa misma noche, a las 21 horas, ya estaban preocupados por no tener noticias de ella. La llamaban y no respondía. El jueves 13 de diciembre la familia denunció su ausencia y la Guardia Civil comenzó la búsqueda. El lunes 17 de diciembre su cadáver apareció a unos kilómetros de donde vivía, en una zona casi inaccesible.

No demoraron en detener a su asesino: Bernardo Montoya. Era su vecino y tenía graves antecedentes penales, incluido un homicidio. Vivía a pocos metros de Laura y se pudo reconstruir que la había interceptado mientras corría y la había retenido en su casa para luego asesinarla y ocultar el cuerpo.

El cádaver de Laura Luelmo fue hallado en un bosque cercano a su casa (EFE/Julián Pérez)
El cádaver de Laura Luelmo fue hallado en un bosque cercano a su casa (EFE/Julián Pérez)

El caso despertó controversias en España porque el acusado era reincidente. Quedó claro que se había aprovechado de su conocimiento de la zona y de los horarios de Laura para emboscarla cuando salía a correr. La autopsia determinó que la causa de muerte fue un traumatismo severo de cráneo y que no había sido un ataque instantáneo sino que hubo retención de la víctima y agresión sexual.

Muchos vecinos le temían a Montoya porque intuían su pasado oscuro y veían sus modos huraños. Y eso que no conocían sus antecedentes.

La lista de casos podría seguir. La puerta de al lado, el piso de arriba, la casa ubicada un par de viviendas más allá, el departamento del otro lado del pasillo pueden cobijar la perversa mano asesina. Son los vecinos que nos tocan en suerte. O, mejor dicho, los que el azar revolea y coloca a nuestro lado por mala fortuna. Porque a veces la muerte puede venir dentro del envase que porta la genérica etiqueta de “Buenos Vecinos”. Ya aprendimos con estas historias que siempre es mejor desconfiar un poco antes que confiar demasiado. Aunque ninguna enseñanza alcanza para disolver el estupor que flota en el ambiente cuando fluye una noticia de estas que vienen a confirmar los peores temores.

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