El mimo Alexandru Veteranyi, conocido artísticamente como Tandarica, murió el 1 de mayo de 1995 en Buenos Aires tras una larga enfermedad. Tenía 69 años. Sus restos descansan en el Panteón de la Asociación Argentina de Actores en el Cementerio de la Chacarita, el mismo lugar donde descansan otras figuras del teatro, el cine y la televisión de Argentina.
Nacido en Bucarest el 16 de enero de 1926, Tandarica llegó a este país como refugiado rumano y se convirtió en uno de los cómicos más reconocidos de la televisión de los años ochenta. Su número del mozo torpe y aparentemente ebrio en VideoMatch, el éxito que catapultó a la fama a Marcelo Tinelli, fue el que le valió el apodo de “el Chaplin argentino”.
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Tandarica trabajó durante años en circos de Rumania. La dictadura comunista de Nicolae Ceaușescu, que comenzó en 1965, lo empujó a abandonar el país. Según relató su hija Aglaja Veteranyi en un libro sobre su padre, se fue con el dinero que había tomado de la caja del circo nacional rumano.

La huida tuvo consecuencias graves. Cuando las autoridades rumanas tomaron conocimiento del robo y de sus creencias religiosas, fueron condenados a muerte en ausencia. Esa sentencia le cerró para siempre la posibilidad de regresar a su país de origen.
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La primera parada fue Suiza, donde la familia obtuvo un pasaporte de refugiados. Desde allí, Tandarica y su esposa comenzaron a recorrer distintos países con su trabajo circense, sin un destino fijo. Una vida itinerante.
Esa vida del circo tuvo un costo familiar enorme. Tandarica se casó dos veces y tuvo dos hijas. A Aglaja la tuvo con una trapecista que trabajaba en el mismo circo que él.
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La movilidad constante llevó al humorista a tomar una decisión que marcaría la infancia de sus hijas: las dejó en un internado de Suiza. Aglaja permaneció allí gran parte de su niñez y llegó a la adolescencia sin saber leer ni escribir. Cuando cumplió 15 años, su madre fue a buscarla para llevarla a trabajar al circo.

Ya adulta, Aglaja aprendió a leer y escribir, y llegó a desarrollar una carrera como dramaturga, guionista y ensayista. Publicó el libro Por qué se cuece el niño en la polenta, donde narró situaciones muy duras sobre su relación con su padre. Se suicidó en Suiza tiempo después de la muerte de Tandarica, ella tenía 39 años.
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En 1974, el humorista desembarcó en la Argentina y se incorporó al conocido circo Tihany, con el que actuó en las temporadas veraniegas de Mar del Plata. A principios de los años ochenta se radicó en Buenos Aires, donde comenzó a construir una carrera en teatro, cine y televisión.
Antes de consolidarse en el país, Tandarica ya había ganado el “Óscar del Humor”, un reconocimiento que se entregaba en España para premiar a los grandes cómicos. Lo obtuvo por sus imitaciones de figuras de la historia contemporánea como Stalin, Fidel Castro y Francisco Franco.
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Su debut teatral en Argentina fue en 1980, con la obra Los años locos del Tabarís, junto a Moria Casán, Carmen Barbieri, Orlando Marconi, Alberto Anchart y otros. La obra lo instaló en el circuito del teatro de revista porteño, un género que convocaba muchos espectadores por aquellos años.

A lo largo de los años ochenta encadenó varias temporadas. Trabajó en La revista del paro general (1984) con el inolvidable José Marrone, Tristán y Luisa Albinoni; en La noche está que arde (1987), estrenada en el Teatro La Sombrilla de Villa Carlos Paz junto a Marrone y Adriana Aguirre; y en La revista corrupta (1991), en el Teatro Tabarís, con Nito Artaza y Beatriz Salomón, entre otros.
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En cine participó en varias películas del género de comedia como El telo y la tele (1985), Los colimbas al ataque (1987), Los bañeros más locos del mundo (1987) y Corona se va al karate (1990).
Dice la leyenda que el entrañable Tandarica llegó a filmar una película en Hollywood junto a Sylvester Stallone, aunque no hay confirmación de aquello haya sucedido realmente.
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En televisión apareció en uno de los programas de mayor suceso en la década de 1980 como fue Mesa de Noticias (1983). Integró el elenco de Recreo 11, Las mil y una de Sapag, Las gatitas y ratones de Porcel (1986), Badía y Compañía (1987) y Ritmo de la Noche. Pero fue VideoMatch, el programa diario conducido por Tinelli, el espacio donde su personaje se volvió verdaderamente popular.
El número que caracterizaba a Tandarica consistía en representar a un mozo con bigote a lo Chaplin que parecía ebrio y tropezaba permanentemente y desataba desastres en cadena a su alrededor. Era un gag puramente corporal, sin palabras, que conectaba directamente con la tradición del mimo clásico pero con mucha más energía y movimiento. Ese personaje le dio el apodo que lo acompañó el resto de su vida.
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En 2013, el programa Sin codificar le rindió homenaje con un personaje llamado “El Nieto de Tandarica”. La televisión húngara produjo además una película titulada Aglaya, centrada en la historia de su hija y en la propia vida del cómico.

Tandarica murió hace 31 años. Tal vez un reportaje publicado en la revista Somos, en mayo de 1985, se pueda revelar algo más sobre la vida de un actor, mimo y humorista que hacía del silencio una virtud escénica.
-¿Por qué eligió la mímica y no la actuación, Tandarica ?
—No me expreso bien con la palabra y decidí hacerlo con el cuerpo. Pero quiero decir que con mi cuerpo hablo, transmito un mensaje, ¿entiende?
-Sabemos que su currículum es frondoso. . .
—Sí: trabajé en el Moulin Rouge, en el Folies Bergére, en un circo suizo financiado por Chaplin, en el Tihany. De chico me enviaron a estudiar a la escuela de circos de Moscú y llegué a actuar para el mismísimo Stalin. Egresé como regisseur circense cuando el gran clown Popov estaba en su apogeo. Hice 60 cortometrajes en Rumania y anduve de gira por África, Europa y Sudamérica. Acaban de contratarme para ir a un casino de Las Vegas. Pienso quedarme seis meses y volver a la Argentina, país que me gustó tanto cuando vine que me casé por segunda vez con una criolla: María Teresa.
-¿Y su anterior mujer?
—Quería vivir en Suiza y no en la Argentina, así que me abandonó y yo volví a casarme aquí. Me gustan los argentinos: sus modos, sus gestos. . .
-¿Le gusta más la tevé que el circo?
—El olor del circo me desagrada, créalo. Claro que no reniego de él.
-¿No ha recibido ofertas para tener su propio programa?
—Sí: de ATC (Argentina Televisora Color) y de Alejandro Romay en Canal 9. Pero son sólo ofertas.
-Ese bigotito chaplinesco, ¿tiene algo que ver con Charlotte?
—Es para darle carácter a mi personaje, nada más. En cuanto a Chaplin, él me ayudó mucho durante mis primeros tiempos en Suiza. Además de ser uno de los financistas del circo donde yo actuaba, se encargaba él mismo de la alimentación de los animales. ¡Qué personaje! Cuando ya estaba postrado en la silla de ruedas, le gustaba ver sus películas. Yo no podía sentir más que agradecimiento y cariño por él, así que iba a su casa y hacía de proyectorista. Chaplin no hablaba, pero se emocionaba.
-Su estilo mímico no se parece al de Marcel Marceau. ¿Qué opina de él?
—Trabajamos juntos en el Folies Bergére. Usa toda la cara blanca, una máscara estupenda para lo suyo. Es un tipo singularmente bueno, además.

-¿Se ríen de igual modo los públicos que lo han visto actuar, Tandarica?
—Todos me reciben igual, créalo. El secreto esta en mi cuerpo: él les dice todo lo que hace falta para reírse. Siento que la gente me entiende.
-¿No extraña Rumania, Suiza, Europa?
—En Rumania no me queda nada. Mis padres han muerto y yo soy hijo único. Piense lo que habrá significado para ellos, actores que no estudiaron, desprenderse de su único hijo en aras del estudio. En Suiza, con mi ex mujer, tengo una hija de 12 años que estudia cine. Otra hija mía, de 28 años, casada, vive en México. Tengo dos nietos, y pienso visitarlos.
-¿Usted estaba en Europa cuando la Segunda Guerra, verdad?
—Sí, pero no me gusta hablar sobre la guerra. Yo era chico, pero el servicio militar era obligatorio. Tenía 20 años y todo fue feo, muy triste, ¿sabe? Fui segundo piloto y también actué un poco para las tropas.
-¿Qué tipo de show haría de concretarse algo con ATC o Canal 9?
—Un show de mimos, claro; pero abriendo más el espectro de posibilidades. Ahora estoy haciendo gags y bromas para chicos, digamos, pero me encantaría hacer humor para adultos. Nada picante: fino, apoyado en el gag visual y para grandes y chicos. La idea básica: un pobre ayudante de pista de un gran circo que debe reemplazar a quien falta, y que fracasa siempre. O no.
Así hablaba Tandarica. Un hombre que hizo reír solo con sus gestos y la torpeza sublime de su personaje más recordado.
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