
Podría haber perdido la vida o haber quedado postrado en una cama, pero para Derek Amato ese accidente fue lo mejor que le pasó en la vida. Ese golpe que se dio en la cabeza, contra el cemento del fondo de una piscina, dio lugar a la aparición de habilidades musicales inusuales. Lo que vino después fue un fenómeno poco frecuente que la medicina todavía estudia: ese hombre de 40 años de Denver, Colorado, cuya vida era monótona y nunca había tomado una clase de piano se convirtió en un compositor y pianista de habilidades avanzadas.
El accidente ocurrió en 2006, durante un reencuentro con amigos de la secundaria. Amato intentó atrapar un pase de fútbol americano dando un salto por encima de la piscina, sin darse cuenta de que estaba en la zona poco profunda. Y al caer, el costado izquierdo de su cabeza se estampó contra el cemento. “Solo recuerdo el ruido más fuerte cuando me sumergí en el extremo menos profundo. Mis oídos sangraban violentamente. Aparte de eso, son solo pedazos dispersos”, relató.
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El agua se tiñó de rojo y el clima de diversión se transformó en segundos en una escena dramática. A Derek lo trasladaron de urgencia al hospital. El diagnóstico fue una conmoción cerebral severa que lo mantuvo varios días dormido. Al despertar, recibió el alta y fue a la casa de un amigo. Allí, en un rincón del living, había un piano. Amato sintió una atracción que no supo cómo describir, una necesidad física de sentarse y tocar. Durante cinco horas continuas, sin pausa, tocó acordes y melodías complejas impropias de alguien sin formación en el instrumento.
“Mi mente parecía generar cuadrados blancos y negros que se movían de izquierda a derecha en secuencia. Los cuadrados parecían representar una guía que le decía a mis dedos hacia dónde ir en el piano”, recordó el hombre de Denver. “Estaba haciendo cosas que no sabía que podía hacer”, explicó.
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Al día siguiente llevó a su madre a una tienda de instrumentos musicales. Se sentaron frente a un teclado y un vendedor inició un speech de ventas para que se lo llevaran, mientras intentaba encenderlo. Derek se inclinó y lo hizo en su lugar. Tocó durante unos minutos y su madre se largó a llorar. “¿Qué estás haciendo?“, le preguntó ella. “Tocando el piano”, le respondió su hijo. El vendedor, que intentaba vender el piano infructuosamente, se acercó y le preguntó desde hacía cuánto tiempo lo tocaba. “Unas siete horas”, respondió Derek, que notó que el vendedor estaba sintiendo que se trataba de una broma, o en sus palabras, “una tomada de pelo”. Los más escépticos en redes aún descreen de sus palabras, porque consideran incomprobable que nunca haya tocado el piano con anterioridad.
Aunque Amato afirmó no haber tenido formación musical ni experiencia previa con el piano, en su juventud había experimentado de manera informal con otros instrumentos. En su etapa escolar sus inclinaciones eran deportivas. “Siempre he sido un atleta competitivo desde que era pequeño. Me prepararon para ser jugador de béisbol y como un niño entrenado en artes marciales mixtas. Mi padre era profesor de karate y policía y mi madre era... madre”, relató en un TEDx Talks.
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Con esta nueva gran habilidad, el hombre que estaba hasta hace poco desorientado porque no sabía qué quería en la vida, abandonó su trabajo corporativo en telecomunicaciones para dedicarse por completo a la composición. Decidió abrazar este don y compartir su experiencia de vida.
Disfruta de las baladas al piano, con influencias de Elton John, Prince y Billy Joel, aunque prefiere no encasillarse en ningún género, dado que la música que produce escapa a su propio control. Publicó un primer álbum llamado Full Circle y escribió un libro sobre su experiencia, titulado My Beautiful Disaster.

Un talento que se convirtió en compulsión
El nuevo don no llegó solo. Llegó acompañado de migrañas frecuentes y pérdida auditiva. El oído izquierdo de Amato perdió más del 35% de su capacidad, un daño que con los años fue en aumento. Pero la compulsión de tocar era más fuerte que el malestar físico.
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“La compulsión es bastante precisa. Mis dedos hacen una imitación de lo que veo incluso mientras duermo. Mi cerebro no se detiene ni se toma un descanso, compone constantemente. Cuando entro al estudio a ensayar o desahogarme, me siento tan abrumado por empezar a tocar que a veces me enfermo”, describió.
Cada vez que se sienta frente a su piano de cola, el resultado es diferente. Su cerebro correlaciona esos cuadrados blancos y negros con notas musicales a través de un proceso que algunos médicos describen como sinestesia, la combinación involuntaria de dos sentidos que, en condiciones normales, no tienen vínculo entre sí. Sus manos no siempre alcanzan a ejecutar con la velocidad necesaria lo que esas figuras le indican en su mente, pero la música fluye de todas formas.
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El síndrome del sabio
Pocas semanas después del accidente, el músico buscó explicaciones en Internet y encontró al doctor Darold Treffert (1923-2020), psiquiatra y profesor de la Universidad de Wisconsin, reconocido por sus décadas de investigación sobre lo que llamó “genios accidentales”: personas que, tras un traumatismo cerebral severo, desarrollan habilidades extraordinarias en áreas artísticas, matemáticas o intelectuales. Se puso en contacto con él. Treffert lo evaluó a distancia durante años y lo diagnosticó con el síndrome de savant adquirido, también conocido como síndrome del sabio.

La forma congénita del síndrome aparece en la infancia y se asocia con frecuencia al autismo: se estima que alrededor del 10% de las personas con ese trastorno del desarrollo posee talentos excepcionales en algún área específica. La variante adquirida, la de Amato, es mucho más rara. Se produce en personas neurológicamente típicas que, tras una lesión cerebral, un accidente cerebrovascular u otro evento que afecta al sistema nervioso central, despiertan con habilidades que no tenían antes.
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Una de las teorías más difundidas para explicar el fenómeno apunta a una asimetría entre los dos hemisferios cerebrales. Una lesión en el hemisferio izquierdo, que procesa el lenguaje y los razonamientos lógicos y secuenciales, liberaría al hemisferio derecho, más vinculado a las capacidades creativas y artísticas. “El hemisferio izquierdo se deteriora y el derecho queda liberado”, explicó la investigadora Irem Onin, de la Universidad Medipol de Estambul, en un artículo de revisión publicado en 2023. Estudios de neuroimagen confirman que, en los savants, algunas regiones del hemisferio derecho presentan mayor tamaño, mayor concentración de neurotransmisores y conexiones más robustas que en personas sin el síndrome.
Apenas un centenar de casos en el mundo
El síndrome de savant adquirido figura entre los fenómenos más infrecuentes de la neurología. Un reporte de 2015 del Centro Treffert identificó apenas 32 casos confirmados. Las estimaciones actuales son algo más altas, pero los especialistas coinciden en que los casos documentados son escasos y se cuentan en decenas. Treffert, quien murió en diciembre de 2020, dejó como legado el Centro Treffert, con sede en Fond du Lac, Wisconsin, que continúa el registro y estudio de estos casos bajo la dirección del psiquiatra Jeremy Chapman.
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Entre los savants más conocidos figuran Kim Peek, la persona que inspiró al personaje de Rain Man, el matemático Daniel Tammet y el artista Stephen Wiltshire, capaz de reproducir paisajes urbanos con exactitud fotográfica tras observarlos brevemente. Pero la mayoría de quienes viven con el síndrome no tienen vida pública.

La historia de Amato no es ajena a esa paradoja. Antes del accidente había pasado por trabajos dispares —ventas, relaciones públicas, entrenador de béisbol y de karate— sin encontrar un rumbo claro. En 2002 lo perdió todo en una mala inversión y llegó a dormir durante tres meses en su auto, en áreas de descanso de la ruta. Fue el servicio postal de Estados Unidos el que le dio la estabilidad económica para retomar su vida.
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“Es lo mejor que me pasó. Todo mi ser cambió y ha sido una experiencia increíble”, dijo sobre el accidente que le costó parte de su audición, le dejó migrañas crónicas y daño en el cerebelo que afecta su equilibrio, pero que también le entregó, sin aviso y sin explicación del todo satisfactoria para la ciencia, una vida nueva y extraordinaria.
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