
Ubicado a 35 kilómetros al este de la capital húngara, Gödöllő se distingue por su imponente arquitectura barroca y por haber sido un símbolo de la alianza austrohúngara durante el siglo XIX. Según reseña en un ifnorme especial Paris Match, sus orígenes se remontan a 1735, cuando el noble Antal Grassalkovich, estrechamente vinculado a la corte de María Teresa de Austria, ordenó la construcción de una residencia que terminaría por convertirse en el palacio barroco más grande del país.
El complejo, dispuesto en una estructura de doble U con ocho alas, integraba una iglesia, una orangerie, una casa de baños, establos y un picadero. De acuerdo con el sitio oficial del castillo citado por Paris Match, esta configuración arquitectónica fue considerada ejemplar para otros edificios de su tipo en Hungría.
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Su jardín original, concebido al estilo francés, sería posteriormente modificado para adoptar un diseño paisajístico inglés, reflejo de los cambios estéticos de la época.
Un obsequio político que se transformó en hogar íntimo
En 1866, la emperatriz Isabel de Austria —más conocida como Sisi— descubrió el palacio mientras funcionaba como hospital militar. Fascinada por el entorno, expresó su deseo de adquirirlo. No fue necesario: al año siguiente, el Estado húngaro, que acababa de adquirirlo, lo entregó como regalo a la pareja imperial, con motivo de su coronación como soberanos del reino húngaro.
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Tal y como explica Paris Match, este gesto no solo tenía carácter ceremonial, sino también político. El emperador Francisco José estaba obligado por su juramento a residir con frecuencia en territorio húngaro.
Para cumplir con esta expectativa, el gobierno local ofreció al matrimonio el castillo de Buda como sede gubernamental, y al mismo tiempo una residencia de campo adecuada para el descanso. Solo el proyecto de Gödöllő logró materializarse.
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Una rutina alejada del protocolo vienés
Durante treinta años, Gödöllő se convirtió en el refugio predilecto de la emperatriz, quien encontró allí un entorno más libre y menos protocolar. Según recuerda el sitio del castillo, en una carta enviada a su madre, Isabel escribió: “Aquí uno puede tener un poco de paz, sin familia, sin que nadie venga a molestarnos. No hay nada que me irrite o constriña. ¡Puedo vivir como en un pueblo, caminar sola a pie o a caballo!”.
La residencia contaba con 136 habitaciones, de las cuales la mitad estaban destinadas al personal. Los aposentos de Isabel, decorados en tonos violetas —su color preferido—, incluían dormitorio, vestidor, despacho, salón y sala de lectura. Su dama de compañía, Ida Ferenczy, se alojaba en una habitación contigua, seguida de los cuartos para los hijos del matrimonio imperial.
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Durante sus estancias, la reina se dedicaba a la lectura, la escritura, el aprendizaje de lenguas y las caminatas solitarias. Paris Match señala que también organizaba eventos sociales vinculados a su gran afición: la equitación.
Las cacerías, las competencias de caballos y los encuentros con la élite ecuestre húngara eran frecuentes en la finca.

El manège de la emperatriz y su pasión por los caballos
Una de las iniciativas más particulares de Sisi fue la reconstrucción del picadero original del siglo XVIII, diseñado en su origen por el conde Grassalkovich. Entre 1879 y 1880, y según sus propios planos, la emperatriz mandó edificar un manège circular adornado con un gran cuadro de caballos y cuatro espejos de gran tamaño. Estos últimos le permitían observar con precisión los movimientos de sus animales durante las sesiones de adiestramiento.
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Tal y como relata Paris Match, la reina adquirió caballos de circo y montó espectáculos ecuestres en los que ella misma participaba. A menudo contaba con la música en vivo de Mária Festetics, una de sus damas de honor, quien la acompañaba al piano.
De símbolo monárquico a espacio en ruinas
Durante la regencia de Miklós Horthy (1920-1944), el palacio fue utilizado como residencia de verano. A pesar de la Segunda Guerra Mundial, su estructura permaneció en pie. No ocurrió lo mismo con su mobiliario, que fue saqueado o destruido por tropas alemanas y soviéticas en 1944, tal y como detalla el informe del sitio del castillo.
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En el período de posguerra, el edificio fue destinado a múltiples usos inadecuados. Desde 1945, sus dependencias sirvieron de cuartel para soldados soviéticos, mientras que el cuerpo principal fue convertido en hogar para jubilados. Estas intervenciones provocaron un deterioro progresivo del conjunto arquitectónico.

Una restauración paulatina impulsada por la memoria histórica
En 1985 comenzaron las tareas de conservación y en 1996 se inauguró la primera exposición permanente, centrada en la sala de aparatos y los apartamentos reales. Paris Match precisa que los trabajos de restauración continuaron en las décadas siguientes: en 2003 se rehabilitó el teatro barroco; en 2004, el pabellón; y en 2010, las alas denominadas Gisèle y Rodolphe —en homenaje a los hijos del matrimonio imperial— fueron renovadas con fondos de la Unión Europea.
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Ese mismo año también se completó la reconstrucción del manège y de las caballerizas barrocas, junto con una parte significativa del parque, cerrando así un ciclo de recuperación patrimonial que buscó devolver a Gödöllő parte del esplendor que ostentó en el siglo XIX.
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