
No hubo forma de que tanta gente entrara en un aula. Ni siquiera en el Aula Magna de la Universidad de Padua. Entre la curiosidad y la euforia por lo novedoso, los habitantes de esa ciudad que ahora mismo pertenece al territorio de Italia se disputaban un lugar para asistir a un evento inédito: por primera vez en la historia una mujer iba a obtener un título universitario.
Así que el evento se trasladó a la Catedral de Padua, un espacio con una capacidad bastante mayor a la del Aula Magna de la casa de altos estudios de esa ciudad de la región del Véneto. Elena Lucrezia Cornaro Piscopia iba a rendir allí el último examen de su formación universitaria. Si aprobaba, se convertiría en Doctora en Filosofía.
El examen fue oral y duró más de una hora. En la catedral de la ciudad en la que se había formado, Elena Cornaro Piscopia habló en latín clásico ante docentes, cardenales, y funcionarios de Padua, de Venecia, de Roma, de Perugia, de Nápoles y de Bologna. También había estudiantes de todas esas ciudades, y los integrantes de las familias más ricas de Padua. Todos estaban ahí para escuchar lo que esa joven tenía para decir pero, sobre todo, para ver lo que nunca habían visto: que una mujer fuera reconocida formalmente, en un ámbito completamente masculino, como recibida en una carrera científica universitaria.
Una mente brillante y una vocación prohibida
Elena Lucrezia Cornaro Piscopia nació en Venecia en 1646. Su padre era Giovanni Battista Cornaro-Piscopia, un funcionario de altísimo rango y prestigio en la república que gobernaba su ciudad. Tal era su importancia que su casa era una de las que desembocaban en la Plaza de San Marcos, la única de la ciudad y su punto turístico más atractivo hasta nuestros días. Pero Elena no corría con las comodidades de su padre: era una hija extramatrimonial. Una del total de cinco hijos que Giovanni tuvo con Zanetta Boni, una campesina de profunda pobreza con la que, finalmente y varios años después, se casaría.
Aunque el Estado veneciano no la reconocía legalmente como hija de uno de sus funcionarios más importantes -y ricos-, Elena fue desde muy chica un atractivo para la nobleza de su ciudad. Su inteligencia y su belleza cosechaban admiradores.
Desde que era una niña pequeña, y por la capacidad que demostraba, empezó a aprender idiomas. Los dos primeros fueron latín y griego: su padre había seguido el consejo de un sacerdote muy amigo de su familia y la había puesto a estudiar con algunos de los profesores más destacados de la ciudad. Al griego y al latín, que Elena ya dominaba a los siete años, se le sumaron el español, el francés, el árabe y el hebreo. Mientras tanto, crecía el que sería uno de los grandes intereses de su vida: la teología.
A los 11 años, ese interés hizo que Elena tomara una decisión terminante: hizo un voto de castidad que la llevaría a negarse a todas las propuestas románticas que le hacían adolescentes y jóvenes de las familias venecianas más destacadas.
Dedicaba cada vez más horas a estudiar teología y tomó los hábitos la congregación benedictina, que incluían largos ayunos y la flagelación, aunque decidió que no se convertiría en monja sino en una experta en teología, la ciencia que se basa en textos sagrados y dogmas, y estudia el vínculo entre los seres humanos, la religión y Dios. Esos saberes eran su verdadera vocación. A eso quería consagrar su tiempo, pero no la dejaron.
Aunque los teólogos de la Universidad de Padua se manifestaron a favor de que una mujer -Elena, en este caso- pudiera acceder a esos mismos conocimientos, el cardenal de la ciudad, íntimamente relacionado a su casa de altos estudios, lo prohibió. Según argumentó no era un destino posible para una mujer: entender el vínculo entre la humanidad y su idea sobre Dios estaba reservado a los varones. Esa línea no podía ser cruzada.
Una revancha intelectual
Los tutores que acompañaban a Elena en sus conocimientos cada vez más complejos le recomendaron que, al no poder doctorarse en teología, se inclinara por la filosofía. Convencida de que uno de sus grandes objetivos era obtener un título que acreditara sus conocimientos universitarios, la joven tomó la recomendación y el 25 de junio de 1678, cuando tenía 32 años, dio su último examen ante una multitud.

Durante una hora y en latín clásico, la veneciana explicó de qué se trataban algunos de los conceptos más complejos de la obra de Aristóteles. La catedral resultó ideal para albergar el silencio con el que esa multitud que había ido a presenciar su último examen la escuchaba.
Apenas unos minutos después de que terminara con su exposición, el tribunal docente le hizo saber a Elena que había aprobado: acaba de convertirse en la primera mujer en obtener un doctorado universitario. Sus saberes y también ese hecho, que la convertía en una excepción a la regla general que excluía a las mujeres de los claustros, la volvieron célebre en sociedades académicas y de eruditos que la invitaron a formar parte a lo largo de toda Europa.
Una pionera sin papeles
Aunque se considera a Elena Cornaro Piscopia como la primera mujer en doctorarse formalmente en una universidad, antes que ella muchas mujeres se dedicaron a distintas ciencias, un campo dominado por varones a lo largo de la historia.
Hipatia de Alejandría, que vivió entre los años 355 y 415, es considerada una de las primeras científicas de la historia, aunque ningún título la avalara y la documentación sobre aquellos años no sea tan precisa respecto de la existencia de otras pioneras. Se destacó por sus conocimientos de matemática, filosofía y astronomía, y también por su habilidad para enseñar todas esas disciplinas.
Vivió en Egipto en los tiempos de Alejandría y murió linchada por una horda de cristianos, en medio de enormes tensiones entre ese culto y otras religiones, además del paganismo. Cirilo, eclesiástico católico y patriarca de Alejandría en los tiempos de Hipatia, fue acusado como instigador del asesinato de esa mujer que se había destacado en el mundo académico y docente.
El final de la primera doctora
Elena Cornaro Piscopia fue cada vez más importante en el ámbito universitario europeo. La consideraban destacada en su ámbito y la invitaron a dar distintas conferencias, especialmente sobre matemática y astronomía, otras de las disciplinas en las que se especializó en sus últimos años.

Murió cuando tenía apenas 38 años, en medio de un brote de tuberculosis que la encontró extremadamente débil. Había dedicado sus últimos largos años al estudio y también a encabezar distintas tareas de caridad, fiel a los votos y hábitos a los que se había consagrado, aunque siempre desde el lugar de una laica.
Su importancia en la vida universitaria quedó confirmada cuando la Universidad de Padua, en la que se había formado, ordenó erigir una estatua que le rindiera homenaje. Además, hubo ceremonias fúnebres en su honor no sólo en esa ciudad, sino también en su Venecia natal, en Siena y en Roma.
Diez años después de su muerte, se publicaron sus escritos más destacados: había discursos académicos, tratados religiosos -fundados en su pasión por la teología, que la acompañó hasta sus últimos días-, y también traducciones, hechas a base de los conocimientos sobre idiomas que había construido cuando era una niña.
La Enciclopedia Británica cuenta su historia. Allí, destacan su logro al obtener el reconocimiento universitario, y también la importancia de sus traducciones de textos centrales para el estudio de los teólogos. Coloquio interior de Cristo nuestro redentor al alma devota es el más importante de los que se ocupó.
Tocaba el arpa y el clavicordio, y las puertas del mundo universitario se cerraron para otras mujeres luego de que Elena se doctorara. Su propio padre, que llegó a ser el segundo hombre más poderoso de Venecia, estuvo en contra de que otras estudiantes recorrieran esos claustros: quería que fuera su hija la única en haber accedido a ese privilegio.
La reputación de Elena creció hasta sus últimos tiempos e incluso después de su muerte, a fuerza de nuevos conocimientos y de la rareza de que una mujer hubiera logrado cruzar puertas que le estaban completamente cerradas. Y aunque los caminos volvieron a vedarse apenas después, su nombre quedaría en la historia de cómo las mujeres construyen conocimiento científico desde hace siglos, y en esa construcción abren camino para que las sucedan más mujeres.
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