
El 12 de mayo de 1982, el sacerdote español Juan María Fernández Krohn se infiltró entre la multitud del santuario de Fátima, en Portugal, armado con una bayoneta de 40 centímetros oculta en su maletín y dispuesto a matar al papa Juan Pablo II. La prensa y el Vaticano describieron durante décadas lo sucedido como un incidente menor y rápidamente neutralizado, pero un secreto que el cardenal Stanislaw Dziwisz no revelaría hasta 26 años después: el pontífice había sido herido.
Juan Pablo II había acudido al santuario de Fátima para agradecer a la Virgen la supervivencia al atentado del 13 de mayo de 1981, cuando el turco Mehmet Ali Agca le disparó en la Plaza de San Pedro de Roma. Las balas de Agca alcanzaron al Papa en el abdomen, la mano derecha y el brazo izquierdo. El periodista Joaquín Navarro Valls, testigo del ataque, relató: “La figura blanca se inclina hacia el lado izquierdo. Lleva la mano derecha hacia el abdomen. Suena otro disparo. La figura se inclina un poco más aún. Suena otro disparo. El Papa mira en su mano derecha la sangre que fluye”. Cuarenta minutos después, el Papa entró consciente al quirófano de la Policlínica Gemelli. Sobrevivió y al año siguiente viajó a Portugal con una de esas balas como ofrenda para la corona de la Virgen.
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Fue en esa peregrinación cuando Fernández Krohn ejecutó su plan. El arma no fue una elección improvisada. En una entrevista posterior con el diario español El País, el sacerdote argumentó: “Concluí que el arma blanca era la más simple. Me parecía más simbólica, más ritual y religiosa. Me fui a Billancourt, un barrio a las afueras de París. A un rastro de los muchos que hay. Y allí compré una bayoneta de la Primera Guerra Mundial. Antes de tomar el tren ensayé haciendo algún ejercicio, alguna gesticulación”. La bayoneta era para un fusil Mauser: la hoja medía entre 37 y 40 centímetros.

Ya en el santuario, Fernández Krohn se mezcló en la multitud que acompañaba la procesión de la vigilia mariana. Su plan era acercarse al Papa con el pretexto de besarle la mano, abrirse paso entre la custodia y apuñalarlo.
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En el instante en que iba a ejecutarlo, los encargados de la seguridad lo interceptaron. Fernández y Krohn gritó “¡Fuera el Papa, fuera el Concilio Vaticano II!” antes de ser reducido. Juan Pablo II continuó la procesión. El sacerdote y escritor José Luis Martín Descalzo, enviado especial del periódico español ABC en aquella visita papal, observó: “En un primer momento pensamos todos que se trataba de un fanático excesivamente fervoroso y el propio Papa contempló la escena con rostro más de curiosidad y asombro, que de temor o miedo”.
Esa noche, el Papa regresó a sus habitaciones en el santuario. Lo que ocurrió allí permaneció oculto durante más de dos décadas. Fue recién en octubre de 2008 cuando el cardenal Dziwisz —secretario personal de Juan Pablo II durante 39 años— lo reveló ante la prensa en Roma, durante la presentación de la película Testimonio, basada en el libro Una vida con Karol. El periodista italiano Gianfranco Svidercoschi, coautor del libro, transmitió las palabras del cardenal: “Puedo revelar ahora que el Santo Padre fue herido. Cuando le llevamos de vuelta a su habitación en el santuario de Fátima había sangre”. No se dieron más detalles sobre la naturaleza o la gravedad de la herida. El Vaticano nunca actualizó su versión oficial. El papa Juan Pablo II había muerto el 2 de abril de 2005.
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Esa revelación contrastó con lo sostenido por el propio atacante. En una entrevista con el diario español El Mundo publicada también en octubre de 2008, Fernández Krohn negó haber causado herida alguna al Papa. La contradicción entre su versión y la del cardenal Dziwisz nunca se resolvió públicamente. Quien custodiaba al pontífice aquel día y participó en la reducción del agresor era el arzobispo Paul Marcinkus, conocido como “el Gorila” por su corpulencia y su función de escudo humano.
Marcinkus minimizó el episodio y afirmó: “No se puede creer todo lo que muestra la televisión”. El periodista británico y ex jesuita Peter Hebblethwaite, testigo presencial en Fátima, describió el ataque como “absurdo” e “incidente extraño”. Una persona cercana a Fernández y Krohn dijo a Hebblethwaite: “Es un hombre muy agresivo, pero espiritualmente, no físicamente”.
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¿Quién era Juan María Fernández Krohn? Había sido ordenado sacerdote por el arzobispo Marcel Lefebvre, fundador de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), organización que rechazaba las reformas del Concilio Vaticano II y cuestionaba la autoridad de los papas postconciliares.
Pero Fernández Krohn fue expulsado de la FSSPX antes del atentado, no por moderado sino por todo lo contrario: consideraba que el propio Lefebvre era demasiado blando en su oposición al Vaticano. La prensa española confirmó que el atacante había visitado Polonia poco antes del atentado e intentó sin éxito reunirse con el entonces líder sindical Lech Walesa quien entre 1990 y 1995 fue presidente del país originario de Juan Pablo II. La agencia internacional de noticias Reuters lo describió en sus despachos como “enloquecido y ultraconservador sacerdote español”.
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En el juicio celebrado en Portugal en 1983, Fernández Krohn sostuvo ante el tribunal que Juan Pablo II estaba vinculado a la Unión Soviética y era un agente comunista que pretendía corromper a la Iglesia desde adentro. Lo responsabilizó, además, de la dictadura militar en Polonia. “El Papa era modernista y comunista”, dijo ante el tribunal. El juez le impuso una condena de seis años de prisión. Cumplió tres. Al salir, fue expulsado de Portugal, excomulgado por la Iglesia y se instaló en Bélgica, donde estudió derecho y ejerció como abogado.
Su trayectoria jurídica en Bélgica tampoco estuvo exenta de episodios violentos. Según consignó el portal religioso Patheos, fue acusado de abofetear al presidente del Tribunal de Casación, Erik Carré, y de difundir propaganda antisemita en la sala de consejeros del Palacio de Justicia de Bruselas. En 1996 fue imputado por incendiar una sede de Herri Batasuna, el brazo político de ETA, aunque resultó absuelto. Lejos de mantenerse fuera del radar judicial, protagonizó en el año 2000 un episodio singular en su trayectoria.
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Durante una visita del rey de España Juan Carlos I a Bélgica, Fernández Krohn saltó una barricada de seguridad del Palacio Real de Bruselas decidido a increpar al monarca español, a quien acusaba de haber asesinado a su hermano Alfonso en 1956 para acceder al trono. La miopía le jugó una mala pasada: en vez de lanzarse hacia Juan Carlos I, se abalanzó sobre el rey belga Alberto II. Fue detenido antes de lograr su cometido. La condena fue de cinco años, aunque salió en libertad tras someterse a evaluaciones psiquiátricas que determinaron que no representaba un peligro. Desde entonces, según el portal religioso Patheos, Fernández Krohn vive entre Bélgica y España, donde afirma ser experto en arte y literatura del período de la posguerra civil española.
El episodio del 12 de mayo de 1982 posee una dimensión singular: el agresor era un sacerdote católico, ordenado dentro de la propia Iglesia, que atacó al Papa en uno de los santuarios marianos más venerados del mundo, el mismo día en que el pontífice iba a dar gracias por sobrevivir a un atentado. Esa coincidencia de fechas tenía una carga simbólica que Juan Pablo II reconocía.
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El 13 de mayo de 1917, los tres pastorcillos de Fátima —Lucía, Francisco y Jacinta— declararon haber visto por primera vez a la Virgen María en el tronco de una encina. El 13 de mayo de 1981, Agca le disparó al Papa en Roma. El 12 de mayo de 1982, Fernández Krohn intentó apuñalarlo en el mismo santuario al que el pontífice había acudido para agradecer su supervivencia. Y el 13 de mayo de 2000, el cardenal Ángelo Sodano reveló públicamente el contenido del Tercer Secreto de Fátima: una visión escrita por sor Lucía en una hoja de papel doblada en cuatro partes y lacrada, que describía a un “Obispo vestido de blanco” que “sube a una montaña empinada” y “cae a tierra como muerto, bajo los disparos de arma de fuego”. El pontífice interpretó esa visión como una referencia al atentado de 1981. El cardenal Sodano precisó que el texto no detallaba hechos futuros con exactitud, sino que sintetizaba “sobre un mismo fondo hechos que se prolongan en el tiempo en una sucesión y con una duración no precisadas”.

Sor Lucía había pedido que el secreto no se revelara antes de 1960, a menos que ella falleciera, pues “para entonces sería más claramente entendido”. Ni Juan XXIII, ni Pablo VI, ni Juan Pablo I decidieron difundirlo. Juan Pablo II eligió el 13 de mayo de 2000 para hacerlo, tras la ceremonia de beatificación de Francisco y Jacinta Marto en el santuario portugués. Fue el mismo Papa que, 18 años antes, había continuado una procesión con una herida que el Vaticano tardó más de dos décadas en admitir.
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